Capítulo 4: Flores

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Aspiró el aroma de su té contemplando con una sonrisa a su marido. Pasaba poco tiempo en casa por el trabajo, pero aún se tomaba la molestia de ir a casa de vez en cuando a pasar tiempo con ella. Posiblemente no se apreciara el esfuerzo que hacía, pues aun tomando de su té en el comedor, frente a frente con ella, la mesa era decorada por toda esa montaña de papeles desparramados, papeles que él debía revisar en el trabajo, pero que había decidido llevarse a casa para poder pasar más tiempo con ella y con sus hijos.

La mujer suspiró mirando el reloj, para un día que su marido había llegado mucho más pronto ninguno de sus hijos aparecía y no sabía qué estarían haciendo porque si no recordaba mal en el instituto de Sesshomaru se preparaban para el festival cultural y con lo que él lo odiaba ni por asomo se quedaría a ayudar con nada, en cuanto a Inuyasha, seguramente se había quedado a jugar con Kagome y Rin en casa de la chica.

Volvió a suspirar centrando su mirada en la entrada, como siempre no podían simplemente relajarse como una familia normal, aunque desearía que se comportaran como una familia normal de vez en cuando.

Y como si su deseo se hubiera hecho realidad vio por la ventana a sus hijos caminar hacia la puerta de entrada, juntos. Sesshomaru estaba callado, con Rin agarrada a su mano, como siempre, la diferencia era que Kagome e Inuyasha estaban con ellos y Rin parecía mover la boca mientras miraba a Inuyasha, casi como si estuviera hablando con él.

Se atragantó con su té y empezó a toser bajo la atenta mirada de su esposo, quien la miraba preocupado. No pudo hablar, por la impresión, solo señalar lo que sus ojos veían tras el cristal de la ventana.

Toga se giró, mirando el lugar que su anonadada esposa señalaba con el dedo, quedándose él también en otro estado de completo shock mientras su esposa salía corriendo en busca de la anciana Kaede.

No podía creer lo que veían sus ojos, sus hijos estaban juntos, a pocos metros de distancia sin discutir, caminando hacia casa después de clase. Jamás había visto eso, Inuyasha y Sesshomaru siempre acababan discutiendo y casi no se toleraban, desde el principio de los tiempos, pero algo estaba empezando a cambiar, algo que tenía que ver con esa pequeña niña que parecía abrirse camino a cañonazos en el frio corazón de su hijo. Definitivamente no podían dejar que Kaede la alejara de allí, sabían que la ama de llaves quería que su estancia en ese lugar fuera temporal, pero que Rin se fuera volvería a sumir a su hijo mayor en la misma dinámica anterior, la frialdad, el desdén, la ira... Esa niña debía quedarse.

Observó cómo lo niños entraban en la casa y cómo la anciana Kaede se abrazaba a Rin al oírla de nuevo llamarla "abuelita". Su esposa y Kagome estaban llorando al igual que Kaede después de tanto tiempo de silencio, mientras Inuyasha sonreía y Sesshomaru parecía observarlas sin ningún cambio, pero trece años de criar a su hijo le habían enseñado que los cambios de Sesshomaru se veían en la expresión de sus ojos, que en lugar de mostrar la rudeza que mostraban siempre le parecía que tenían una expresión cuanto menos relajada y pacífica.

Los días empezaron a pasar rápidamente, y la nueva dinámica empezó a funcionar en la casa de los Taisho. Rin había empezado a hablar, sí, pero por los codos. De no hablar absolutamente nada la pequeña niña había pasado a no callarse ni debajo del agua, cosa que a veces abrumaba a Sesshomaru, quien había empezado a preferir las miradas silenciosas y el acoso de la niña en su rincón especial antes que su incesante parloteo.

Sesshomaru siempre había sido un chico parco en palabras, que no hablaba a no ser que fuera absolutamente necesario dejar claro su punto, pero Rin era el contrario, desde que lo veía hasta que se acostaba empezaba a hablar sin parar, a veces Sesshomaru se preguntaba si le daba tiempo a respirar, pero como todo en la vida, se acostumbró, y hubo un momento en el que simplemente el que Rin le contara su día se convirtió en algo que lo relajaba bastante, algo más de su nueva rutina.

El día que llegaste a míWhere stories live. Discover now