CAPITULO IV

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UNA DAMA DE POCA FE

Durante esta conversación con las mujeres del pueblo, la dama que esperaba en la habitación de la galería derramaba dulces lágrimas que enjugaba con su pañuelo. Era una mujer de mundo, muy sensible y con inclinaciones virtuosas. Cuando el starets le habló al fin, se desbordó el entusiasmo de la dama:

-¡Cómo me ha impresionado esta conmovedora escena!

La emoción le cortó el habla, pero en seguida pudo continuar:

-Comprendo que el pueblo le adore. Yo también amo al pue- blo. ¿Cómo no amar a nuestro excelente pueblo ruso, tan ingenuo en su grandeza?

-¿Cómo está su hija? Usted ha enviado a decirme que quería verme.

-Sí, lo he pedido con insistencia lo he implorado. Estaba dis-, puesta a permanecer tres días de rodillas ante sus ventanas para que usted me recibiera. Hemos venido a expresarle nuestro entusiasta agradecimiento. Pues usted curó a Lise el jueves, la curó por completo, orando ante ella y aplicándole las manos. Anhelábamos besarlas y testimoniarle nuestra gratitud y nuestra veneración.

-¿Dice usted que la he curado? ¡Pero si está todavía en su sillón!

-La fiebre nocturna ha desaparecido por completo desde hace dos días, desde el jueves -repuso la dama con nervioso apresura- miento-. Y esto no es todo: sus piernas se han fortalecido, sus ojos brillan, y mire usted el color de su cara. Antes lloraba sin ce- sar; ahora está contenta y se rie a cada moménto. Hoy ha pedido que la pusiéramos de pie y se ha sostenido un minuto sola, sin ninguna clase de apoyo. Ha apostado conmigo a que dentro de quince días baila un rigodón. He llamado al doctor Herzenstube y se ha quedado perplejo. «Es sorprendente; no te comprendo en absoluto», ha dicho. ¿Cómo no íbamos a venir a molestarlo?

¿Cómo no hablamos de apresurarnos a venir a darle las gracias? Lise, da las gracias.

La carita de Lise se puso sería repentinamente. La enferma se levantó de su sillón tanto como pudo y, mirando al starets, enlazó las manos. De pronto y sin poder contenerse se echó a reir.

-Me río de ese joven -dijo señalando a Aliocha.

Las mejillas de Aliocha, que estaba de pie detrás del starets, se cubrieron de un súbito rubor. El joven bajó los ojos, que habían brillado intensa a instantáneamente.

-Tiene un encargo para usted, Alexei Fiodorovitch -dijo la madre a Aliocha. Y le tendió la mano, elegantemente enguanta- da-. ¿Cómo está usted?

El starets se volvío y fijó su mirada en Aliocha. El joven se acercó a Lise sonriendo torpemente. Lise volvió a ponerse sería.

-Catalina Ivanovna me ha rogado que le entregue esto -dijo ofreciéndole una carta-. Le ruega que vaya a verla lo antes posible y sin falta.

-¿Me ruega que vaya a verla? ¿Para qué? -preguntó Aliocha, profundamente asombrado y con un gesto de preocupación.

-Se trata de algo relacionado con Dmitri Fiodorovitch y... con todos esos asuntos que ahora llevan ustedes entre manos -dijo apresuradamente la madre-. Catalina Ivanovna ha encontrado una solución, mas, para ponerla en práctica, necesita verle imprescindiblemente. ¿Por qué? Lo ignoro. El caso es que le ruega que vaya a verla lo antes posible. Y espero que usted no dejará de ir: sus convicciones cristianas se lo impiden.

-Sólo he visto a Catalina Ivanovna una vez -dijo Aliocha, todavía perplejo.

Los Hermanos KaramazovDonde viven las historias. Descúbrelo ahora