Capítulo 8.

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Ser diferente no era fácil. Theodore había notado a lo largo de sus años en Hogwarts que lo más sencillo para salir bien parado era no llamar la atención, lo cual significaba confundirse con el resto, unirse a la normalidad.

Las personas que no eran normales nadaban contracorriente, golpeándose, sin querer, con los que sí lo eran.
Y a la gente normal no solía gustarle los que no eran como ellos, porque eso les asustaba, les desconcertaba, creaba una brecha en el bucle de su rutina.

Les hacía ver que había otras opciones si miraban a su alrededor y eso les daba miedo, porque era mucho más sencillo hacer lo que tantos otros hacían, seguir el mismo camino, en línea recta.

Siempre en línea recta.

Pero entre esa marea que avanzaba sin salirse del sendero, una jovencita con el pelo tan largo como una banshee y tan claro como un rayo de sol, caminaba en zigzag. Giraba sobre sí misma, rodeaba a los demás, saltaba a un lado y corría por los margenes.

Theodore podía notarlo, aún cuando ella hacía cosas normales como caminar con sus compañeros hacia la siguiente clase.

Porque Luna no encanjaba entre los uniformes oscuros, las lecciones cuchicheadas y los libros abiertos. Parecía perdida en otro plano, luminosa y única. Era un pie derecho en un zapato izquierdo. Y a Theodore le gustaba que lo fuera, le gusta por que lo era, y no pensaba permitir que nadie tratara de obligarla a ser lo que no era.

Por eso, posiblemente por primera vez en su vida, Theodore sintió rabia. Luna no había pasado frente a su clase a tercera hora como hacía cada jueves y Theodore se había extrañado.

Por eso había cogido el pasillo por el que siempre había aparecido Luna y lo había seguido en dirección contraria a la marea de estudiantes, escurriéndose entre los huecos y mirando a todas partes, tratando de encontrarla.

La localizó, arrinconada contra la estatua de una bruja embarazada, rodeada por Malfoy, Crabbe y Goyle.

Draco estaba más cerca de ella y con un dedo tiraba de la tanza del collar de corchos de Luna, tensándolo de un modo que obligaba a la chica a inclinarse hacia él para no cortarse el cuello. El cabello de Luna caía como dos cortinas doradas ocultando su rostro, excepto sus ojos. Esos ojos tan saltones, ligeramente separados y tan límpidos como un cielo sin nubes. Y en ellos no había miedo, ni siquiera sumisión.

Observaba a Draco Malfoy con una serenidad rayana en la compasión.

Pero Theodore Nott no se sentía tan sereno, de hecho, quería pegarle a alguien. A poder ser rubio, larguilucho y gilipollas.

La Luna y La Serpiente [Theodore Nott Y Luna Lovegood]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora