El túnel.

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La ciudad duerme. A nuestro alrededor, la noche nos espía con sus ojos negros como el alquitrán. El auto acelera por la calle desolada y silenciosa, una imagen digna del escenario post-apocalíptico más desalentador. Pero a diferencia de algunas personas, a mí me gusta la soledad. Hay cierto encanto en las callecitas vacías del nocturno Buenos Aires.

Podría llegar a ser hasta poético.

Cuando todos duermen el mundo es un poco más tuyo. La gente subestima el poder de la noche y la magia que ésta puede llegar a tener. La gente subestima muchas cosas.

Piso el acelerador. El auto ruge y se hunde dentro del túnel. A mi lado, Ramón duerme. Tiene los brazos cruzados y la boca entreabierta. Arriba, los alumbrados parecieran danzar al ritmo de la canción que suena en la radio; una voz femenina y desconocida que habla sobre el amor.

Cierro los ojos un momento.

Sé que está mal, no debería cerrar los ojos cuando estoy manejando un auto a cien kilómetros por hora, pero la canción me pide que cierre los ojos y le obedezco. Sus palabras se me clavan en la cabeza y hacen un desastre. No debería ser así, no debería afectarme tanto.

Cuando vuelvo a abrirlos, creo que tengo un momento de claridad. Como si, de repente, entendiese todo. Al mundo y a mí mismo. Pero ese fugaz momento se me escapa de los dedos como si fuese el agua.

Miro a Ramón nuevamente. Sigue durmiendo, ajeno al mundo. Sé que Ramón confía en mí. Lo hace porque eso es lo que hacen los cómplices; nos confiamos la vida el uno al otro. Existe cierta inocencia en la expresión cuando se la dice a la ligera, como si no significara nada. Cómplices.

Se me vienen a la cabeza todas las veces en la que la vida de Ramón estuvo en mis manos. Todas esas veces en las que, si hubiese querido, podría haberlo echado todo a perder, pero no lo hice. ¿Por qué no lo hice? Bueno, principalmente porque la palabra cómplice también implica que todo lo que hagamos nos incluye a los dos. Pero más allá del significado estricto de la palabra, la verdad es que me importa lo que pueda pasarle a Ramón.

Todas esas veces en las que su vida estuvo en mis manos, la cuidé como si fuese la mía. Más allá de la pura reputación de "buen" cómplice y mucho más allá de la simple bondad humana.

Cuidaba la vida de Ramón porque me importaba la vida de Ramón.

Pero ahora que lo pienso bien, no sé si mi importa tanto. No es que ya no lo quiera, o como si me hubiese hecho algo tan lamentable y doloroso que destruyó por completo mi estimo hacia él. No. No me importa porque ya no creo que él necesite que me importe.

Ya no somos cómplices.

Ramón ya no me confía más su vida. Tiene a otro que se encarga de eso.

No estoy enojado. Tampoco estoy sorprendido. Sabía que esto iba a pasar en algún momento. Esta es una de esas cosas que sabemos que van a ocurrir, pero aun así caminamos directamente hacia ellas. Tal vez sea un instinto humano. Tal vez sea que las personas somos así, tercas y testarudas, como cuando somos chiquitos y nuestra mamá nos dice que no nos subamos a la mesa porque nos vamos a caer y no le hacemos caso. Quizás queremos verlo por nosotros mismos que va a pasar eso que ella dice que va a pasar. Entonces nos caemos, y lloramos, y pataleamos. Ya lo sabíamos. Lloramos igual. Porque nos duele. Nos duele incluso cuando ya sabíamos que nos iba a doler. No podemos cambiarlo. No podemos cambiar eso que somos. Tercos. Irremediables. Humanos.

Vuelvo a mirar a Ramón.

Pienso en la primera vez que nos vimos, cuando me miró y podría jurar que ya sabía que esto iba a terminar así, pero, de todas maneras, me sonrió. Me invitó a su casa y me presentó a su familia. Me confió su vida, sabiendo que al final del día esto no iba a terminar bien. A Ramón no le importó y a mí tampoco. Nos divertimos igual, fuimos dueños del mundo por un rato, con la noche de testigo mientras el resto dormía, ajeno e inocente como ahora duerme él.

No me quejo, no creo que Ramón tampoco lo haga. Por un instante me nace la idea de despertarlo y preguntarle: "¿Te importa?" pero después digo: "No. Vos ya sabias que esto iba a terminar así."

Entonces acelero. Las luces del túnel ahora parecen serpientes brillantes arrastrándose por el cielo. Ramón sigue durmiendo, inmutable. La inocencia de su estado somnoliento me hace flaquear, pero no me lo permito. Me muerdo el labio y piso el pedal más fuerte.

No existe la voluntad. Somos esclavos de eso. Nadie es dueño de lo que hace porque nadie es dueño de lo que siente, así como Ramón no pudo cambiar haberme sonreído el día en que nos conocimos, yo no puedo cambiar el ahora.

Un auto me hace luces desde enfrente. Se aproxima a una velocidad abismal, casi como si lo estuviera haciendo apropósito. Como si él también lo supiese.

La canción en la radio ahora es otra. Una voz masculina murmura "con los ojos cerrados me ves mejor."

La obedezco. Cierro los ojos.

Un bocinazo.

Un volantazo.

En ese momento, vuelvo a entenderlo todo.

Sé que va a ser solo un instante de lucidez, pero no me importa. Lo abrazo. Lo acepto. Así como acepté ser el cómplice de Ramón y él acepto ser el mío, incluso sabiendo que eso nos iba a arruinar la vida a los dos. No importó en ese momento y tampoco importa ahora. Seguimos, aún sabiendo que nos vamos a caer. Que vamos a llorar. Que va a doler. Seguimos. Nadie nos puede parar. Ni el mundo, ni Dios, ni la luz cegadora a final de el túnel. 



EL ÁNGEL (oneshots)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora