Su piel traslúcida hacía la ilusión de brillar en la oscuridad, el sol se le acurrucaba en el hueco de las clavículas, estaba yo ahí viendo su lenta metarmofosis y descenso hacia lo inimaginable, lo metafísico, ese recoveco de la mente que se explica con el simple silencio y la duda.
Tomaba el cigarrilo con los labios mientras buscaba el encendedor entre las sábanas blancas, empapadas de sudor. El frío tan inusual del cuarto se me hacía extraño y a la vez reconfortante, Él sonrió al ver mi cara pensativa y lentamente dio una bocanada profunda al cigarrillo, lo dejó un rato para que llegara a sus pulmones y lo expulsó dejando un vaho de tabaco encerrado en ese pequeño cuarto de apartamento, lo miré por un segundo y pensé si Él era real, su figura era más placentera que leer una obra de Faulkner, quizá tan hermosa y engañosa como la droga. Su cama me olía ese sexo tan hermosamente ajeno, a su cuerpo tan melodioso que poco a poco se desmoronaba hasta dejarme ver su alma, hasta que al día siguiente sólo nos quedan las migajas, los rastros de fluídos y salivas que no fuimos capar de tragar.
Me deja lamerle el cuello mientras con sus piernas encierra mis caderas, esos rizos tan irregulares le hacen cosquillas a mis mejillas y su piel caliente choca con mis labios mientras dejo un rosario de besos por todo su cuello hasta llegar a sus hombros, me dejaba acariciarle los muslos de porcelana, pálidos y hermosos. Esos ojos verdes se entrecerraban y esa sucia y delicada boca soltaba suspiros, no supe entender cuanto tiempo duramos en esa posición, pero lo que sí se es que sentí su cuerpo vibrar con el mío a unísono como la mayor sinfonía, sus delicadas manos recorrerme la espalda y descubrí lo pequeño que puede ser el mundo, lo pequeño que eramos en ese apartamento y en ese mundo tan irregular y jodido. Lo pequeños que éramos en esta esfera compuesta por química y sólo así me dí cuenta que sentirme insignificante con él era igual a ser el dueño de todo lo que se puede ver a mil metros de altura, supe que con él me sentía en ese cielo tan natural e inexplicable que muy pronto me haría caer. Tas, tas, tas, hasta tocar tierra y tener un golpe de realidad, un golpe de realidad con él, aunque yo pensara en una burbuja de aire compacto.
-Se me van a acabar los cigarrillos.- comentó con su cabeza recostada en mi hombro.
-Pues compra más.
-No tengo para comprar más.
-Yo te los compro.
-No quiero que me compres los cigarrillos.
-Pues entonces no fumés más.
Se quedó mirando al techo un rato, tarareando una canción que escuchamos hace mucho tiempo en un bar y después me besó con la secreta intención de quitar los pensamientos de mi cabeza.
-No quiero dejar de fumar, pero no entiendo porqué tenés que comprar algo que no vas a fumar ¿Sí? vos no fumás pero yo sí, no perdás tiempo comprando algo que no vas a tragar.
-Si vos querés fumar, yo te compro los cigarrillos, por el simple hecho de que los querés fumar.
Titubeó, pero después no dijo nada. Agachó la cabeza y miró sus muñecas que estaban todavía enrojecidas e irritadas, quizá supe entender que a veces no todos somos fuertes, y su perfección era también lo que lo destruiría poco a poco, como un espejo que se rompe en pedazos y esos pedazos se pulverizan hasta crear la arena del que provienen, así lo veía, frágil, muy frágil.
-No sé que mierdas viste vos en mí.- dice casi llorando.
-Yo tampoco, eso es lo que me hace pensar todos los días y preguntarme si vos sos real, juro por todas las fuerzas que reinan este mundo que si yo tratara de buscar a alguien igual que tú moriría loco.
-Morirse loco suena muy bien.
-No me imagino morirme loco sin vos.
El ambiente se tensó y lo único que sentí fueron sus energías conectarse con las mías, y ese tipo de conexión no se consigue si no es tratando encontrar las piezas de un rompecabezas que se han perdido en un jardín, armarlas y esperar... Esperar a que estas traten de parecerse a algo, pero esta empresa será más dura que entender en totalidad la obra completa de Cortázar, más dura que encontrar Macondo... Pero yo trataría de esperar hasta que para mí sean lógicas, o por lo menos, perceptibles.
-Trataría de matarme más seguido para que después vinieras vos a follarme.
-Si no te conociera pensaría que a vos sólo te importa el sexo, no te atrevás de decir eso nunca.
-Pero yo sé que si me voy vos me vas a olvidar, como se olvida lo que se desayunó hace una semana o como se olvidan las facturas del supermercado, así de efimero voy a ser para vos, así yo te quiera tanto tanto, se que me vas a dejar morir en tu recuerdo.
Me callé, no podía organizar lo que quería responderle, entre tantos argumentos lo único lógico que se me ocurrió fue besarlo, pasarle mi lengua caliente por su cavidad bucal para que callara esos pensamientos, quedarme con su boca un rato, sentir sus dientes morderme la lengua y los labios, preferí mil y un veces tenerlo tan adentro y hacerlo sentir que era en serio, en serio que se me había tatuado en el tuétano y que ahora no volvería a ver atrás, ni siquiera me atrevería a descansar.
-Entendé algo, el día que yo me olvide de vos será el día en el que se me olvide mi puto nombre y se me olvide quién soy ¿Comprendés? yo sin vos no valgo un puto céntimo.
Y soltó unas lagrimitas que parecían vidriales, y lo abracé y le susurré al oído "No te me vayás nunca".
Él me sonrió, y al final lo besé con la esperanza de tenerlo con vida hasta que los dos nos muriésemos locos.
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La telaraña.
No FicciónPequeñas historias, que se desglosan poco a poco, hablan de mí, de ese sentimiento escondido, como retazos de un mantel, no se correlacionan, sólo están para dejarlas ahí, intactas.