La intensa luz del paraíso me cegaba, el canto celestial hería mis oídos, y mientras más alto volaba, mis alas de negras plumas más destruidas quedaban. Como un caído que soy, este lugar me es nocivo. Pero lucharé. Lo haré por ella.
Por fin llegué hasta las puertas doradas. El brazalete de Elizabeth funcionaba, mis alas, aun lastimadas ya se podían mantener. Cientos si es que no miles de ángeles de blancas alas me estaban esperando ya. Todos siendo encabezados por un alto Arcángel de alas doradas.
Exigí se me abriera paso, pero a la negativa, desenvainé mi espada, a lo que de inmediato los ángeles me imitaron, lanzándose al ataque.
Mi espada cortaba el viento una y otra vez, unas veces detener golpes y ataques, otras para separar, cortar y herir.
Tras varias horas de lucha solo quedamos dos. Él un alto Arcángel, el comandante, lúcido y descansado para la batalla que se avecinaba. Yo herido por cada corte, sangrando y dejando oscuras manchas rojas mientras avanzaba. Él podía estar en mejor posición, pero yo tenía algo que él no. Una razón para no caer.
Empezamos nuestra pelea. La hoja santa y el acero demoníaco chocaban entre sí soltando chispas. Una y otra vez mi espada se manchaba con su sangre y con la mía la de él, pero ninguno cedía. Varias veces caí al suelo, pero me puse en pie gracias a la fuerza que el brazalete me inspiraba.
Finalmente di el golpe que necesitaba. Enterré en él mi arma y no la saqué hasta que expiró. Fue al extraer mi arma que vi como la empuñadura de su espada sobresalía de mí, así que con un grito la saqué, dejando un charco dónde cayó la espada.
Impulsado solo por mi obsesión empuje las puertas, atravesando salón tras salón, subiendo piso tras piso hasta llegar a un alto trono dónde descansaba El Creador.
Como su hijo que fui antes del destierro, hice una reverencia antes de volver a empuñar mi arma. ÉL me imitó tras ponerse en pie y en breve nos enfrascamos en la última batalla.
Mis golpes eran débiles, lentos e imprecisos, pero los de ÉL daban siempre en el blanco. No pasó mucho antes de que las heridas y el cansancio me fulminaran. Caí al suelo de espaldas. Llorando mí derrota. No por orgullo o vanidad, sino porque yo era la última esperanza de salvar la vida de Elizabeth. Grite e insulte mi cuerpo por abandonarme en este momento, pero este no reaccionó por ello.
ÉL se acercó, pero para mi sorpresa en sus ojos no estaba reflejado el odio por matar a sus ángeles, el temor de ver cuán lejos había llegado, o el posible enojo al que solía temer antes, ni siquiera la indignación por la osadía de retarlo al duelo. Lo único que sus ojos mostraban era preocupación. ÉL, muy por sobre todo lo acaecido estaba preocupado por mí y mis heridas.
ÉL se acercó a mí como un padre al ver herido a su pequeño y tomándome el rostro me hizo ver su amor.
"Ella estará bien hijo mío"
Antes de cerrar los ojos, esbocé una sonrisa. Al aparecer junto a mi amada, me incliné a su oído y susurré
"Te amo, Elizabeth"
Cómo nunca antes, mi corazón dio un brinco cuando muy lentamente una hermosa sonrisa se dibujó en su rostro pronunciando mi nombre. La besé y ella me besó. Ambos extendimos nuestras alas entrelazados en el más pasional de los besos, felices del mágico momento que solo El Creador nos pudo dar...
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Mis cortos
Short StoryUna lista de cortos que vienen a mi mente. Algunos de inspiración ajena, otros propia.
