PREFACIO

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Mis ojos estaban puestos sobre las paredes blancas de la sala de espera

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Mis ojos estaban puestos sobre las paredes blancas de la sala de espera.

Las recorrían como niños buscando una imagen colorida dentro de un libro de palabras incomprensibles: dentro del libro de la vida.

No era que no me gustara ese color, pero se me hacía triste; nostálgico: frío, tan frío como el aire que se colaba debajo de mi piel.

—El Dr. Carter las espera, es por aquí —señaló la enfermera, orientándonos a través del pasillo.

Mi madre caminó a la par de ella; mis pasos, en cambio, fueron lentos, como los de alguien que no quiere llegar a ningún sitio.

La enfermera se detuvo y giró el picaporte; el consultorio no era más que un rectángulo sombrío, sin más mobiliarios que un escritorio, un par de sillas gris metalizado y una camilla.

Apenas entré, el olor a alcohol y desinfectante hizo que un líquido ácido subiera hasta mi garganta, el estómago se me revolvió, y las manos me comenzaron a sudar.

Después de sentarnos, el médico, un hombre cuarentón con ojos saltones y bigote rubio, se colocó los lentes y le dio una última hojeada a los resultados.

—Y bien, ¿cómo salió Melissa? —preguntó mamá.

—Señora Cole, los exámenes han arrojado que...

—¿Todo bien?... Mel está sana, ¿verdad? —La voz le tembló.

—Mami, deja que el doctor hable, ¿sí?

Ella se me quedó viendo fijamente; sus ojos eran una laguna verdosa y transparente a través de la cual podía tocar su miedo: nuestro miedo.

—Claro. —Asintió sin mucha convicción—. Disculpe, doctor.

El médico volvió a leer los resultados, y, seguidamente, llevó la vista a donde me encontraba.

—Tienes un carcinoma de rápido crecimiento en tu seno izquierdo —dijo.

Cuando escuché aquellas palabras, sentí que alguien me lanzaba desde lo alto de un precipicio.

Fue una caída libre. Libre y silenciosa.

Todo a mí alrededor se hizo gris y los objetos tomaron formas escalofriantes: lo primero que me pasó por la mente fue que iba a morir.

—¿Cáncer? —Mamá se levantó y comenzó a moverse de un lado a otro, sin parar—. ¿Está seguro que no se equivocaron? ... Siempre hay errores con esos exámenes...  A mi vecina le pasó. Le dijeron que tenía hepatitis y resultó que...

—No, señora Cole, no es una equivocación, se trata de cáncer —confirmó el médico.

Mamá se refugió en un rincón y soltó un sollozo que mucho tiempo después, aun resonaría en mi cabeza.

Una lágrima como navaja atravesó mi mejilla.

—¿Qué porcentaje tengo de vencerlo? —le pregunté.

—Mientras más rápido comiences el tratamiento, será mucho mejor. Te referiré al Saint Rosemary Research Hospital, allí están los mejores especialistas.

Mamá, que seguía tratando de calmar sus nervios y cesar sus lágrimas, se volvió a sentar a mi lado y me tomó la mano. Me envió una mirada compasiva y yo le devolví una sonrisa amarga.

—Todo estará bien, cariño —me aseguró—. Eres valiente.

Pero ¿de qué servía la valentía en esos momentos cuando lo único que quería era salir huyendo?

Me despedí del doctor con un débil estrechamiento de manos y preguntándome si tal vez ese sería el último día que lo vería.

De vuelta al pasillo, mamá y yo nos quedamos en silencio, y fue un silencio tan largo como lo fue doloroso.

Al llegar a casa corrí al baño a vomitar.

No era miedo lo que yo sentía en ese momento.

No.

Era algo mucho peor que eso; era terror en su estado más puro.

Me encerré en mi habitación y arrojé todo cuanto encontré en la peinadora, gritando y pataleando, como una chiquilla malcriada.

Escuché la voz de mis padres afuera, pero no abrí.

Quería estar sola.

Encendí el televisor y lo dejé en las caricaturas.

No quería pensar.

No quería hablar.

Necesitaba escapar de la realidad; necesitaba que mi vida volviera a ser la de antes.

Recogí la foto de mi abuela del suelo y me abracé a ella mientras lloraba.

Al final de la tarde me quedé dormida y cuando desperté, divisé un cuadro cerca de mi ventana; era una nueva pintura en la que había estado trabajando.

Tomé distintos colores y continué pintando.

Sonreí mientras mis manos dirigían el pincel sobre el lienzo, trazando nuevas formas y explorando nuevas sensaciones.

Recordé aquella frase que un día me dijo la abuela:

«La vida algunas veces puede parecer injusta, pero cada mañana, cada nuevo despertar, vale la pena vivirlo»

No tenía idea de lo que me esperaba en aquel hospital, pero sí estaba segura de que aunque mi lienzo se había teñido de gris, siempre existirían otros colores para volverlo a pintar.

No tenía idea de lo que me esperaba en aquel hospital, pero sí estaba segura de que aunque mi lienzo se había teñido de gris, siempre existirían otros colores para volverlo a pintar

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(Completa) Mi Dulce DoctorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora