A JungKook le gusta usar vestidos y jugar con muñecas. A TaeHyung le gusta matar gente y comerlas.
El Carnicero de Seúl y un chico escondido en medio del bosque cruzan sus caminos.
¿Qué podría salir mal?
🎈 JungKook bottom/TaeHyung top.
🎈 Posee...
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🍷🍎🍷
†23 de julio, 2018†
Los rayos del sol se filtraban por la delgada cortina de la ventana de la cocina, diluyendo sobre ésta el asfixiante calor que se aspiraba en el tenso aire de esa mañana.
El pequeño Kookie podía sentir como minúsculas gotas de sudor resbalaban desde su frente y partes de su cuello, incomodándole. Asímismo, no las apartó. Dejó que fluyeran en hilo por su rostro y delgado cuerpo. Tampoco encendió el ventilador que colgaba inerte del techo. No porque no quisiera, sino porqué no sabía cómo hacerlo, puesto que su padre nunca le ha enseñado. Su estómago rugía en cortos intervalos de tiempo clamando por alimento. Pero también lo ignoró, como todo a su alrededor.
Su padre no había vuelto ayer en la noche, como hacía desde hacía tres días y JungKook solo pudo saberlo porque las manecillas del reloj habían dado tres vueltas completas desde la mañana en la que se despidió de él, dejándole completamente solo. La comida se había acabado esa mañana, siendo la única fuente de alimento su pequeña huerta que se situaba en el jardín trasero de la casa. No había muchas plantas, solo zanahorias y tomates. Ya que eran las únicas semillas que podía extraer de las verduras que su progenitor traía, cosa que no era muy seguido.
Su comida diária se basaba en comida enlatada y verduras mal cocidas. Kookie no conocía otro alimento a parte de la leche y los panes que su padre solía traer, junto con una buena ración de latas que el pequeño no sabía de su contenido y que tenía prohibido tocar por sobre todas las cosas. Esas latas ponían a su progenitor en un estado de felicidad sugestiva, dejándole a él con la única opción de esconderse en su habitación, para así no ser preso de la sombra.
Jungkook suspiró y admiró las carcasas que caían de la pintura desgastada de las paredes. Apoyó las manos en la madera y sostuvo su rostro entre sus palmas en un gesto aburrido, al tiempo que balanceaba sus piernas que colgaban sueltas debajo de la mesa; cortas, delicadas y envueltas en medias blancas que le llegaban hasta el muslo. Esa mañana se decidió por un vestido celeste que caía suelto en sus caderas y apretaba en su pequeño torso. Demasiado ajustado para su gusto, pero aún así demasiado bonito para no usarlo. Últimamente su cuerpo había crecido demasiado y sus vestidos ya no le quedaban como antes. Sino más ceñidos, cómo si se hubieran encogido.
Su pequeño estómago volvió a gruñir y el menor apretó los labios al sentir como algo se retorcía en su interior. Eran las doce del medio día y no había probado bocado en toda la mañana. El pobre chico ansiaba un pedazo de pan con un vaso de leche o aquélla comida que su padre solía prepararle cuando estaba de buen humor. No quería tomates o zanahorias. No quería más verduras cocidas en la estufa.
Él quería comida real. Algo con que llenarse y satisfacer su hambre, pero aquello era lo único que había y debía conformarse hasta que su progenitor volviera, si es que volvía. A veces el hombre tardaba hasta que el reloj daba siete vueltas completas y el menor rogaba porque no fuera así. Porqué ésta vez fuera diferente.