VI

7 0 0
                                        

Este negro suceso desbarató mi sanidad, erosionó mi entendimiento del universo. Sentía tanto terror que para ser honesta sospechaba sus negros tentáculos reptaban por mi cuerpo si tan solo contemplaba los símbolos mayores. Tenía razón, las diosas conjuradas no pudieron ayudar y la verdad dudo que haya continuado muerto por mucho tiempo luego de haberme marchado de aquel planeta decadente.

Me deshice de casi todo, quemé las runas, anatemas y símbolos. Regalé mis libros, aún aquellos escritos en lenguajes arcanos y alienígenas; en especial aquellos labrados con misteriosas resinas alucinógenas de inimaginable horror. Mi supremo vínculo con las fuerzas sagradas que resuenan más allá del universo fue mermado hasta devolverme a uno o dos pasos más allá de aquella noche en que todo comenzó. Lentamente mi aura fue adquiriendo la fuerza y el tono de la de cualquier otro ser humano y mis operaciones secretas ahora eran tan simples que asemejan más las prácticas de una no iniciada; todo con tal de poder encontrar discreción en este mundo del hombre. Como una es incapaz de abandonar por completo el camino a la supremacía una vez penetrado el velo que tapa nuestros ojos; la mejor opción era paulatinamente ir abandonando las prácticas con la cautela de comprender que los conocimientos adquiridos jamás dejarían mi mente. Así las velas e inciensos comenzaron a gastarse mas yo no tenía disposición de reemplazarlas, los tatuajes arcanos marcados en mi cuerpo dejaron de ser los símbolos de pactos atemporales y volvieron a ser no más que objeto de halago por los hombres nada cautelosos que sentían sus sutiles vibraciones y despertaban su interés. Sonare muy cobarde tal vez, pero dudo que alguien haría diferente de ser puesta en mi situación. Los documentos y apuntes que tenía resumiendo mi conocimiento fueron depurados en ficciones fantásticas de atardeceres sin sol, jóvenes descubriendo la manzana de Eris y los frutos de la agonía. Jamás daría indicios de los símbolos ni detalles de los rituales; pero sabía con certeza que meditar con ciertos inciensos con mi obra era un medio efectivo para que mis prohibidos conocimientos se transmitieran. No obstante cada una de mis ficciones venían tatuadas de infinitas advertencias y oscuros finales; pues sabía que tan real era el peligro que aguarda del otro lado de la gran puerta.

Seré honesta, los libros no se vendían bien, pero la práctica de mi profesión me ayudó no solo a mantenerme en esta pútrida sociedad mercantilista; sino que también fue mi ancla para atarme a esta realidad. En el trabajo encontré maneras discretas de entrelazarme con lo sagrado y modelos prácticos para poder utilizar lo poco que quedaba de mis fuerzas para ayudar a otros. Me llenó de culpa cuando algunos de los consumidores encontraron en mis ficciones las siete puertas que llevan a la locura, pero llorar por el incauto y el terco me tomaría una eternidad. Sin inhalar los vapores de resinas malditas ni comer de los frutos de Eris, sin beber de los jugos de árboles lunares ni besar los labios del opio; me encontraba lúcida en esta tierra, pero sumamente aburrida. Con demasiada cautela y renuencia de los sectores más conservadores de mi mente, decidí abrir tan solo la puerta de ensueño. Grave error.

Al principio logré volver a los elíseos jardines donde lunas siniestras brillan bulosas. Ví los parajes de mundos perdidos y recuperé en ese plano cierto poderío. El prisma negro brillaba contento con mis sueños y en meditaciones me mostraba nuevos lugares que tal vez deseaba visitar; caminos por los que yo tenía demasiado miedo de volver a caminar en persona. Pero no importaba porque si mi exploración no era física, me sentía segura y no ví la sombra que trepaba en mi espalda jamás; además aunque fuera a punta de miradas morbosas y voyeristas brindadas por vagas meditaciones, el cristal jamás mostró descontento ni se abrió de nuevo su herida. Siento que en este momento de mi vida, aunque estuviera estancada en una isla de ignorancia; en un exilio autoimpuesto por mi más amarga derrota, había logrado alcanzar la paz. Lo que jamás logré con toda la negra brujería ni el supremo chamanismo, ahora me sentía verdadera y plenamente feliz.

Por supuesto que nada bueno dura, y rápidamente la utopía de ignorancia que había construido se resquebrajó como un vidrio viejo siendo puesto a vibrar en frecuencias ultrasónicas. Ante el retumbo descomunal que en cualquier momento me alcanzaría, ningún constructo del hombre puede permanecer; mucho menos uno tan artificial y subjetivo como la felicidad. Lentamente mis sueños comenzaron a dar paso a visiones espantosas de inimaginable horror mientras el llanto de mil mártires colmaba mis oídos. El hombre comiendo del hombre en un brío caníbal que nublaba sus mentes hasta dejarlas nulas, las nubes de hongo emergiendo de las nueve esquinas del mundo y los doce sellos siendo abiertos para que el documento que encerraban fuera leído por un cordero negro lleno de ojos. No entiendo que me encontraba viendo pero podía sentir discretamente las fuerzas del caos volviendo a crecer dentro de mí; solo que esta vez intentaba rehusar a su regalo siniestro. El gran lobo negro empezaba a forcejear contra sus ataduras y yo volvía a sentir los pulsos de sus pasos por la tierra. Estaba volviendo a quedar maldita con el conocimiento que me hizo buscar a toda prisa la ignorancia.

El Espejo con el Color del AbismoStories to obsess over. Discover now