Capítulo 1: El Comienzo Del Fin

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Era el mediodía. El sol caía fuertemente, pero aún así los niños jugaban descalzos en el pasto, cerca del río. Las mujeres se contaban chismes en los marcos de puertas y ventanas, mientras cuidaban a sus hijos. Lo hombres se dedicaban a cortar leña y cazar.

Era un día normal en La Reserva de Vida Humana Nº 277, como lo era hacía diez años. Claro, seguía llamándose así aunque no quedaran doscientas reservas. Ni siquiera cien. Para ser el fin del mundo, todos parecían muy relajados. ¿Y quien no? Hacía una década que no había vuelto a haber ningún ataque.

Pero, exactamente a las 12:00 todos callaron, taciturnos.

Lo único oscuro en esos días, era la diaria parada militar en el centro del pueblo al rededor de esas horas. Los hombres torcían los labios, recordando sangrientos días pasados, y las mujeres le pedían al Padre que sus hijos volvieran vivos del servicio de limpieza. Era un pequeño y amargo recordatorio de que /ellos/ seguían rondando por los bosques y ruinas de ciudades caídas. Los jóvenes se despedían de sus madres con miradas fijas y labios silenciosos. Era sabido que al menos uno no volvería a casa al otro día.

Por otro lado, Regina y Thomas no prestaban atención a nada de ese clima tenso y triste. Eran ambos inconscientes, felices y atolondrados niños. Corretearon entre la multitud, buscando a su madre; Alicia. Regina -o como todos la llamaban, Regy- jalaba de la mano de su hermano, mientras iba por delante.

Por fin, entre tantas, lograron divisar la blanca falda de la madre de la familia nº 58 que vivía en la isla. La jovencita, de unos doce años, le llamó la atención tocándole el hombro.

- Madre, ¿es tan necesario que hagan todo esto? -Preguntó seriamente.- Lo único que logran es bajar los ánimos, si es que eso todavía es posible.

La mujer se dio la vuelta. Aunque opinaba más o menos lo mismo que su hija, no podía decirlo en voz alta. Ella había vivido los tiempos cerca del colapso. Estos "ánimos bajos" no eran ni comparables a los de ese entonces. Aún así...

-Es un recordatorio de lo que hay ahí afuera, Regy. Si no fuera por la parada militar, ¿aún recordarías que están ellos allí, esperando a que bajemos la guardia?

-¿No es suficiente con ver los barcos cargados con los cuerpos de nuestros jóvenes?

Alicia no logró replicar a su hija. Por suerte, quizás. Porque una vez más, le encontraba la razón.

Por los altoparlantes se escuchó la voz automatizada que se repetía, exactamente igual, a la misma hora todos los días, desde hacía más de veinte años.

"Padres pueden avanzar a despedir a sus hijos. Recuerden; Los cadáveres serán incinerados. Los infectados enviados a Padre para experimentación. Buena caza y suerte, jóvenes"

Regina rodó los ojos con disgusto hacia la voz, mientras el pequeño Thomas se escondía detrás de su falda.

Ese era el momento en donde la familia nº 58 se retiraba. Alicia, Regina y Thomas. Básicamente, porque nadie de su familia se estaba yendo. El único que se había ido alguna vez, fue el padre, Theo. Pero de eso hacía muchos años. Ninguno de sus dos hijos lo recordaba, y según decía la madre, era mejor así.

Él había sido uno de los infectados trasladados a los laboratorios subterráneos de Padre, nunca había vuelto, ni habían tenido noticias de él. Se le presumía muerto.

Como siempre, y cada uno de los días, Alicia y Thomas iban a casa. Regina se quedaba vagando por allí, charlando con las otras muchachas, o jugando a la pelota con los muchachos. Claro, esto último era bastante mal visto, pero la jovencita de ojos miel siempre fue una descolocada irreverente, de a veces iracunda y sarcástica. Era todo un caso a ojos de los mayores. Todos suponían que cuando se casara sentaría algo la cabeza. Estaban bastante equivocados.

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