Bajé al salón y me encontré con Álvaro cocinando lo que significaba que iba a venir alguien o le había pasado algo buenísimo.
-Celebramos algo?—le pregunté soltando una risa contenida, la estampa de mi hermano cocinando era lo mejor.
-No, pero van a venir los primos a comer porque los tíos se han ido a Madrid a no sé qué, ya sabemos no hago mucho caso a Sam cuando se pone pesado—empezamos a reír, es verdad Sam suele ser un poco pesado cuando viene a casa para comer lo que el niño quiera.
-Esta vez qué ha exigido?—seguimos riendo y ya calmados:
-Macarrones—no puede ser—se va a repetir tete, y no queremos un cólico de aúpa por mis macarrones como hace dos años.
-No queremos, no—volvimos a reírnos.
Hace dos años nos quedamos los cuatro solos y mi primo empeñado en comer macarrones, mi hermano hasta la coronilla de él y mi prima y yo tirados en el sofá riéndonos de la absurda discusión.
Antes de acabar la comida timbraron y fui a abrirles.
Comimos entre risas y acabamos en los sofás repartidos, tumbados y charlando de cualquier cosa.
Eran las 16 cuando se fueron quedando dormidos Álvaro y María.
Me quiero subir al estudio y Sam está a punto de dormirse. Me levanté y me miró, le hice señales para ver si se venía al estudio y asintió ilusionado. Nos subimos.
Me senté y empecé a cantar canciones, mi primo sentado en la alfombra que cubría toda la sala.
-Has compuesto algo alguna vez?—asentí algo vergonzoso y él se recompuso subiendo a la butaquita conmigo—puedes cántarmelo?—puso cara de pena y accedí.
-Solo tengo un trozo—se encogió de hombros.
Empecé a tocar y él no quitaba la mirada de mis manos deslizándose por las teclas del piano que en tantos momentos me acompañó.
No puedo más
No no no no
Si no dejas de mentir
No no no no
Sacas lo peor de mí ahí
Ahí dándotelo todo
Ahí hasta perderlo todo
Ahí, ahí, ahí
Sentía como me miraba con la misma cara de siempre cuando cantaba: orgulloso, sonriente y con los ojos iluminados; no he enseñado la canción a nadie pero que él sea el primero y reaccione así me alegra tantísimo.
-Me encanta, de verdad—me abrazó y pasamos así un rato—bueno, cántame algo más, anda—asentí.
Le canté más canciones entre otras Take me to church, born this way, tu refugio y otras tantas de Pablo Alborán.
Fue su móvil, más concretamente Albert, quien nos sacó del bucle de Alborán para adentrarnos en una entretenida y amena conversación telefónica.
Pasada, la que para mí fue una hora sonó mi móvil, aunque me costó encontrarlo tirado por la cama pude ver que no había pasado una hora, sino dos y eran las 18.
-Me tengo que ir a casa de Ago—una sonrisa traicionera apareció en mi cara.
-Vale—se levantó aún hablando de Albert para salir juntos de la sala.
-Puedes quedarte en mi habitación o en la habitación donde está la play y tal para no despertarles—asentió y me abrazó a modo de despedida.
Agarré el móvil y las llaves para salir fuera donde volvía a azotar el frío de principios de octubre.
