Parrot's Beak

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El sol se había ocultado un poco, la tarde había llegado y ya no había tanta luz por los alrededores.

Terminó en Parrot's Beak, abriendo la puerta de vidrio y observando cómo los demás jóvenes comían nachos y bebían cerveza.

Caminó entre las mesas y algunos sillones blancos, hasta encontrar un lugar para sentarse.
Nadie se daba cuenta de Alexander, y si lo hacían, no le daban mucha importancia.

Se detuvo en cuanto encontró la mesa que buscaba. En ella, tallada sobre la madera, se podía leer “A y V”.
Tiempo atrás, Vienna había tallado con un cuchillo sus iniciales enlazadas.
No era algo que solía hacer, nunca había sido una chica destructora, pero en esa noche Vienna había bebido de más y apenas entrando en una borrachera, tomó el cuchillo con el que cortaba su pizza y grabó las letras en la mesa.

Alexander le había dicho que eso no estaba bien, aunque en el fondo le había gustado, pero Vienna reía sin parar producto del alcohol, tomó su mano y ambos corrieron de ahí.

La mesa seguía allí, nadie se había percatado de aquél detalle.

Vienna hacía ese tipo de locuras algunas veces, el alcohol siempre había sido su enemigo y lo fue hasta el último día que la vio.

Unos disturbios lo trajeron de vuelta al presente, unos metros más allá una chica discutía con un hombre de seguridad del lugar.

Ella fumaba un cigarrillo dentro del local, al parecer el guardia la estaba sacando a la terraza, ya que el humo bajo techo era un problema.

La chica lucía rebelde, les costó sacarla afuera, donde finalmente encendió otro cigarro.
Su cabello estaba enmarañado y traía sus uñas pintadas de negro.

Alexander se acercó despacio hasta salir completamente a la terraza.

—¿Qué haces chico? —preguntó ella al verlo mirarla curioso.

—Nada, me recuerdas a alguien.

—¿En serio hay alguien tan desastroso como yo?

—En el buen sentido —contestó Alexander sentándose cerca del barandal.

—¿Quieres? — le preguntó la chica ofreciéndole una petaca plateada que había sacado de su bolso.

—Aquí también venden alcohol —dijo él extrañado de que aquella chica trajera consigo su propio alcohol.

—La bebida aquí apesta, es para débiles. Esto es alcohol de verdad —señaló la petaca y acto seguido le dio un trago.

Puso una mueca rara a medida que el líquido bajaba por su garganta y luego se la extendió a Alexander.
Él bebió un poco, era whisky puro, por lo que solo fueron unos pequeños sorbos. Se sorprendió de que ella pudiera retener algo tan fuerte, o más bien, su estómago.

Lo mantuvo intrigado todo el tiempo que estuvieron frente a frente.
Ya se habían presentado al cabo de unas horas, su nombre era Miranda, y ocultaba más secretos detrás de su mirada que el mismísimo FBI.

Ambos se reían a carcajadas, al parecer las tonterías que decía el otro era lo más gracioso del mundo.
Ella se sacó el cigarrillo y lo puso en la boca de Alexander, quién le dio una larga calada. Hace mucho que no lo hacía.

Miranda sacó un marcador negro que tenía en su bolso, tomó el brazo de él y escribió “Miranda y Alexander

—Descuida, no es permanente.

—¿Lo harás aquí? —dijo él señalando la superficie de la mesa.

—Mmm de acuerdo.

Alexander la observaba trazar las letras sobre la madera, sin embargo se encontró a sí mismo decepcionado al ver una “M” en lugar de una “V” acompañando su inicial.

—Eres divertido —dijo ella —. Pero ya me tengo que ir.

—¿Por qué? Quédate más tiempo.

—No vas a conseguir más que esto de mí. Estoy más rota y perdida que tú.

—¿De qué hablas? ¡Vienna! — dijo deteniéndola.

—Ahí está, ¿lo ves? No soy esa persona que buscas —se acercó y le dio un beso en la mejilla —. Suerte.

Y así, Miranda salió de la terraza mostrándole al guardia que no tenía más cigarros, dejando a Alexander solo, sintiendo como su brillo labial picaba en su mejilla.

El Centro de Sheffield ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora