Capítulo III

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   Se pasó todo el camino de vuelta a su casa pensando en lo que acababa de pasar, en esa chica tan peculiar y se hizo preguntó seriamente si alguna vez volvería a toparse con ella.

«Sally»-pensaba para luego sonreír sin poder evitarlo.

   Había llegado a la esquina de su casa cuando la cara del doctor se cruzó en sus pensamientos. Entonces toda la felicidad se apagó. Fue consciente en ese momento de que su amabilidad le traería consecuencias severas cuando tuviera que enfrentar a su padrastro. Aún cuando sentía su cuerpo palidecer del miedo, decidió no permitir que todo aquello lo afectara. Se sentía feliz.

«Cuando vuelvas a fallarme... te dejaré encerrado sin comer, ¿me oyes?» 

   Las palabras del doctor hicieron que se detuviera en seco. Estaba a punto de tomar el picaporte de la puerta principal cuando notó que  su mano no dejaba de temblar. 

—Si tengo que pagar por mi piedad, entonces al menos lo haré sin temer.-dijo en voz alta. Acto seguido sujetó con firmeza el picaporte y abrió la puerta.

   Una hora más tarde, Arnold despertó en el viejo cobertizo de la casa (una habitación tan pequeña que él podía tocar ambos extremos del cuarto con los pies estando sentado). Se apoyó contra la puerta y miró a través de la pequeña ventana que se encontraba frente a él.

   El castigo esa vez había sido más severo de lo que él hubiera creído. Se tocó suavemente la mejilla izquierda y el labio inferior. Hasta esa noche había olvidado lo duro que era el cinturón del doctor. 

«Allí es donde guardo las cosas que no me importan.»-le dijo su padre cuando el muchacho lo decepcionó la primera vez.

   Tenía claro que la puerta no se abriría hasta la mañana del día siguiente, cuando su padrastro determinara que había sido suficiente suplicio. Intentar escapar era inútil: en sus anteriores fracasos había descubierto la gruesa cadena y el enorme candado con que Simmons cerraba desde el otro lado. Y la ventana no sólo era inalcanzable sino también una falsa esperanza, ya que él no sobreviviría a siete metros de caída.

   Sólo le quedaba esperar.

   Tendría que dormir nuevamente en el frío suelo. Y por si fuera poco comenzaba a filtrarse el aire de aquella helada noche. Era en momentos como ese en que apreciaba el colchón viejo y agujereado que tenía, aunque no hubiera mucha diferencia. Porque lo único que tenía para cubrirse en las noches frescas era una única y fina manta.

   Su estómago rugía constantemente suplicándole por comida, pero supo que no podría comer nada hasta el día siguiente, si es que conseguía robar algo del refrigerador sin que su padrastro lo viera.

   Comenzó a divagar esperando a que la falta de energía lo hiciera dormirse. Sally apareció inevitablemente entre sus pensamientos.

«Sally».-pensaba mientras esbozaba una sonrisa.- «Valió la pena, sin duda.»

   Finalmente dejó que el sueño lo venciera tras más de media hora repitiendo ese nombre, que tan perfecto y hermoso le parecía.

   Despertó cuando escuchó el sonido de la cadena siendo retirada de la puerta.

—Ya has dormido suficiente.-escuchó decir a Simmons.-Es hora de que te vayas a trabajar.

   Antes de buscar sus herramientas de trabajo, consiguió hurtar un poco de la cena de la noche anterior. Apenas pudo hacer pasar los enormes trozos de carne por su garganta. 

   Eran las doce cuando se dispuso a irse.

—Será mejor que hoy traigas lo acordado.-fue lo único que le dijo el doctor cuando Arnold salió por la puerta.

_Por supuesto, señor.-llegó a responderle antes de desaparecer tras la luz del mediodía.

«Lo siento, pero hoy tengo otros planes.»-reía travieso en su mente.- «Ella debe estar esperándome.»

   No desobedeció del todo a su padrastro. Antes de comenzar a divagar por las calles, se avocó a conseguir los tres dólares de cuota para ahorrarse los problemas ese día. Cuando los hubo recaudado, comenzó la búsqueda de Sally.

   Pasó horas enteras recorriendo cada punta del pueblo, pero no consiguió vislumbrar ni siquiera su sombra Se frenó en cada semáforo que encontró con la esperanza de que estuviera trabajando en alguno de ellos. Se equivocó.

A pesar del desalentador pronóstico, no se permitió renunciar a su búsqueda.

«Seguramente la encontraré en el camino de regreso. »-pensó cuando revisó su reloj de bolsillo.

   Su desilusión alcanzó límites inimaginables cuando tuvo que admitir que nuevamente se había equivocado. Regresó a su casa y esperó en la entrada a que el doctor llegara del trabajo. Una vez dentro, le entregó el dinero recaudado y se fue a la cama sin decir una sola palabra. Algo que incluso a Simmons le llamó la atención.

   Aquel día no cenó, pero esta vez por decisión propia.

«Sally.»-la llamaba con el pensamiento, como si entre ellos existiera un vínculo psíquico.

   Luego el llamado se convirtió en una pregunta desesperada.

« ¿Dónde te escondes?»

   Se torturó con esa hiriente pregunta por horas, pensando que la respuesta se hallaba oculta en lo profundo de su subconsciente, hasta que el cansancio pudo más que su duda.

   Mientras tanto, a cuadra y media de distancia, en un departamento alquilado, Adam Lincoln, tomó la decisión de poner fin a todo.

   Arnold, que se encontraba profundamente dormido, sólo percibió el lejano eco de un disparo.

La historia de ArnoldDonde viven las historias. Descúbrelo ahora