A la mañana siguiente, se levantó con menos ánimo de lo normal. Sentía tensa cada extremidad de su cuerpo. Dormir en aquel colchón siempre le había supuesto un problema para la columna, pero esa vez atribuyó el malestar a sus inquietantes sueños.
— ¿Escuchaste el disparo anoche, muchacho?-le preguntó el doctor cuando lo vio salir de su habitación.
—No, señor.-respondió, aunque no pudo evitar sentir que le dolía el pecho al intentar recordar.
Para intentar olvidarse del asunto, se dirigió a la cocina donde se hallaba Simmons y comenzó a preparar la mesa para que ambos pudieran desayunar. Su padrastro mientras hurgaba en el refrigerador en busca de algo que pudiera freír o al menos hervir.
—Al parecer un hombre se quitó la vida anoche.-prosiguió el doctor a la vez que tanteaba unas viejas rebanadas de tocino.
A Arnold se le cortó la respiración repentinamente. Sentía el dolor en su pecho acrecentarse a cada segundo.
— ¿Quién era el hombre? ¿Lo sabe?-preguntó el chico con la voz quebrada. Podía sentir el cuarto oscurecerse por la sombra de la desgracia.
—Sí. Apareció en el periódico esta mañana.-comentó Simmons sacando el tocino de su envoltorio.
— ¿Quién era?-preguntó; no hubo respuesta.- ¡Señor, por favor, dígame quién era!
Su padrastro se giró sorprendido a mirar a Arnold. Era la primera vez que le levantaba la voz, pero decidió no enfurecerse por el hecho. Podía notar en el chico la creciente desesperación.
—Se llamaba Adam Lincoln, chico. ¿Lo conoces?
Algo se había posado en la espalda de Arnold, o al menos eso le pareció. Era muy pesado y sentía que no podía quitárselo de encima.
«Es el mundo.»-pensó-«Es el mundo que ahora vino a aplastarme tras llevarse lo único que todavía lograba animarme.»
Comenzó a sentirse débil. Apenas podía mantenerse en pie; todo su cuerpo temblaba sin control. Finalmente, tras ver que perdía el equilibrio, decidió sentarse.
—Mírame.-le escuchó decir a su padrastro, que se había parado frente a él.-He dicho que me mires, chico.- Pudo distinguir apenas al doctor colocando algo alrededor de su brazo.
Arnold, pese a todo esfuerzo, no lograba coordinar un solo movimiento. Su mente se encontraba muy lejos de esa casa.
—¿Por qué?-logró articular.- ¿Por qué a él, señor Simmons?
—Cálmate, chico, no pasa nada. Tu presión se desplomó de forma muy rápida.
—No, no, no, no-
— ¿Qué te ocurre? ¿Quién era ese hombre?-el hombre veía el medidor del tensiometro: los niveles, antes bajos, subían ahora rápidamente.
— ¡No lo sé!-respondió rompiendo en lágrimas.- ¡Pero lo quería!
Entonces Arnold hizo algo que nunca creyó posible: en un rápido movimiento, rodeó con sus brazos a su padrastro y le dio un fuerte abrazo.
—Lo siento mucho, en verdad.-el doctor no sabía qué hacer en esa circunstancia. No iba a evitar que el chico se resguardara en él de su dolor, pero era consciente de que no era capaz de devolver el afecto.-Escucha... hoy no tienes que ir a trabajar si no lo deseas. Puedes hacer lo que quieras.
Minutos después, el doctor terminó de preparar el desayuno y se sentó a la mesa junto a Arnold. El chico le contó sobre su primer y único encuentro con el señor Lincoln; Simmons lo escuchó atentamente y , tras pensar por un largo rato, le tomó a su hijastro una muestra de sangre sin darle explicaciones.
ESTÁS LEYENDO
La historia de Arnold
NouvellesNueve años tenía Arnold cuando fue introducido al mundo del trabajo en las calles. Durante mucho tiempo creyó que su vida hubiera sido mejor si aquel hombre que lo adoptó, el doctor Andrew Simmons, no hubiera aparecido ese día en el orfanato. Hast...
