Hermosas flores llenaban aquél lugar. La fragancia se podía sentir a cierta distancia. Los colores eran variados. Sin embargo, entre todas resaltaban aún más las rosas blancas. Esas eran las flores favoritas de Alicia, y Karina jamás se hu- biera imaginado cómo una flor tan preciosa se convertiría en símbolo de tan profunda tristeza.
Karina estaba sentada sobre un sillón de cuero marrón oscuro. Ella llevaba puesto un vestido negro de encaje; uno de sus vestidos más elegantes y delicados. En otra ocasión to- dos hubieran hecho comentario de cuán hermosa lucía con ese atuendo, ya que se veía como una elegante mujer, pero esta no era la instancia adecuada para hacer ese tipo de mención.
Todos estaban abatidos con esta terrible noticia. Todo fue tan repentino e inesperado, tal cómo resulta ser una muerte por ACV. Muchos se acercaban a Karina mientras ella lloraba silenciosamente sobre su sillón. Karina sentía la presencia de todas aquellas personas, pero la experiencia carecía de sonido. Veía cómo se movían los labios de quienes se habían acercado a dar sus palabras de condolencia, pero sin poder distinguir alguna voz. En su mente todo estaba en absoluto silencio.
Muchos notaron su estado de shock, ya que al hacer- le preguntas de si quería tomarse un café o comer algo, su mirada permanecía fija y no emitía respuesta alguna. Todos comprendían su dolor y decidieron dejarla sola por un rato. Su padre estaba parado hablando con otros de sus colegas, todos médicos. Karina sólo podía ver cómo todos esos hombres con- versaban, y a pesar de no percibir sus voces, podía notar cómo sus actitudes eran de pena hacia su padre. Enrique hacía uno que otro comentario, y aunque sus ojos reflejaban tristeza, no soltó ni una sola lágrima, al menos no delante de las personas. Karina volteó su mirada hacia la puerta principal del salón. Allí, apoyado sobre el umbral, se encontraba un hombre vestido con camisa y pantalón blanco. En su mente desentonaba, y no comprendía cómo alguien se atrevería a vestirse de ese color para un velorio. De igual manera, aunque a una persona no le duela la muerte de alguien en particular, el hecho de estar allí presente le debería hacer tomar postura y semblante de dolor ajeno. Sin embargo, este hombre parecía estar sonriendo, aunque no podía distinguir bien su rostro dado a que estaba contra luz; el sol brillaba fuertemente, trazando cálidamente su silueta. Éste le miraba fijamente, pudo notar. De momento, hace gesto con su dedo solicitándole que se acerca a él. Él no espera a que ella se levantase de su asiento, sino que seguido del gesto, sale de la habitación.
Movida a curiosidad, Karina se levanta. Su cuerpo se sentía liviano, cómo si por un instante el peso de su dolor hu- biera permanecido en su sillón, así que salió en búsqueda de aquel misterioso hombre que le llamaba. Estando afuera, fijó su mirada en otra persona que estaba de espaldas. Ésta tam- bién estaba en ropas de color blanco resplandeciente. Cuándo finalmente voltea, Karina queda boquiabierta ante tal visión.
¡Era su madre! Alicia sonreía con mucha alegría, y miraba con ternura a su amada hija Karina. Seguidamente, observó que su madre le saludaba a distancia mientras caminaba junto a aquel hombre con vestiduras similares a las de su mamá, hasta que definitivamente ambos desvanecen.
Karina despierta. En su cama yace por unos minutos mientras reflexiona sobre el sueño del que acababa de des- pertar. La visión parecía ser un recuerdo, pero ese aspecto espiritual le traía dudas en cuánto a la veracidad de ese posible recuerdo. Trató de hacer memoria de quienes estuvieron presentes en el sueño del velorio de su mamá. Entre la multitud se encontraba Valeria, su amiga de la universidad.
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Ladrones del tiempo
Novela JuvenilDespertar en un lugar desconocido sin saber cómo llegaste allí debe ser aterrador. Pero esto resulta ser algo insignificante comparado con lo que le ha ocurrido a Karina. Un año de su vida ha transcurrido y ella no tiene la menor idea del por qué no...
