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Una silueta estaba delante de ella, sin moverse, solo mirando el cielo. La rubia se acercó a la persona con sigilo y paso lento.
La nieve caía sobre sus dorados cabellos, mientras ella se acercaba más al desconocido. Se asomó por el tronco de un viejo árbol sin hojas y se asombró ante lo que sus ojos vieron.
Era un joven de cabellos blancos, quien tenía sus ojos cerrados, disfrutando o apaciguado por la nieve que le caía en el rostro y la ropa. Pero era un chico, tranquilo y algo le decía a Rapunzel que en realidad era azul.
Él era azul.
Asombrada ante la iluminación de aquel día nevado, los ojos de Rapunzel se tornaron más silvestres de lo normal.
Fue como si de repente, estuviera pintando lo más hermoso que había visto en su vida, solo que esta vez era real.
El joven era real, la nieve y por sobretodo, ella era real.