CAPITULO III
NUEVO MATRIMONIO Y NUEVOS HIJOS
Después de haberse desembarazado de Mitia, Fiodor
PavIovitch contrajo un nuevo matrimonio que duró ocho años.
Su segunda esposa, joven como la primera, era de otra
provincia, a la que se había trasladado en compañía de un
judío para tratar de negocios. Aunque era un borracho y un
perdido, no cesaba de velar por su capital y realizaba
excelentes aunque nada limpias operaciones.
Sofia Ivanovna era hija de un humilde diácono y quedó
huérfana en su infancia. Se había educado en la opulenta
mansión de su protectora, la viuda del general Vorokhov,
dama de gran prestigio en la sociedad, que, además de
proporcionarle una educación, había labrado su desgracia.
Ignoro los detalles de este infortunio, pero he oído decir que la
muchacha, dulce, cándida, paciente, había intentado
ahorcarse colgándose de un clavo, en la despensa, tanto la
torturaban los continuos reproches y los caprichos de su vieja
protectora, que no era mala en el fondo, pero que, al estar
todo el día ociosa, se ponía insoportable.
Fiodor Pavlovitch pidió su mano, pero fue rechazado
cuando se obtuvieron informes de él. Entonces propuso a la
huérfana raptarla, como había hecho con su primer
matrimonio. Con toda seguridad, ella se habría negado a ser
su esposa si hubiese estado mejor informada acerca de él.
Pero esto sucedía en otra provincia. Además, ¿qué podía
discernir una muchacha de dieciséis años, como no fuera que
era preferible arrojarse al agua que seguir en casa de su protectora? Es decir, que la infortunada sustituyó a su
bienhechora por un bienhechor. Esta vez Fiodor Pavlovitch no
recibió ni un céntimo, pues la generala se enfureció de tal
modo, que lo único que le dio fue su maldición.
Pero Fiodor Pavlovitch no contaba con el dinero de su
nueva esposa. La extraordinaria belleza de la joven, y sobre
todo su candor, le habían cautivado, a él, un hombre todo
voluptuosidad, que hasta entonces sólo había sido sensible a
los atractivos más groseros. «Sus ojos inocentes me taladran
el alma», decía con una sonrisa maligna. Pero aquel ser
corrompido sólo podía sentir una atracción de tipo sensual.
Fiodor Pavlovitch no tuvo ningún miramiento con su esposa.
Considerando que estaba en deuda con él, ya que la había
salvado de una vida insoportable, y aprovechándose de su
bondad y su resignación inauditas, pisoteó la decencia
conyugal más elemental. Su casa fue escenario de orgías en
las que tomaban parte mujeres de mal vivir. Un detalle digno
de mención es que Grigori, hombre taciturno, estúpido y
obstinado, que había odiado a su primera dueña, se puso de
parte de la segunda, discutiendo por ella con su amo de un
modo inadmisible en un doméstico. Un día llegó a despedir a
las doncellas que rondaban a Fiodor Pavlovitch. Andando el
tiempo, la desdichada esposa, que había vivido desde su
infancia en una perpetuo terror, contrajo una enfermedad ner-
viosa corriente entre las lugareñas y que vale a sus víctimas el
calificativo de « endemoniadas». A veces la enferma, presa de
terribles crisis histéricas, perdía la razón. Sin embargo, dio a
su marido dos hijos: Iván , que nació un año después de la
boda, y Alexei, que vino al mundo tres años más tarde.
Cuando Sofía Ivanovna murió, Alexei tenía cuatro años, y, por
extraño que parezca, se acordó toda su vida de su madre, aunque como a través de un sueño. Al fallecer Sofía
Ivanovna, los dos niños corrieron la misma suerte que el
primero: el padre se olvidó de ellos, los abandonó por com-
pleto, y Grigori se los llevó a su pabellón.
Allí los encontró la vieja generala, la misma que había
educado a la madre. Durante los ocho años en que Sofia
Ivanovna fue la esposa de Fiodor Pavlovitch, el rencor de la
vieja dama hacia ella no había cedido. Sabiendo la vida que
llevaba la infeliz, enterada de que estaba enferma y de los
escándalos que tenía que soportar, la generala manifestó dos
o tres veces a los parásitos que la rodeaban: «Bien hecho.
Dios la ha castigado por su ingratitud.»
Exactamente tres meses después de la muerte de Sofia
Ivanovna, la anciana señora apareció en nuestro pueblo y se
presentó en casa de Fiodor Pavlovitch. Su visita sólo duró
media hora, pero aprovechó el tiempo. Era el atardecer.
Fiodor Pavlovitch, al que no había visto desde hacía ocho
años, se presentó ante ella en completo estado de
embriaguez. Se cuenta que, apenas lo vio llegar, le dio dos
sonoras bofetadas y a continuación tres tirones de flequillo.
Hecho esto y sin pronunciar palabra, se fue al pabellón donde
habitaban los niños. Estaban mal vestidos y sucios, viendo lo
cual, la irascible dama dio otra bofetada a Grigori y le dijo que
se llevaba a los niños. Tal como estaban, los envolvió en una
manta, los puso en el coche y se marchó. Grigori encajó el
bofetón como un sirviente perfecto y se abstuvo de emitir la
menor protesta. Acompañó a la anciana a su coche y le dijo,
inclinándose ante ella profundamente:
-Dios la recompensará por su buena acción.
-Eres tonto de remate -respondió ella a modo de adiós.
Después de analizar el asunto, Fiodor Pavlovitch se
declaró satisfecho y en seguida dio su consentimiento en
regla para que los niños fueran educados en casa de la
generala. Hecho esto, se fue a la ciudad, a jactarse de los
bofetones recibidos.
Poco tiempo después murió la generala. Dejó mil rublos a
cada niño «para su instrucción». Este dinero se debía emplear
íntegramente en provecho de ellos y la testadora lo
consideraba suficiente. Si otras personas querian hacer algo
más, eran muy libres, etcétera.
Aunque no leí el testamento, yo sabía que había en él un
pasaje extraño, hijo de la inclinación a lo original. El principal
heredero de la generala era, por fortuna, un hombre honrado,
el mariscal de la nobleza de nuestra provincia Eutimio
Petrovitch Polienov. Éste cambió algunas cartas con Fiodor
Pavlovitch, el cual, sin rechazar sus proposiciones
categóricamente, iba alargando el asunto. Viendo que no
conseguiría nada del padre de los niños, Eutimio Petrovitch se
interesó personalmente por ellos y tomó un cariño especial al
menor, que vivió largo tiempo en su casa.
Llamo la atención del lector sobre este punto: los niños
fueron educados por Eutimio Petrovitch, hombre de bondad
nada común, el cual conservó intacto el capital de los niños,
que había ascendido a dos mil rublos a su mayoría de edad,
al acumularse los intereses. Eutimio Petrovitch los educó a
costa suya, lo que le representó un gasto de bastante más de
mil rublos por niño.
No haré un relato detallado de la infancia y la juventud de
los huérfanos: nie limitaré a exponer los detalles más
importantes. El mayor, Iván, fue en su adolescencia un ser
taciturno, reconcentrado, pero en modo alguno timido. Había comprendido que su hermano y él se educaban en casa ajena
y por misericordia, y que tenían por padre un hombre que era
un baldón para ellos. Este muchacho mostró desde su más
tierna infancia (por lo menos, según se cuenta) gran
capacidad para el estudio. A la edad de trece años dejó a la
familia de Eutimio Petrovitch para estudiar en un colegio de
Moscú como pensionista en casa de un famoso pedagogo,
amigo de la infancia de su protector. Más tarde Iván decía que
Eutimio Petrovitch había procedido impulsado por su ardiente
amor al bien y porque opinaba que un adolescente
excepcionalmente dotado debía ser educado por un pedagogo
genial. Pero ni con su educación ni con su protector pudo
contar cuando ingresó en la universidad. Eutimio Petrovitch no
había sabido gestionar el asunto del testamento, y el legado
de la generala no había llegado aún a sus manos, a causa de
las formalidades y dilaciones que pesan sobre estos trámites
en nuestro país. En una palabra, que nuestro estudiante pasó
verdaderos apuros en sus dos primeros años de universidad y
se vio obligado a ganarse el sustento a la vez que estudiaba.
Hay que hacer constar que no intentó en modo alguno
ponerse en relación con su padre. Tal vez procedió así por
orgullo, por desprecio al autor de sus días, o acaso su
clarividencia le dijo que no podía esperar nada de semejante
hombre. Fuera como fuere, el chico no perdió los ánimos y
encontró el modo de ganarse la vida: primero lecciones a
veinte copecs, después artículos de diez líneas sobre escenas
de la calle que publicaba en varios periódicos con el
seudónimo de «Un Testigo Ocular» . Dicen que estos artículos
tuvieron éxito porque eran siempre curiosos y agudos. Así, el
joven reportero demostró su superioridad, tanto en el sentido
práctico como en el intelectual, sobre los incontables estudiantes de ambos sexos, siempre necesitados, que en
Petersburgo y en Moscú asedian incesantemente las
redacciones de los periódicos en demanda de copias y tra-
ducciones del francés.
Una vez introducido en el mundo periodístico, Iván
Fiodorovitch ya no perdió el contacto con él. Durante sus
últimos años de universidad publicó informes sobre obras
especiales y así se dio a conocer en los medios literarios.
Pero sólo cuando hubo terminado sus estudios consiguió
despertar la atención en un amplio círculo de lectores. Al salir
de la universidad, y cuando se disponía a dirigirse al
extranjero con sus dos mil rublos, publicó en un gran periódico
un artículo singular que atrajo la atención incluso de los
profanos. El tema era para él desconocido, ya que había
seguido los cursos de la facultad de ciencias, y el artículo
hablaba de tribunales eclesiásticos, cuestión que entonces se
debatía en todas partes. El autor examinaba algunas
opiniones ajenas y exponía sus puntos de vista personales. Lo
sorprendente del artículo era el tono y el modo de exponer las
conclusiones. El resultado fue que, a la vez que no pocos
«clericales» consideraron al autor como correligionario suyo,
los «laicos», a incluso los ateos, aplaudieron sus ideas. Si
menciono este hecho es porque el eco del artículo llegó a
nuestro famoso monasterio, donde interesaba la cuestión de
los tribunales eclesiásticos y en el cual produjo gran
perplejidad. El hecho de que el autor hubiera nacido en
nuestro pueblo y fuera hijo de «ese Fiodor Pavióvitch»
acrecentó el interés general. Y precisamente entonces apare-
ció el autor en persona.
¿Por qué vino Iván Fiodorovitch a casa de su padre?
Recuerdo que me hice esta pregunta con cierta inquietud. Esta visita fatal, que tuvo tan graves consecuencias, fue para
mí inexplicable durante mucho tiempo. En verdad era
inexplicable que un hombre tan inteligente y a la vez tan
orgulloso y reconcentrado se instalase, a la vista de todos, en
una casa que tan mala fama tenía. Fiodor Pavlovitch no había
pensado nunca en él, y, aunque por nada del mundo habría
dado dinero a nadie, siempre estaba temiendo que sus hijos
se lo reclamaran. Y he aquí que lván Fiodorovitch se instala
en casa de su padre, pasa a su lado un mes, dos meses, y se
entiende con él de maravilla.
No fui yo solo el que se asombró de esta buena armonía.
Piotr Alejandrovitch Miusov, del que ya hemos hablado y que,
aunque tenía su domicilio en París, estaba pasando una
temporada en su propiedad, fue el más sorprendido. Trabó
conocimiento con el joven, con el cual rivalizaba en erudición,
y lo consideró sumamente interesante.
-Es un hombre orgulloso -nos decía-. Se bastará siempre a
sí mismo. Tiene lo suficiente para marcharse al extranjero.
¿Qué demonios hace aquí? No hay duda de que no ha venido
para sacar dinero a su padre, al que, por otra parte, de ningún
modo se lo sacaría. No le gusta beber ni perseguir a las
muchachas. Sin embargo, el viejo ya no puede pasar sin él.
Era verdad: el hijo ejercía una visible influencia sobre su
padre, el cual, a pesar de su carácter caprichoso y obstinado,
le daba la razón muchas veces.
Más adelante se supo que Iván había llegado en parte
para resolver cuestiones de intereses que afectaban a su
hermano mayor, Dmitri, al que había visto por primera vez con
este motivo, pero con el que estaba ya ligado por un
importante asunto, del que hablaremos con todo detalle a su
debido tiempo. Incluso cuando estuve al corriente de ello, seguía viendo en Iván Fiodorovitch un ser enigmático, y en su
estancia entre nosotros un hecho dificil de explicar.
Añadiré que actuaba como árbitro y apaciguador entre su
padre y Mitia, entonces reñidos hasta el extremo de que este
último, Dmitri, había intentado recurrir a la justicia.
Por primera vez se hallaba reunida esta familia, cuyos
miembros no se habían visto jamás. Sólo el menor de los
hermanos, Alexei, se hallaba en la comarca desde hacía ya
un año. No es conveniente hablar de él en este preámbulo, es
decir, antes de que salga a escena en nuestra novela. Sin
embargo, he de decir algunas cosas de este personaje para
aclarar un detalle singular, y es que mi héroe aparece desde
la primera escena con hábito de novicio. Desde hacía un año
habitaba en nuestro monasterio y se preparaba para pasar en
él todo el resto de su vida.
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Los Hermanos Karamazov
No Ficción«LOS HERMANOS KARAMÁZOV supone una síntesis de todas las inquietudes existenciales del autor. La compleja galería de personajes está presidida por Fiódor Karamázov, el padre, ruin, hipócrita, avaro, cínico y libertino, y por sus descendientes: Dmitr...
