Miro por la ventana de la cafetería en la que estoy. Son las ocho de la mañana de un sábado y lo que menos me apetecía en estos momentos era estar metida en mi casa ayudando a mi madre a colocar todas esas cosas que faltan por poner en las miles de estanterías de nuestra nueva casa.
La cafetería me recuerda muchísimo a la de 50 Primeras Citas, salvo porque no están Drew Barrimore y Adam Sandler. Por lo demás, es la típica cafetería hawaiana, con miles de flores, palmeras, tablas de surf, y muñecas que imitan a bailarinas de hula.
- Aquí tienes, preciosa - el camarero, un hombre algo mayor y con gafas, deja un plato de gofres encima de mi mesa - Que aproveche.
- Muchas gracias - sonrío y comienzo a echarles chocolate por encima.
Como mientras que veo el mar. Mar que está algo agitado, pero que está perfecto para alguien a quien le guste surfear. Inconscientemente me llevo la mano a la cabeza y, cuando me he dado cuenta de ese gesto, me revuelvo el pelo y vuelvo a poner la mano encima de la mesa.
Un año. Un año va a hacer de mi accidente. Un año de rehabilitación, de psicólogos, y un jodido año sin poder coger una tabla de surf por culpa de mi madre. En el fondo la entiendo. Ya perdió a mi padre, y sé que no quiere perder a otro miembro de nuestra familia, pero por otro lado, mi madre no entiende que me está matando al prohibirme hacer lo que más me gusta, y que si ese accidente no me mató, lo va a hacer ella.
Termino de desayunar, dejo el dinero en la mesa y comienzo a andar hacia la playa. La arena es suave al tacto, y no tan cálida como en Miami, pero cálida al fin y al cabo. Me acerco hasta la orilla y me quito las zapatillas, dejándolas a mi lado, y sentándome en el suelo. El agua llega hasta mis pies, y miles de recuerdos llegan a mi mente.
No puedo evitar recordar las excursiones con mis amigos hasta Playa Jaiki a escondidas de nuestros padres para pasar allí el día. También recuerdo el día que mamá me prohibió ir a la competición en California por mis malas notas y Kyle cogió el coche y me llevó. Gané, pero cuando volvimos a casa tuvimos pelea con mamá. Aunque lo que más recuerdo es el día en el que Luke me regaló mi primera tabla. Siempre he heredado las suyas, pero cuando cumplí diez años, me regaló a mi pequeña.
Esa tabla lleva conmigo ocho años, ha sufrido accidentes, roturas, golpes, arañazos, y en realidad todavía no sé como sigue bien. Lo único malo, es que ahora mi pequeña está anclada a una pared.
- ¡Vamos! ¡Qué por vuestra culpa voy a perder las mejores olas! - escucho un grito que me saca de mis pensamientos y miro hacia atrás, antes de ver a cinco chicos enfundados en neopreno corriendo hacia el mar con sus tablas en las manos.
- ¡Un momento! - el grito de una chica hace que ellos se paren - No hagáis acrobacias chachis hasta que os dé la señal o no acabaréis en Youtube - miro de reojo y veo como la chica coloca un trípode y una gran cámara muy cerca de la orilla.
Los chicos sonríen y se adentran en el mar. La chica pega un grito y ellos comienzan a surfear. No son principiantes, se les nota a la legua, pero tampoco son profesionales. Si estuviesen en una competición, a más de uno le hubiesen descalificado por meterse en la ola de uno de sus compañeros, pero no están en una competición, así que la única regla que hay es divertirse.
- ¡Hola! - pego un bote cuando una voz me sobresalta y pongo la mano en mi pecho a la vez que me giro para ver a la chica de la cámara mirándome muy cerca - ¿Quién eres?
- Joder, qué susto... - la chica comienza a reír - Soy Lexy.
- ¡Encantada! - exclama y extiende una mano - Yo soy Olianna, pero todos me llaman Oli. Encantada de conocerte Lexy. ¿Eres otra fan loca de todos esos? - señala a los surfistas - Si la respuesta es que sí, tengo que pedirte que te vayas.
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Jugando entre olas
Teen FictionPara Alexandra "Lexy" Greuw, su vida entera es el surf. Las competiciones, las olas y el mar son aquellas cosas sin las que ella no puede vivir, y su tesoro más preciado es su querida tabla. Pero, tras un accidente surfeando que casi se cobra la vi...