Un arma y un amor. Parte 3

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Miro a través del ventanal donde alcanzo a ver algunos reclusos en el patio. Juegan a la pelota, toman mate, sonríen y se hacen bromas. No son conscientes de donde están, o tal vez sí y están fingiendo. Fingen que ríen y que se divierten, fingen que el día está lindo, le agradecen el mate al compañero sabiendo que, si se descuidan, ese mismo le puede clavar un puñal por la espalda. Luego lo pienso; en el mundo ahí afuera también es un poco así. Tal vez no lleguemos a tener de compañero de habitación a un asesino múltiple, o si, nunca se sabe, pero con certeza, nunca llegamos a conocer a las personas en su totalidad. Siempre tenemos esta idea de que alguien es así, pero solo es eso: una idea. Miramos a nuestros amigos, a nuestros hermanos, a nuestros padres, y no los conocemos en absoluto. Lo pensamientos más ocultos, los deseos reprimidos, los sueños que no contamos a nadie van a morir con nosotros.

Así como la madre de Robledo Puch le preparó la cena a su hijo cada noche, ignorando que unas horas atrás ese mismo chico le había volado la cabeza a un pobre hombre por un par de miles de mangos. Le deseó las buenas noches y le dio un beso en la frente. Su hijo. Asesino, ladrón, criminal, pero su hijo. Nunca lo conoció, o sí, pero fingía. Todos fingimos. Como yo ahora, que finjo que no pasa nada cuando Robledo me pregunta si estoy bien.

—Estaba pensando. —le digo y me obligo a mirarlo. —¿Cómo eras de chico?

Mi pregunta parece tomarlo con la guardia baja. Levanta las cejas y medita su respuesta.

—Era bastante petizo. —suelta.

Me río ligeramente. Es evidente que entendió mi pregunta, pero la evitó como un profesional.

—¿Y la relación con tu mamá? ¿Sobre eso te puedo preguntar?

Se encoge de hombros.

—No importa. —me retracto. —seguí contándome. Entonces, descubriste las tres debilidades de Ramón: su sensibilidad, sus padres y su miedo a ser encarcelado. ¿Qué pasó luego de eso?


No podíamos parar de robar.

Ni siquiera era por el dinero. Era por la sensación. Ese subidón de adrenalina en el estómago, la piel que se te eriza por completo cuando entras en un lugar en el que se supone que no debés entrar, esas cosas son las que te recuerdan que estas vivo. Ese amor titánico por la vida que nos nace cuando sabemos que estamos en peligro. Es paradójico, sí, algo torpe, pero es real. Como cuando tenés una pesadilla, pero entonces te despertás, estás en tu cama, tus padres duermen en la habitación de al lado y el mundo sigue siendo el mismo. Estás vivo y es hermoso. Dura poco, pero esos son los instantes que valen la pena. Como esa noche, luego de que desvalijáramos una joyería en el centro. Me recosté en una cama de una pensión barata, rodeado de collares de oro macizo y aros de perla. El anillo que se balanceaba en mis dedos valía más que el edificio entero. Pero no importaba el botín por el botín en sí, importaba porque era la prueba física de que hacía unas horas atrás habíamos estado vivos.

Ramón salió del baño rodeado de un vapor espeso y cayó rendido en la cama. Cerró los ojos mientras su pecho aún mojado por la ducha subía y bajaba, cada vez con más lentitud: se estaba quedando dormido. Lo miré mientras lo hacía, incluso cuando me decía a mí mismo que no debía. Pero no pude, era absurdo tratar de luchar contra ese impulso que me brotaba desde lo más profundo de mi ser. Quería patear ese pensamiento. Quería alejarlo, pero regresaba y cada vez con más fuerza. Nunca me había pasado, era absurdo. No. No era absurdo. Era amor.

"¿Estás dormido?" murmuré.

No respondió. Era evidente que no me estaba escuchando, estaba completamente inconsciente. Suspiré y me dejé llevar.

EL ÁNGEL (oneshots)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora