ArgChi

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2. ArgChi (Amo poner a estos dos de chiquititos)

Martín toma la mano de Manuel y el castañito corresponde al instante, con fuerza. Y al parecer fue con mucha fuerza porque el rubiecito se quejó con un "Che, me duele, aflojá". Manuel frunció el ceño y lo pellizcó con su mano libre, haciendo que su compañero pegara un chillido de dolor.

—¡Sos malo! —acusa, haciendo un puchero.

—Te lo mereci' por weón —se excusa y le saca la lengua.

Martín infla las mejillas en respuesta y desvía la mirada, algo molesto.

—No entiendo por qué sos tan malo conmigo...

—Porque estamos perdidos en el medio de la nada y eso es culpa de uhmm... Ah, sí, TUYA —Manuel lo vuelve a pellizcar. Martin vuelve a chillar.

—¡No pensé que nos íbamos a perder!

—¡Te dije que no era buena idea separarnos del grupo, weón! —Le grita, cada vez más alto—. ¡Ahora vamo' a estar perdidos hasta quién chucha sabe cuándo y ma' en cima, cuando nos encuentren, la maestra nos va a echar la bronca!

El niño rubio apretó los labios con fuerza, conteniendo las lagrimas.

—¡Basta! —lloriqueó—. Yo sólo quería estar más con vos, ¡no pensé que pasaría esto!

Martín se suelta del agarre y se sienta en el suelo para luego hacerse una bolita en su lugar y sollozar.

Manuel y Martín estaban ambos en su primer año de la escuela primaria, pero en salones diferentes —Tenían seis y siete años respectivamente, Martín era mayor por unos meses—. El rubio estaba en el curso "C" y el castaño en el "A". Se veían durante los recreos y fuera de la escuela. Uno de los dos iba a la casa del contrario a merendar y luego se dirigían a jugar juntos al parque durante toda la tarde. Durante la última semana ya no se veían tan seguido porque Manuel estaba castigado por ir a casa de Martín sin permiso y volver a su hogar a las ocho de la noche. Pero, dio la casualidad que la escuela organizó una excursión ese viernes y todos los cursos menores asistieron. Allí, Martín y Manuel se encontraron y al rubio no se le ocurrió mejor idea que alejarse de sus respectivas maestras para poder jugar juntos y compensar los días perdidos.

Ya se imaginan qué pasó, ¿no? Los idiotas se perdieron.

Manuel suspiró y se sentó a su lado, pasando sus brazos por alrededor del cuerpo del niño.

—Lo siento, weón, no llori'.

Martín le hizo caso omiso y siguió lloriqueando.

—¡A-Ahora debes odiarme...!

—No te odio, weón...

—¡Mentira!, ¡sólo lo decís para que deje de llorar!

Manuel arrugó el entrecejo. No le gustaba que lo tomaran de mentiroso, en especial cuando decía la verdad. Estaba bien que su mami no le creyera cuando le decía que él no había roto el jarrón con la pelota de fútbol, ¡pero cuando le decía que fue idea de Martín subir al árbol para casar ardillas, debía creerle!

Y odiaba aun más que Martín no le creyera. ¡Era su mejor amigo, después de todo! ¡Debía creerle!

El castañito tomo de los hombros al otro niño para obligarlo a que lo vea, le tomo del rostro con sus manitos y le dio un besito en los labios. Un beso tosco y muy torpe, además de bastante simple. A los segundos se separa.

—¿Vei', weón? ¡No te odio!

Martín no tardó mucho en salir de su shock y sonreír ampliamente, dejando ver sus dientes de leche, y las mejillas rojitas.

Hernández chilló el nombre del castaño, emocionado. Se abalanzó sobre él, rodeando su cuello y apretujándolo. ¡Qué susto! ¡Por un momento creyó que su mejor amigo del alma lo odiaba! Gracias al cielo sólo fue una falsa alarma. Manu continuaba queriéndolo y ese besito era la prueba. ¡Si Manu todavía quería seguir dándole besitos entonces eso significaba que aún lo quería!

Sus maestras los encontraron media hora más tarde —No se habían alejado tanto—. Ambos niños estaban recostados bajo un árbol, durmiendo y tomados de la mano.

Amores torpes (LH) [ 2016 ] Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora