Desde que Kest me dijo que era preciosa sentí que la incomodidad entre nosotros había aumentado. Lo peor es que pasábamos las veinticuatro horas del día sólo sin poder ver una cara que no fuera la del otro.
Pero no fue culpa mía.
Antes, Kest solía darme conversación, normalmente, para entretenerme. Ya sólo hablaba para decir que ibamos a parar a comer o a descansar.
Las noches eran lo peor. Lo más diferente que habíamos visto durante estos tres días de viaje, que no hubiese visto desde Ivanndorphs, eran un puñado de plantas muertas que nos acariciaban los tobillos.
-Kest.
Al decirlo, pensé que llevaba más de un día sin pronunciar su nombre.
-No sabes adónde vamos, ¿verdad?
Había oscurecido ya y nos habíamos tumbado para dormir, no sin antes terminarnos un trozo que quedaba de pan seco.
Hacía frío y sabía que estaba cubierto de sábanas, aunque debido a la intensa oscuridad no podía ver absolutamente nada.
-No. - lo dijo en un tono tan bajo que, con un sólo roce del viento contra nuestras cosas, no lo habría oído - Lo siento, soy un idiota, no se qué...
-Eh - le interrumpí al ver que se ponía nervioso y, que a pesar de la distancia que nos separaba, parecía gritarme al oido - No tienes que sentir nada. Fui yo quién decidió acompañarte, no me obligaste.
-Sigue siendo culpa mía. No debería haberte contado nada.
-Pero entonces habría ido a Valhderratt.
-¿Y qué? Sólo nos queda una pieza de pan seca y un par de centililitros de agua. Vamos a morir igualmente. Pero moriremos antes que si te hubieses quedado allí. Y lo peor es que quizá nunca encuentren nuestros cuerpos porque estamos en la nada. Tres días caminando y ¿para qué?
-No pienses en lo que hiciste o no hiciste. Ahora que tienes la oportunidad de arreglarlo, no lo estropees. No vamos a morir.
-
Llegó el quinto día.
Nos habíamos comido la pieza de pan el dia anterior.
Cuándo desperté no tuve fuerzas de levantarme, por lo que durante diez minutos me arrastré avanzando por el suelo.
No sabía la hora. Tampoco el tiempo que habíamos caminado aquella mañana. Pero una especie de milagro se nos cruzó por delante.
Corrí, abrí la puerta (por suerte abierta), me agaché y me tendi sobre unas raíces, rozandolas con suavidad, inclinando la cabeza hacia arriba.
Además de ese árbol, una veintena al menos cubría todo un campo de naranjos cubiertos y protegidos del frío.
Cojimos unas cuantas naranjas y nos las comimos.
Yo quise buscar al que estuviera a cargo del cultivo para que nos llevase a la ciudad. Pero Kest se negó.
-No podemos confiar en nadie. Imagina que nos llevan de vuelta. Imagina que nos harían allí.
Escondi más naranjas en la mochila y seguimos hacia alante. Sin saber dónde ibamos. Sin saber que teníamos que hacer.
Sólo huiamos.
-
Aquella noche noté la calidez de sus manos calentando las mias. Parecía increíble como podían mantenerse a esa temperatura en ésta época y con este frío.
Entonces sentí que pegaba sus hombros a los míos.
Nunca lo había tenido tan cerca.
Nunca había tenido a nadie tan cerca.
Se giró hacia mí. Yo me giré hacia él.
Su respiración se coló por mi nariz. Pensé que me ayudaría a respirar mejor, pero fue al revés.
Sin darme cuenta, nuestras narices se habían juntado.
Me quedé mirándole unos segundos fijamente y pensé:
-Deja de mirarme, no puedo soportarlo. - el error fue que lo dije, no lo pensé.
-¿Tan feo soy? - dijo con cierta ironía.
Sonreí.
-Me gustas, Cambria Westbrook.
Intento apartar la mirada. Lo intento. Pero no puedo.
Se acerca más. Demasiado cerca. Ahora también noto su respiración por la boca.
Sus labios me rozan.
Pero me echo atrás y encojo la cabeza. Me giro hacia el lado contrario.
No sé que he hecho.
Me gusta. Mucho. Pero no quiero ir rápido.
Tengo sueño y no puedo dormir. Quiero olvidarme de esto y tampoco puedo.
-
El sexto día nos dimos el lujo de poder desayunar un par de naranjas que aún me quedaban.
No sabía exactamente que parte del día era, últimamente sólo distinguía las noches y las mañanas, pero la vimos.
Desde una cuesta pudimos contemplar que a pocos kilómetros un conjunto de casas y edificios apelotonados.
Salí disparada y empecé a correr como nunca hacia allí.
Pero antes de poder avanzar apenas dos metros, Kest me agarró con fuerza y tiró de mí.
-¿Qué estás haciendo?
-No puedes bajar ahí.
-¿Estás loco? ¡Hemos andado seis días para esto! ¿No?
-Cambria, escucha no puedes bajar todavía...
-¡Llevo esperando esto durante años! Tu mismo querías saber cómo era una ciudad. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?
-¡Cambria, escuchame! - me asusté al escuchar que me estaba gritado.
-Perdón.
Agachó la cabeza.
-No, lo siento. Debería habertelo dicho antes.
-¿Decirme qué? ¿Que no querías irte?
-No.
Se puso aún más serio. Se sentó y me lanzó un gesto para que hiciese lo mismo.
-La noche antes de irnos, te dije lo que me había dicho una chica de Valhderratt.
-Si, como para no acordarme.
Hubo un silecio de al menos cinco segundos.
-Te mentí. No fue todo lo que me dijo.
-¿Qué?
-Cambria. - me miró - estuve hablando con ella más de una hora.
Mi sangre parecía congelarse, además de por el frío que me estaba matando. En una hora, esa chica le contó mucho más de lo que me había dicho.
-Tengo que contartelo todo ahora. Desde el principio.
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Original
Teen FictionEn Buxtor, la Unión decide crear un sistema de seguros de vida para proteger a las personas más importantes y adineradas que pueden permitírselo, originales. El seguro son los marcados. El original es libre. Destinado a grandes cosas, a un futuro qu...