CAPÍTULO III : Los lupitas

340 117 156
                                    

La aldea de los lupitas era un pobre pero limpio caserío al borde del Mar de los Truenos, que separaba el Continente del Sur del de las Tierras Centrales. El río Pacis, que desembocaba en ese mar, hacía de frontera con las tierras de Segea, ciudad con la que los lupitas mantenían buenas relaciones, si descontamos los episodios protagonizados por algunas bandas de facinerosos, como ya hemos visto.

El pueblo de los lupitas llevaba asentado en aquella tierra desde tiempos inmemoriales y sus costumbres no habían cambiado mucho. La pesca seguía siendo su medio de sustento principal, pues su costa era rica en bancos de caballa, de bacalao, en diversas especies de mariscos y además proporcionaba una riqueza extra. Ese tesoro eran las perlas extraídas de multitud de ostras por expertos buceadores que podían permanecer varios minutos sumergidos para llegar hasta el fondo marino.

Algunos huertos en los patios traseros de las viviendas de troncos o en las afueras inmediatas de la empalizada les proporcionaban los vegetales necesarios para una alimentación más equilibrada. Asimismo, casi todos los aldeanos poseían algunos animales domésticos como cerdos, cabras o aves que les proporcionaban carne, leche y huevos. En general era un pueblo tranquilo, adorador del espíritu del lobo personificado en su tótem, pero cuando llegaron los tres caminantes, ya cerca del mediodía, el poblado aparecía solitario y la gente verdaderamente atemorizada, atisbando a través de los ventanales de sus viviendas cerradas a cal y canto.

Una anciana se animó un tanto al ver a Hermíona y cuando le preguntaron por lo que sucedía, se decidió a hablar, sugestionada también por la influencia mental de la joven.

-¡Estamos encerrados por miedo a los piratas! -explicó, con el temor reflejado en el rostro-. ¡Tened cuidado si os encontráis con ellos, porque todavía andan rondando por la aldea...

Luego la mujer les recomendó que acudiesen al basileus y cerró el postigo sin querer decir nada más.

Los tres visitantes siguieron la solitaria calle central de la aldea hasta llegar a una especie de plazuela donde se alzaba el tótem lobuno con algunas ofrendas y fuegos sagrados alrededor. Tras la puerta entreabierta de una casa especialmente decorada, atisbaba un personaje de bigote, barba y cabellos blancos. Arián se dirigió al hombre, que salió al umbral:

-Buenos días. ¿Es usted el basileus?

El personaje le hizo una señal para que bajara la voz, mirando temeroso a todos lados, como esperando la aparición súbita de algún peligro.

-Yo soy. Y supongo que tú eres el hijo de Fidelio, el mercader, y que vienes a recoger las perlas acordadas con tu padre en pago de sus mercancías...

-Así es.

-Pues habéis venido en mal momento. Los piratas, sabedores de que la mayoría de nuestros jóvenes están en alta mar en las labores de pesca, han asaltado la aldea y vejado a los niños, mujeres y ancianos que quedamos aquí y han requisado todo lo que podía robarse, incluidas las perlas que reservábamos para tu padre...

La sangre de Arian, envalentonado como venía de la pelea anterior, hirvió de indignación y saltó como un resorte:

-¿Cómo?¿Y rondan por aquí todavía esos canallas? -casi rugió.

-Los han visto en la playa. Estaban festejando su triunfo alrededor de una hoguera, seguramente revisando lo sustraido, hartándose de vino y asando algún cerdo de los robados.

Hermíona se ofreció en seguida, valientemente:

-¡Hay que ayudar a esta pobre gente, Arián! ¡Y recuperar lo que se le debe a tu padre...!

-Yo no me voy a quedar atrás -intervino Rómulo-. Es mi gente y mi tierra y no puedo consentir este atropello.

El basileus reparó entonces en Rómulo, que había permanecido en un segundo plano y se admiró de verlo allí con los dos jóvenes:

El Libro de los PasajesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora