Quizá la vigorosa sesión de sexo me había provocado problemas auditivos o las pastillas para la inflamación me estaban haciendo alucinar. Abrí los ojos grandes como platos al escuchar a Lisa. No daba crédito a lo que escuché o lo que creí que había escuchado. Me veía con una pequeña sonrisa y parecía que estaba aguantando la risa.
―¿Qué? ―preguntó divertida.
―¿Qué dijiste?
―Dije que te quiero ―estaba todavía muy cerca de mí―. Dije que no me puedo ir sabiendo que tú te quedas. No lo dije explícitamente, pero ahora lo sabes ―me acerqué nuevamente a ella y la besé.
―También te necesito ―dejó nuestras frentes pegadas por unos segundos.
―Tenme paciencia; sé que lo voy a arruinar porque estoy acostumbrada a subir mis barreras, pero mi intención nunca será lastimarte. Debes creerme ―acaricié su mejilla.
―Lo entiendo y seré tan paciente cómo sea necesario, el tiempo que sea necesario.
―Puede que sea mucho ―advirtió.
―Quiero esto contigo.
―Has decido complicarte con la peor persona del mundo ―sus ojos me decían tantas cosas que no sabía a cuál creerle.
―Eres un poco idiota ―se echó a reír―, pero no eres mala. Hay muchas cosas bonitas aquí ―toqué su sien―, y aquí ―toqué sobre su pecho―. Es tanto que ni tú te das cuenta. Pero yo lo he visto y me lo has mostrado; consciente o inconscientemente.
―Yo fui... ―puse mi dedo sobre sus labios.
―Fuiste, hace unos años. Ahora y mañana son sólo tuyos y tú decides cómo escribirlos.
―También son tuyos, si lo quieres ―sentí que el corazón me iba a explotar.
―Me gustaría mucho eso ―se escondió en mi cuello. Sonreí como tonta; incluso me pellizqué para comprobar que no fuera un sueño. No lo era. Ella me quería y quería hacer las cosas bien conmigo.
Pasamos una hora bastante agradable con la Lisa linda que hacía que se me cayera la baba. La que siempre estaba con una espléndida sonrisa en el rostro y sus radiantes ojos viéndome atentamente y diciéndome mil cosas a la vez. El hechizo se rompió cuando mi teléfono comenzó a sonar.
―Bueno ―ni siquiera me tomé la molestia de ver quién era.
―¿Se puede saber dónde estás? ―la enojada voz de mi madre al otro lado de la línea.
―Yo... lo siento, ma, Lisa... mi profe de piano regreso a la ciudad, me la topé en la escuela y me invito a comer. Debí avisar, lo siento.
―Ven a la casa ―ordenó a secas.
―Está bien ―colgué y suspiré.
―¿Todo bien? ―unos curiosos ojos verde me veían.
―Está molesta porque no le avisé. Debo irme.
―Te llevo ―ofreció.
―No, pensará que vas de escudo. Me haré cargo de esto ―me acerqué y le di un beso en la mejilla―. Te veo pronto.
―¿Puedo ir por ti a la escuela mañana?
―Claro ―sonrió. Estaba por ponerme la ropa interior cuando ella me la quitó―. ¿Qué haces?
―Esto es mío ―sin pensarlo dos veces se lo llevó a la cara, aspiró profundamente y cerró los ojos―. Divino ―sentí punzadas en mi sexo al verla haciendo eso.
ESTÁS LEYENDO
Mi profe de piano
Short StoryUna chica en busca de clases de piano que encontrará más que música; a una enigmática mujer que pondrá de cabeza todo su mundo. Una mujer escapando de su pasado y de todas las cosas que ha tenido que pasar y hacer, se encontrara que la inocencia y e...
