CAPITULO 2

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Nuestra conexión fue en sus comienzos extraordinaria y deliciosa. Yo me agotaba con furor de deseos insaciables entre sus brazos siempre abiertos. Sus ojos me hacían abrir la boca como si me provocasen resequedad. Al mediodía eran grises, en la hora del ocaso se sombreaban de verde y al alba eran azules. No estoy loco. Juro que tenían estos tres colores.
En las horas de amor eran azules, como zafiros, con pupilas enormes e inquietas. Sus labios, agitados por un estremecimiento continuo, dejaban a veces que brotase entre ellos la punta sonrosada y húmeda de su lengua, que palpitaba como la de un reptil; y sus párpados cargados se abrían lentamente, poniendo al descubierto su mirada, encendida y agotada, que me enloquecía.
Al estrecharlo entre mis brazos y mirarlo a los ojos me estremecía, sacudido por el impulso de matar a aquella bestia tanto como por la necesidad de poseerla sin cesar.
Si él iba y venía por la habitación, a cada paso suyo me daba un vuelco en el corazón; si él empezaba a desnudarse y dejaba caer su ropa para salir, infame y radiante, de entre sus prendas interiores, caídas a su alrededor, me recorría por todos los miembros, a lo largo de mis brazos, a lo largo de mis piernas, dentro de mi pecho anhelante, un desmayo infinito y vil.
Llegó un día en el que descubrí que estaba hastiado de mi. Lo vi en su mirada cuando despertó. Todas las mañanas acechaba yo, inclinado sobre él, esa primera mirada. Lo acechaba, lleno de cólera, de rencor, de despreció hacía aquella bestia dormida de la que yo era esclavo. Pero al despertar el azul pálido de sus ojos, aquel azul liquido como el agua, lánguido aún, fatigado todavía, todavía enfermo de las últimas caricias, sentía yo la súbita quemazón de una llama que irritaba mis ardores.
Lo vi, lo conocí, lo sentí, lo comprendí en el acto. Se había acabado todo, totalmente, para siempre. A cada hora, a cada segundo, tenía una prueba.

¿LOCO?  -KookMin-Donde viven las historias. Descúbrelo ahora