II

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Extraños cantos, el tronar de címbalos y cornos me despertaron. Un bosque muerto de corales verdes se erguía a mi alrededor, las corazas muertas exhiben ojos por millares en su superficie; no me atreví a mirar mucho y menos tocar. Continue mi camino bajo un cielo negro que era surcado por relámpagos púrpura, la gravedad era similar a la de mi mundo, el aire era respirable; si obviaba la letal peste a hierbas extrañas, podría pensar que estaba despierta en mi hogar. Curioso era que, con cada parpadeo, extraños símbolos que jamás he visto brotaban en mi mente. Debía ser sin duda algun efecto de las flores, pero por ratos las runas misteriosas brillaban en el aire y casi parecía poder tocarlas. Por largo rato caminé vagando por este bosque de cadáveres bajo el cielo de ónice carente de estrellas hasta que algo llamó mi atención.

Entre corales purpúreos se movía algo. No estaba sola. Una negra sombra vagaba líquida por el bosque muerto mientras mi corazón se detenía ante la certeza de ser mirada por este engendro. No lo veía bien, pero al cerrar mis ojos podía ver un par de ojos morados mirarme fijo entre la oscuridad de mis párpados. Por parajes deshabitados y ruinas atemporales seguí lo que miraba como una líquida niebla flotando sobre el suelo; una bocanada de humo negro que, una vez comencé a seguirla, me huía esquiva. Entre muros derruidos por eones vi a la niebla posarse y consolidarse hasta adquirir la forma de un gato. Al ver a la criatura de cerca me percaté que tenía 4 ojos morados flotando como llamas apenas por encima de su cabeza. Su cráneo era blanco y plano, sus abundantes dientes filosos como agujas simulaban una burlona sonrisa. Sus orejas negras y picudas tenían una delgada raya morada en el dorso y su pelaje color obsidiana difusamente contenía pequeñas estrellas mientras una tenue nube de humo flotaba a su alrededor, ocultando sus patas traseras. No maullaba, pero ronroneaba y los ecos de sus vibraciones alteraban el espacio a su alrededor cuáles ondas en el agua. Luego continuó huyendo, por bosques de árboles magenta con bulbos amarillos al final de sus ramas. Poco entiendo por que el pequeño felino me guiaba por los bosques de esta dimensión donde mi idea de normalidad era subvertida, pero agradezco la pequeña partícula de familiaridad. Por lo que parecieron horas seguí al felino hasta que del terreno empezaron a brotar pequeños cristales negros, ahí el gato abandonó la prisa y comenzó a buscar algo. Lentamente abandonamos el bosque magenta hasta que comenzamos a observar que los cristales que brotaban del suelo eran cada vez más grandes, más abundantes también.

Luego vi inmensos pilares negros, monolitos desconocidos que vibraban de manera tenue; a causa de ello no lograba verlo con claridad. El pequeño gato maullaba cuando se alejaba demasiado de mí, ahí entendí que estaba solicitando que lo siguiera. Del cielo negro comenzaron a descender los relámpagos púrpura hasta impactar en los cristales. Aquellos que eran golpeados por el rayo se fragmentaron y un espantoso chirrido, igual que el de un millón de voces llorando de agonía, colmó mis oídos y un pavor innombrable inundó mi ser. El gatito continuaba estoico ante este atroz espectáculo y de hecho, se dirigió hasta uno de los monolitos cristalinos fragmentados. Las esquirlas de todas formas y tamaños eran de un negro profundo y absoluto, pero al rato comenzaron a mostrar el brillo de estrellas y los nebulosos colores de los misteriosos cuerpos celestes que aguardan por nosotros en el frío vacío del espacio. Uno de los cristales pequeños brilló con una iridiscencia fantasmal y a mi atención absorbió como un agujero negro. Era una lámina de unos 3mm de grosor con forma rectangular, con una dimensión de 15cm de largo y otros 5 de ancho. Lo tomé del piso con mi mano derecha y miré por largo rato en él. Tan negro, tan vacío pero en la distancia podía escuchar un pálido canto que me suscita paz y hasta ternura. Con cada segundo que mis ojos lo devoraban el canto era más y más contundente hasta que el chirrido anómalo se repitió igual que cuando el relámpago golpeó; solo que ahora en menor volumen. Al voltear descubrí que el gato había mordido uno de los cristales hasta romperlo en millones de pequeños pedazos brillantes, luego el espectáculo comenzó.

El Espejo con el Color del AbismoStories to obsess over. Discover now