017. Fumar es más divertido que pensar

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Ocho estaba sentada en la acera de una de las tantas calles de su ciudad, estaba lloviznando y su nariz se estaba poniendo roja debido al frío. Las personas que pasaban por su lado la miraban extraño y luego murmuraban cosas que la pelirroja no podía escuchar. Rodeó sus piernas con sus brazos y escondió su cabeza entre sus rodillas. Sus mejillas estaban empapadas más por lágrimas que por cualquier otra cosa y le dolía la cabeza a tal punto que pensaba que le iba a estallar. 

—¡Ocho! —escuchó la voz de Klaus, levantó su cabeza lentamente encontrándose con Diego y al ya mencionado. Sintió una pequeña chispa de alivio al verlos, una pequeña chispa de felicidad al sentir que ellos estaban allí para ella, a pesar de los años en los que no se vieron.

La de ojos azules sonrió levemente y se levantó de la acera, se encaminó al auto donde estaban sus hermanos y se subió al vehículo.

—¿Qué te pasó, pelirroja? —preguntó Diego en cuanto ella se acomodó en el asiento trasero del auto.

—Nada —se apresuró a contestar mientras bajaba la mirada.

—¿Tiene que ver con nuestro hermanito? —inquirió Klaus, soltando una risita.

—No todo tiene que ver con Cinco, Klaus. Tengo problemas, y siento que mi cabeza va a estallar, es todo —Ocho respondió tranquilamente, su hermano asintió.

—Está bien, si tu lo dices... —dijo Klaus, dando inicio a un silencio peculiar.

—¿A dónde van? —preguntó Ocho.

—Se supone que a matar a los amigos de Cinco —respondió Diego.

—Los que nos torturaron, ¿recuerdas? —Klaus miró a Ocho, quien asintió.

—Como olvidarlos —sonrió sin  mostrar los dientes.

Luego de unos minutos, el trío de hermanos se dirigió al hotel donde Diego dijo que estaban Hazel y Cha-Cha. Al llegar estacionaron tras un camión de helados, Diego fue a dejar un rastreador en el auto de los sicarios; mientras que Ocho y Klaus se quedaron esperando frente al auto.

—Ocho, toma —Klaus le extendió un cigarro a la pelirroja—, para que dejes la cara larga.

—¿De dónde lo sacaste?

—¿Importa? —hizo una pausa—. Mira, solo tómalo, te prometo que te sentirás mejor.

—¿Quieres que fume? ¿En serio? —le preguntó Ocho con una sonrisa divertida.

Klaus solo rodó los ojos bajando los brazos, después de unos segundos le extendió de nuevo el cigarro. Su hermana no parecía convencida, pero aún así, lo tomó. Klaus sonrió y le encendió el cigarro.

—¿Seguro? —preguntó Ocho mirando el pequeño cilindro de papel que tenía entre sus dedos.

—Mira, si quieres solo una calada, solo quiero verte hacerlo —él la miró con una sonrisa ladeada y ella le dio una pequeña calada—. ¿Cómo te sientes?

—Estoy impresionada, me convenciste de hacer algo. Es un logro —los hermanos se sonrieron durante unos pocos segundos, recordando cuando eran niños.

Klaus le intentó quitar el cigarro pero Ocho le golpeó levemente la mano.

—No, me lo diste, ahora me dejas acabármelo —dijo con una sonrisa mientras le daba otra calada.

—Diego me va a matar, pelirroja.



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—¿Ir en el camión de helados? ¿Crees que es una buena idea? —preguntó Klaus.

—Claro que es buena idea, a menos de que tengas una idea mejor —respondió Ocho.

Los hermanos Hargreeves buscaban alternativas rápidas para continuar con su plan, el cual había salido algo mal. El auto de Diego terminó destrozado, él terminó herido y sus objetivos habían escapado, pero viendo el lado positivo —según Ocho— fue Diego había podido poner el rastreador en el auto de Hazel y Cha-Cha. Así sería más fácil encontrarlos y matarlos, concluyendo el plan de los hermanos.

—Entonces vamos —dijo Diego, encaminándose al camión.

—Pero Klaus conduce —agregó Ocho, sonriendo.

Diego rodó los ojos y se sentó en el asiento del copiloto, Klaus se sentó en el asiento del piloto y Ocho se sostuvo de los asientos para no caer cuando el vehículo arrancara.



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Ocho frunció un poco el ceño al notar que al lugar donde se dirigían, era una carretera desierta. Era poco lógico que personas como Hazel y Cha-Cha fueran a ese lugar porque sí; además la pelirroja quería pensar solo en eso porque su cabeza había empezado a dar vueltas y las náuseas se hicieron presentes. Ocho cerró los ojos con fuerza mientras tapaba su boca con su mano izquierda.

—Klaus, baja la velocidad —susurró la de ojos azules a su hermano, quien la miró al preocupado.

—¿Estás bien?

—¡Solo hazlo! —respondió subiendo su tono de voz. Cuando su hermano frenó un poco y ella salió del camión, se acercó a la orilla de la carretera y vomitó.

Diego la miró desde el espejo retrovisor mientras Klaus saludaba a Cinco y a Luther con una sonrisa.

love hurts | five hargreevesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora