Regina no sabría decir cuanto duró el vuelo.
¿Media hora? ¿dos horas? ¿dos días? ¿una eternidad?
La mordida le dolía más que nunca. No solamente picaba, sino que ardía y quemaba cual si le hubieran puesto ácido en la carne. Ella no podía verse, pero los soldados sí. Las venas se volvían negras al rededor de la herida. Latía y se movía como si tuviera vida propria. Estaba mutando, lento, pero seguro. Como todos los "inmunes", -En realidad no había nadie inmune conocido hasta el momento. Pero era la única forma que se le podía llamar a eso.- su cuerpo estaba sufriendo terribles cambios. Si no se controlaba con el suero de Padre, terminaría siendo un ser infernal, doblemente peor que los usuales infectados. Fuerte, ágil, inteligente. Un verdadero depredador. Esas "habilidades" se podían conservar, en menor medida, si la infección era tratada con rapidez.
Por algo siempre se llevaban a las centrales militares a todo infectado que sobreviviera la primera media hora.
Aún así... Había pasado con anterioridad que un supuesto inmune se convirtiera un poco más tarde. Los soldados apuntaban a la camilla todo el tiempo, sentados en sus posiciones. No estaba demás ser precavido en esos casos.
Desgraciadamente, la niña nunca perdió el conocimiento durante todo el trayecto. Cada sacudida era una tortura. Cuando llegaron, llevaba varios minutos sin parpadear. Los huesos eran los que más dolían. Los músculos le hormigueaban, y su mente estaba en un estado completo de alerta. Los colores se deformaban ante sus ojos. Los olores eran terriblemente intensos. Pidió a gritos que le dispararan. Que terminaran con su sufrimiento. Nadie escuchó.
El olor a pinos la golpeó cuando bajaron. Estaban en un bosque, por lo que pudo llegar a comprender, a los pies de una montaña. Una cascada caía entre unas rocas lejanas, se podía ver a la distancia. Pensó que sería un lugar hermoso, que correría y reiría de felicidad porque nunca había visto un lugar así. Pero el dolor la mantenía muda. Ya no gritaba ni suplicaba.
Hombres y mujeres vestidos con túnicas blancas los recibieron. Los militares movieron la camilla, bajándola del helicóptero y haciéndola rodar con paso apresurado hasta una puerta de metal que convergía directamente de la roca de la montaña. Podía escuchar que hablaban entre ellos. Alguien le tomó la muñeca, chequeando su pulso. Era uno de los médicos. Regina abrió la boca para hablar, mientras la puerta se abría.
-M-me duele... -Gimió en voz baja. El médico, un hombre mayor, hizo una mueca de desesperación. Gritó algo al guardia que custodiaba la entrada, pero Regina ya no escuchaba nada. Los sonidos más fuertes fueron mermando. La sensación le recordó una vez que escuchó explotar una granada, cuando jugaba con los demás niños cerca del muro exterior. Era su sitio de juegos preferido, siempre lo había sido, hasta que los militares custodios de Padre les habían prohibido ir allí ya que era demasiado peligroso.
Trató de recordar días felices, cuando estaba con su hermano. Cuando su madre la regañaba por haberse comido todo el pan de semillas... Pero lo único que lograba ver eran imágenes de ese horrible ser que le había mordido el hombro. Los ojos negros, los dientes amarillos, la lengua que colgaba inerte por un lado, cortada a la mitad. Lloró en silencio, ya que sabía que nadie la escucharía.
Pero se equivocaba. De vuelta, el rostro amable del médico apareció en su visión. Apretaba los labios, y miraba con preocupación a la niña.
- Te llevaremos a internación, no te preocupes. Haremos que el dolor desaparezca. -Dijo, mientras subían la camilla a lo que parecía una plataforma.
La niña parpadeó, intentando secar las lágrimas. Sorbió por la nariz, y se quedó mirando hipnotizada el techo de la caverna que comenzaba a moverse rápidamente. Pudo sentir gotas de agua caer sobre ella, y el sonido de los engranajes de la plataforma rodar al desplazarse. En esos momentos, Regina se mentalizaba en no sentir nada. Se convenció a si misma de que su mente era distinta a su cuerpo, que este era algo ajeno que en algún momento simplemente dejaría de doler... O bien, existir. El dolor seguía allí, pero al menos se había aislado de la desesperación.
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Proyecto Santos
HorrorDe las eternas profundidades, ellos se arrastraron. De nuestras entrañas, ellos se alimentaron. De nuestra mente, ellos se apoderaron. Un poderoso mutágeno eliminó a más de la mitad de la población hace más de 40 años. El humano lucha para sobrevivi...
