01

3.3K 284 37
                                        

Dicen que tu subconsciente se comunica contigo por medio de voces susurrantes atravesando el aire y colándose como un silbido en tus oídos...


Tamborileé mis dedos lentamente sobre la mesa de metal, en mi otra mano empuñada un lápiz de color amarillo el cual rebotaba contra la misma, mis ojos estaban clavados en la pared blanca sin ninguna necesidad de pestañear, estaba ido. Mi mente era un lugar vacío, por alguna razón no era capaz de recordar nada de mi vida, había momentos en los que parecía nunca haber existido, no podía recordar alguna escena feliz o triste, sólo era vacío y nada más.

Podía sentir la presencia de los demás, pero junto a mí no había nadie. Podía sentir el aire atravesar mis cabellos y silbar en un susurro sobre mis oídos, pero no estaba en el exterior, mi mente se obligó a creer que a lo mejor era el aire acondicionado de la habitación. Había momentos como esos en lo que podía escuchar una melodía suave, la música de mi madre se colaba en aquella habitación blanca y desolada, fría y dura.

Pestañeé una vez no porque tuviera necesidad, sino porque sabía que me observaban desde alguna esquina de las paredes, dejé de tamborilear mis dedos y tomé con fuerza el lápiz, me puse de pie y caminé hacia la pared hasta detenerme justo enfrente de ella, con mi nariz rozando su textura.
Había llegado la hora.
Los susurros que cada noche me atormentaban volvieron en ese momento, esas voces se habían hecho mis amigas desde hacía dos años cuando cumplí quince, cuando en mi hogar aconteció lo peor, algo que nunca imaginé posible.

El vago recuerdo de mis padres vino a mi mente en ese instante, ellos habían decidido salir a celebrar otro año más de matrimonio, esa noche Adrián y yo nos quedamos solos en casa. Mi hermano tenía trece años, era alto y delgado, su cabello era como el mío, pelirrojo muy oscuro y en su rostro había más pecas que en el mío. Adrián era el último hijo que decidieron tener mis padres.
Esa noche elegimos ver una película ya que nuestros padres regresarían tarde no habría ningún problema. Nos sentamos cada quien en un sofá sólo por precaución ya que a Adrián le gustaba jugar bromas de mal gusto y peor aún si la película que mirábamos era de terror. Una vez que esta terminó mi subconsciente estaba traumado, tenía miedo subir solo las escaleras hasta mi habitación y nuestros padres no regresaban todavía. Cuando por fin estuve en mi cuarto me acosté y traté de dormir en paz, cerrando los ojos con nerviosismo y un deje de pánico, Adrián dormía aparte nos habían acostumbrado a dormir por separado desde que éramos niños.

Suspiré cansado y volteé mi cabeza para ver la hora en un pequeño reloj de mesa con forma de granja que mamá había comprado hacía mucho tiempo atrás, este marcaba las once en punto de la noche. Intenté dormir, pero cualquier ruido mínimo que escuchaba me hacía respingar en la cama así que me cubrí de pies a cabeza y me dejé llevar por mis pensamientos mortíferos y malignos acerca de la película hasta que logré dormir.

Mi sueño era tan profundo y satisfactorio que lo que me hizo volver a la consciencia fue el ruido de la puerta de mi habitación cerrarse de golpe. Mi cuerpo se sobresaltó en la cama y tiré más de las sabanas para taparme completamente ya que esta estaba a la mitad de mi cuerpo, rápidamente volví mi cabeza hacia el reloj y justamente marcaba las doce en punto de la madrugada.
Tragué con fuerza porque recordé mi vida de hacía cinco años atrás.

Me fijé que la luz del pasillo estaba encendida ya que esta iluminaba por debajo de la puerta hacia dentro de mi habitación, observé con los ojos bien abiertos todo el lugar por dentro, pero no había nadie más conmigo, sólo un payaso colgando del techo, este era miniatura, pero aun así asustaba ya que se mecía. Tragué con miedo nuevamente y empecé a bajar la sabana de mi cuerpo, mis manos empezaron a temblar y sentí que en cualquier momento me echaría a llorar. Puse los pies sobre la madera al borde de mi cama y me fijé en las esquinas de la habitación, pero no hubo nada extraño así que me acerqué lentamente a la ventana para ver el exterior, el paisaje estaba obscuro, tétrico sin embargo el alumbrado público iluminaba débilmente los arboles cercanos a la casa. Regresé al costado de mi cama y mi vista descendió a mis pies lentamente, el corazón me empezó a bombear con fuerza y me obligué a ponerme de cuclillas para después inclinar mi torso poco a poco para poder corroborar que de debajo de mi cama todo marchaba normal, no había nada, gracias al cielo, inhalé con alivió. Mis ojos rápidamente se desplazaron hacia el guardarropa pegado a la pared, mi cuerpo tomó su postura anterior y se puso rígido ante la idea que circuló en mi mente.

MONSTRUOS DE MEDIANOCHE ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora