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—¿Estás de acuerdo? —preguntó Russell, inyectando mi antebrazo con un líquido, este ardió mientras se deslizaba por mi torrente. Ese medicamento me permitía dormir por las noches, era extraño aunque también un tanto aliviador, ya que mis ojos parecían estar programados para que se abrieran a las doce de la noche—. Los antipsicóticos te ayudan bastante. —susurró él. No sé si él quería ser amigable o yo lo estaba tomando personal. Sin embargo no respondí a su pregunta.

El doctor Russell pidió que me recostara en un sofá-cama, estábamos en su oficina, las paredes eran de color chocolate y mantenía un estante gigantesco, repleto de libros, pegado a la pared, además ahí posaban instrumentos extraños y otros como: mini planetas de plata o esculturas pequeñas de lo que parecía ser el mismo material. Su oficina no había cambiado para nada en dos años.

Mis ojos se clavaron en el techo oscuro de la habitación, la cual era iluminada por sola una ventana que había a mi costado izquierdo. Era extraño, de verdad era muy extraño, mi personalidad, mi mente y mi cuerpo habían cambiado mucho desde mi ingreso al hospital Roden. Incluso. Incluso lo que pensé que era mentira se volvió realidad, o quizá simplemente yo quería verlo de ese modo ya que mi estado no mejoraba. Siempre era lo mismo todos los días y quizá por eso mis padres nunca me habían visitado, peor cuando me vieron actuando como loco por insistencia a que me creyeran la historia sobre la muerte de Adrián.

—¿Por qué estás aquí, Isaac? —preguntó Russell con voz suave y un poco acogedora. Por primera vez en mucho tiempo decidí hablar. Las preguntas del doctor Russell eran sencillas, él trataba de ir despacio, nunca había insistido u obligado hablar si yo no quería, es más: no le dirigía la palabra aunque sintiera pena por él.

—Porque todos me creen loco. —respondí en voz baja, con la vista puesta en el techo oscuro, el cual se sentía agradable porque en todas las habitaciones que siempre me mantenía eran de color blanco, tan blancas que sentía mi alma abandonar mi cuerpo. El techo oscuro era mucho mejor aunque no sintiera paz conmigo.

—¿Y cómo te sientes al respecto? —volvió a preguntar, ignorando esta vez que había dicho que todos me creían loco menos yo, él no me retó para mi sorpresa, solamente me siguió la corriente.

—Como un loco. —musité y por primera vez en mucho tiempo sentí que una sonrisa se asomaba en mis labios Era una sonrisa sincera y no espeluznante como las que estaba acostumbrado a transmitir cuando me burlaba y retaba a las sombras que querían llevarme al más allá con ellas.

—¿Y cómo se siente un loco? —inquirió él.

Medité unos segundos su pregunta. ¿Cómo me sentía yo? Me sentía miserable por estar en aquel lugar, sentía vergüenza por mí mismo, sentía que no tenía a nadie para poder compartirle lo que sea que hubiera de bueno en mi vida. Todos ellos me creían loco, menos yo.
Así que me pregunté una vez después de dos años de vivir en las tinieblas de mi mente: ¿Cómo se sentía un loco? ¿Cómo se sentía una persona normal? ¿Cuál era la diferencia si pensábamos con razonamiento?

—No lo sé. —respondí con la voz apagada—. No logro distinguir la locura de la realidad.

—La realidad es la que vivimos y la locura es aquella fantasía que creamos para poder sobrevivir a la realidad. —escuché cómo él sonrió un poco—. Cada quien tiene su propia locura y manera de vivirla. Sólo que algunas son oscuras y peligrosas.

—No entiendo. —mis parpados se habían cerrado por un momento—. Si todas las personas están locas, ¿por qué no están en un centro de rehabilitación como yo? —pregunté desairado.

—Porque la locura de ellos es diferente a la tuya. —presentí que estaba midiendo sus palabras—. Tu locura es oscura y peligrosa a diferencias de las otras personas.

MONSTRUOS DE MEDIANOCHE ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora