Narrado por Melanie
No podía dormir.
Por enésima vez, miré al reloj. Solo había pasado un minuto desde la última vez que lo había visto.
Tenía el estómago revuelto desde que ese hombre intentó aprovecharse de mí. Por más que intentaba olvidar el incidente, este volvía a mis pensamientos con el solo propósito de inquietarme. Quería vomitar, pero al mismo tiempo quería cerrar los ojos y descansar. Siendo honesta, no creía tener la fuerza suficiente para levantarme de la cama.
Miré al techo por lo que se sintieron horas y durante ese tiempo, recordé mis años de universidad. ¿Me arrepentía de no haber sido más sociable? Sí, lo hacía. Tal vez si fuera más desenvuelta, supiera como defenderme. Pero no, desgraciadamente me daba miedo hasta pedir comida por el teléfono.
Yo no era Summer Clarkson.
Yo no tenía a nadie que me ayudara a salir de mi caparazón.
Una lagrima bajo por mi mejilla y por fin logré conciliar el sueño.
En cuanto desperté, cerca de las nueve de la mañana, me puse a limpiar todo mi apartamento. Estaba decidía a tener una mañana productiva y a olvidar los eventos del día anterior. Lavé todos los platos que se habían acumulado desde el viernes, acomodé mi habitación y aspiré todas las alfombras. Una vez que terminé, opté por hacerme un omelette con champiñones y un café con leche. Normalmente solo desayunaba cereal, pero hoy me sentía más inspirada —y hambrienta— que nunca. Que mejor manera de olvidar los problemas que limpiando y comiendo.
No era la mejor cocinera del mundo, pero estaba orgullosa de decir que había ganado varios premios por mi comida en la preparatoria. Había aprendido todo de mi madre, quien era en verdad la mejor cocinera que conocía. Todas las personas que probaban su comida terminaban enamoradas y con ganas de más. Cabe recalcar que, cuando no estaba recorriendo el país con su esposo, trabajaba como chef en uno de los restaurantes más exitosos de Portland, Oregón.
El único libro de recetas que tenía fue escrito por ella y era una de mis posesiones más preciadas.
Eran las once de la mañana cuando me desocupé completamente. Ya había limpiado todo lo que había por limpiar, desayunado y bañado. También, aunque normalmente no solía hacerlo los domingos, me maquillé un poco. Opté por dejar mi cabello café en una trenza y sin pensarlo dos veces, tomé mis llaves y salí.
No era de las personas que actuaban por impulso, pero esta vez la situación lo ameritaba. Si pensaba mucho en el asunto, cambiaria de opinión.
Caminé sin detenerme hasta llegar a la librería, la librería a la que entró el chico la noche pasada.
Respiré hondo e intenté tranquilizar mis nervios.
Tu puedes Melanie, solo es un chico. Le darás las gracias nuevamente y te iras.
Quería agradecerle nuevamente al hombre que me había salvado la noche anterior y que más que la verdad, la intriga por ver su rostro me estaba carcomiendo. Solo había logrado ver una pequeña parte y me moría de ganas por el ver el resto. Sabía que tenía el cabello café oscuro y un cuerpo que cualquier jugador de futbol americano envidiaría. Pero ¿Qué había del resto?
Me sentía avergonzada por ser tan superficial, pero era una mujer virgen de veintidós años y ya estaba cansada de esperar por mi príncipe azul.
Ahora era mi turno de buscarlo.
Acomodando mi trenza por una última vez, entré a la tienda. Lo primero que noté fue el olor a libros viejos, un olor que me encantaba. Lo segundo, fue a una atractiva mujer rubia que se encontraba detrás del mostrador. En cuanto me vio, sonrió de oreja a oreja y me dio la bienvenida.
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Catarsis
RomanceUn accidente lo dejo desfigurado. Su rostro, el cual alguna vez fue admirado por ser extremadamente bello, ahora era causante de pesadillas. Su cuerpo, el cual alguna vez fue tanto envidiado como deseado, no era más que cicatrices. Su corazón, el...