Transcurrieron cuatro años desde ese día. Arnold se encontraba a tres calles de su casa, trabajando aún de bolero. Faltaban cinco minutos para que su turno terminara y regresara a su hogar. Mientras tanto, se dedicaba a pulir los zapatos de su último cliente del día.
—Muy bien... listos, señor Lincoln.-dijo finalmente el niño poniéndose de pie.
—Hiciste un buen trabajo, jovencito.-reconoció el hombre observando el brillo de sus zapatos.
—Cuatro años trabajando me han permitido mejorar.-se permitió decir mientras recogía sus cosas.
—En tu casa deben necesitar mucho el dinero.-comentó el hombre mientras sacaba su billetera.
—La verdad es que no.-Lincoln lo miró sorprendido.-Mi padrastro es rico.
— ¿Entonces pagas tu educación con lo que ganas?-sentía un nudo formándose en la garganta.
_No. Nunca he ido a la escuela.-respondió con cierta tristeza.-El doctor Simmons dice que es una pérdida de tiempo para un chico como yo.
— ¿Y qué haces con el dinero?-sacó un billete y lo mantuvo en su mano, en espera de una respuesta.
—Se lo doy a mi padrastro. Me explicó hace tiempo que ese dinero sirve como devolución por el techo y la comida que él me proporciona.
— ¿Y cuánto es lo que te cobra?
—Tres dólares diarios. Y si no los consigo... pues...
—Descuida, no tienes que decírmelo.-lo tranquilizó el hombre y, conmovido, le entregó el billete.-Toma, espero que te sea de ayuda.
—Pero... señor Lincoln...-comenzó a decir el muchacho tartamudeando puesto que nunca en su vida había visto cinco dólares.- Yo sólo cobro quince centavos, y esto es-
—Mucho más, lo sé.-tomó su maletín y acto seguido, sujetó el hombro del chico.-Mucha suerte hoy, Arnold.-y se alejó caminando.
—Oiga, ¿cómo supo...?-quiso preguntar pero el hombre ya se había ido.
Por más extraño que le pareció, decidió ignorarlo.
«Seguramente debe ser por la reputación que me precede.»- pensaba el chico inocentemente mientras tomaba sus cosas.
Una cuadra más adelante, el hombre se detuvo porque sintió que le faltaba el aire.
La verdad era que Adam Lincoln, el padre de Arnold, había regresado a la ciudad para ver por primera vez a su hijo. Apenas un mes atrás, la madre del chico le había confesado que tras su breve amorío nació un pequeño, al cual tuvo que dar en adopción a causa de su miedo a criarlo sola. Días después de la confesión, fue asesinada en la puerta de su casa. Adam nunca se enteró; él había desaparecido para ir en busca de Arnold.
«¡Cómo me gustaría llevarte conmigo, Arnold!»-exclamaba el hombre en su cabeza.- «Si tan sólo me hubiese enterado de tu existencia antes del diagnóstico...»
A causa de malas decisiones, al señor Lincoln le habían diagnosticado cáncer de pulmón y, pese a los tratamientos, los doctores estimaron que sólo le quedaba poco más de un año de vida. Pese a querer recuperar a su pequeño, se negaba a la idea de llevárselo para luego permitir que la muerte volviera a arrebatárselo.
Con una creciente culpa, Adam Lincoln respiró profundamente y continuó su camino al departamento que había alquilado hacía apenas una hora.
No muy lejos, Arnold contaba las ganancias de ese día. Sumando los cinco dólares del señor Lincoln, había conseguido siete dólares con ochenta y cinco centavos.
«Es la cantidad más grande que alguna vez haya ganado.»- sonreía el muchacho, pero su felicidad desapareció tan pronto recordó que todo ese dinero iría a parar a los bolsillos de su padrastro.
Revisó su pequeño reloj de bolsillo, el cual según su padrastro sería la única muestra de afecto que obtendría de él.
Ya era hora de irse.
Inició entonces la marcha en dirección a su casa. Estaba a solo una cuadra de distancia, esperando a que el semáforo le indicara que podía avanzar, cuando la vio.
Una chica de cabellos rojos ondulados, ojos verdes, prácticamente de la misma estatura que Arnold.
Sin notar el paso del tiempo, se quedó observándola detenidamente mientras trabajaba. La niña estaba situada en el semáforo de la calle a su derecha, limpiando el parabrisas del auto que esperaba a que el semáforo cambiara de rojo.
Se movía con destreza y eficacia. No dejaba una sola mancha en los vidrios por los que pasaba. En cuanto terminó su trabajo, el dueño del auto le pagó y aceleró bruscamente en cuanto vio el semáforo en amarillo. El muchacho estaba por seguir también su camino, cuando notó que la chica estaba enojada tras contar su dinero.
Aquella era la excusa que necesitaba. Se animó a acercarse y cruzó la calle sin siquiera notar que el semáforo seguía en verde. Fue cuando tuvo a la chica en frente que toda la determinación y confianza de hacía unos segundos se esfumó.
_ ¿Qué quieres?-preguntó ella al ver que nuestro protagonista llevaba un largo rato mirándola sin decir una sola palabra.
_Pues es que yo... quería... saber si estabas bien, eso es todo. Te vi un poco molesta.
—Sí, bueno, ese hombre me engañó. Me dio sólo diez centavos de los veinticinco que debería haberme pagado.-en ese momento le dio la espalda.
—Si, sé lo que se siente.-y era verdad, personas como el señor Lincoln nunca antes había visto Arnold.
—Y esa ni siquiera es la peor parte.-continuó ella como si nada.-Ya es el quinto cliente que me hace lo mismo hoy.-con las mangas de su camiseta se secó las lágrimas que lentamente brotaban de sus ojos.-No quiero volver a casa, no sin el dinero. Mi padre... él... él...-no quiso terminar aquella oración, aunque no hacía falta. El chico entendía a lo que se refería: los golpes, el maltrato psicológico... el día a día.
Lo pensó por un momento. La idea que tenía sería una de las mayores estupideces que alguna vez se hubiera atrevido a hacer. Pero el bienestar de otra persona estaba en juego y eso era razón suficiente para él.
Revisó su bolsillo en busca de su preciado tesoro. Lo sostuvo durante un segundo:
«Es por su bien.»-se repetía en su cabeza mientras con el otro brazo la tocaba para llamar su atención.
—Ten, guárdalo.-le dijo poniendo el billete en su mano.- Lo necesitas más que yo ahora.
— ¿Estás seguro de que quieres hacerlo?-preguntó la chica.
—Sí. Con lo que me queda, estoy seguro de que lograré calmar la ira de mi padrastro.
— ¡Gracias!-exclamó la chica de felicidad dándole un abrazo al muchacho. El rojo en las mejillas de Arnold no podía ser más visible.
—No hay problema.-le dijo, pero la chica no lo soltaba.- Oye... me tengo que ir. Ya es tarde.
—Oh claro, perdona.-lo soltó.-De todas formas, yo también debo marcharme.
El chico comenzó a cruzar a toda velocidad la calle, retomando el camino a su casa. Pero antes de alejarse, escuchó un grito a sus espaldas:
— ¡Oye, ¿cómo te llamas?!
—Arnold-respondió ya estando del otro lado. En ese momento, el semáforo de la calle que los separaba se puso en verde y los autos empezaron a pasar.- ¡¿Y tú?!
— ¡Sally!-le respondió despidiéndolo con el brazo.
— ¡Un placer, Sally!-tuvo que gritar aún más fuerte para que su voz se oyera por encima del bullicio de los autos que circulaban.
Arnold divisó una pequeña luz en el túnel de la vida ese día.
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La historia de Arnold
Short StoryNueve años tenía Arnold cuando fue introducido al mundo del trabajo en las calles. Durante mucho tiempo creyó que su vida hubiera sido mejor si aquel hombre que lo adoptó, el doctor Andrew Simmons, no hubiera aparecido ese día en el orfanato. Hast...
