Pudimos entendernos a través de las miradas y los discretos movimientos. No planeamos nada; lo dejamos todo en manos del destino.
Fingimos una despedida, nos pusimos de pie y nos abrazamos como si esta fuese la última vez que nos veríamos. Del otro lado de la puerta de cristal opaco nadie notaba nada más que nuestras siluetas desenfocadas.
Al final, luego de separarnos, di media vuelta y me acerqué a la puerta. Repasé el código una y otra vez. Matt permaneció en su lugar y observó con cuidado.
Podía escuchar el latir de mi corazón, acelerado de nervios. Mis respiraciones se volvieron rápidas pero silenciosas, el sudor comenzó a salir de los poros de mi cara. Antes de dar marcha al plan, cerré los ojos y suspiré.
«Que pase lo que tenga que pasar».
Tecleé el código con los dedos temblorosos. El pequeño foco de arriba se iluminó de verde, notificándome que ya podía salir. Apoyé una mano y empujé con lentitud.
Fue entonces cuando Matthew corrió hacia donde yo estaba. Pasó una mano por encima de mi hombro y abrió la puerta para que los dos saliéramos al mismo tiempo. Me empujó con su cuerpo para que avanzara más rápido y, una vez que me rebasó por varios centímetros, me tomó por la muñeca.
Comenzamos a correr.
La recepcionista encendió una alarma para avisar a todo el personal sobre nuestra huida. Algunos visitantes nos observaron con asombro y un par de guardias y enfermeros fueron tras nosotros de inmediato. Vi a mi padre levantándose de su asiento para perseguirme también, tan molesto como sorprendido.
Matthew empujó la puerta de salida con tal agresividad, que por un segundo creí que el cristal se nos rompería encima. Por fortuna salimos ilesos y directo a la calle, agitados por el viento del verano e iluminados por el cielo gris.
Me obligó a seguirle el ritmo, que no era para nada lento. La adrenalina no me permitió pensar en lo mucho que odiaba el ejercicio, ya que solo tenía una palabra en la cabeza: huir. Y eso era lo que estábamos haciendo.
Las personas que caminaban cerca observaron con curiosidad cómo nos alejábamos y nos perdíamos entre el resto de la gente. Algunos se hacían a un lado, otros nos gritaban que fuéramos cuidadosos. Los reclamos eran entendibles porque Matthew les chocaba sin cuidado o los hacía a un lado como podía.
Movimos la cabeza en todas direcciones, buscando algún rostro familiar. Nos tranquilizamos al saber que nadie nos pisaba los talones como creíamos.
—Maldición —musitó unos segundos después—. No puedo quitármela.
Alzó la pulsera plástica que le rodeaba la muñeca. En pleno siglo XXI ya no era sorprendente que las cosas importantes contaran con algún tipo de localizador. Maldije con él, ya que no podíamos detenernos para quitársela.
—Al metro —indicó—. Quizás ahí no podrán rastrearnos.
No nos tomó mucho tiempo llegar, quizás diez minutos en los que creí que vomitaría por la mezcla de energía y agotamiento. La cabeza me palpitaba, sudaba mucho y estaba un poco mareado. Matthew lo notó cuando miró a su espalda.
—Ya estamos aquí, Carven, aguanta. —Y apretó mi mano con un poco más de fuerza.
Parecía que me arrastraba con él, que era una carga molesta. Ya no aguantaba las piernas ni la cabeza; los pulmones me quemaban al respirar. Sin dejar de vigilar el camino, Matt me condujo hacia las escaleras que daban al subterráneo. Las bajamos con un poco más de lentitud porque los mareos podían hacerme caer.
Poco a poco nos adentramos en un océano humano escalofriante, pues era viernes a plena hora punta. Me acordé de mi primer mal sueño sobre el mar, de cómo el agua se elevaba y me ahogaba mientras Matthew desaparecía. Estar bajo tierra, rodeado de centenares de personas, se asemejó mucho a aquella pesadilla.
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El final que deseo [COMPLETA]
Ficção GeralCarven creyó que pasar la audición de la obra más importante del instituto sería su reto más grande, hasta que conoció a Matthew y se enamoró de él. * * * Carven y Matthew han sido elegidos para ser protagonis...
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