Capítulo 1

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Lunes 24 de Noviembre, 10:26 pm.

Es tarde. Claire ya se ha ido a su casa y me lo tomo como indirecta de que tengo que cerrar yo la galería.

Me limpio las manos en el fregadero del pequeño baño, me arreglo un poco el pelo delante del espejo y me lavo la cara libre de cualquier producto cosmético. Cojo una toalla seca y salgo de ese cubículo dirigiéndome a la sala enorme llena de cuadros y pinturas por el suelo. Me quito la bata manchada y la cuelgo en el colgador al lado de la puerta, cojo mi bolso y las llaves.

Al salir fuera, mi temperatura corporal baja y noto el viento en mi piel descubierta; así que me pongo el abrigo y cierro la puerta con llave.
Comienzo a caminar calle abajo hacia la parada de autobús. Al llegar veo un cartel informando que el número 47 no está disponible durante toda la semana.

- Mierda -maldigo entre dientes. Es el único que me deja cerca de casa– Tendré que coger el metro -hablo para mi misma; y ajustándome la correa del bolso muevo mis pies calle abajo.

Cuando llego a la boca del metro, compro un billete sencillo y me deslizo entre la multitud para llegar a las máquinas. Paso el billete por la ranura y cuando voy a pasar me lo devuelve. Frunzo el ceño y lo vuelvo a intentar, con el mismo resultado. Cuando empiezo a frustrarme, una mano aparece y me quita el billete. Me giro con rapidez para saber que acaba de pasar, encontrándome con una sonrisa divertida en la cara de un chico, calculo de mi edad, el cual me mira fijamente a los ojos. Inmediatamente retiro la mirada y la fijo en mi billete que se encuentra entre su dedo índice y el pulgar. Se inclina hacia mi mientras frunzo de nuevo el ceño.

-Lo estaba haciendo mal, el billete se encuentra al revés -me dice divertido, encontrándome con una voz lenta y ronca. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir, centrándome en lo que me dice.

-Lo sabía, gracias -le sonrío irónica y paso a la otra banda de las máquinas. Le dirijo una última mirada al chico desconocido el cual me mira fijamente con una curiosidad extraña.

Me dirijo hacia las escaleras mecánicas descendiendo al andén repleto de gente, hace falta puntualizar. En mi campo de vista logro localizar una máquina de refrescos y directamente voy hacia ella. Justo cuando recojo la lata fría, entra el metro en la estación. Vuelvo a ajustar la correa de mi bolso y espero a que las puertas se abran. Cuando finalmente se estaciona, entro y me siento en el primer sitio que veo. Suspiro; hoy ha sido un día duro y agotador.

Para llegar a mi destino son más de 20 paradas; con tan solo pensarlo empiezo a cerrar los ojos. De inmediato los abro al sentir una mirada penetrante hacia mi persona. Miro a mi alrededor hasta chocar con un par de ojos azules zafiro, los cuales ni siquiera dejan de mirarme cuando me enfrento a ellos con una mirada fija. Alza una ceja y sonríe divertido de medio lado.

Es el chico de antes.

Le fulmino con la mirada y miro hacia otro lado. Sigo sintiendo sus ojos, insistentes por atención, mientras me maldigo por no haber cargado la batería del móvil; al menos tendría un juego estúpido donde concentrarme y poder evitarlo.

Las paradas se van restando y cada vez hay menos gente en el vagón. Son pasadas las once de la noche, y no se oye casi nada en los viejos túneles subterráneos de New York. En mi campo de visión puedo llegar a calcular que sólo quedamos 6 personas: una señora mayor sentada delante mío; una mujer durmiendo apoyada en el hombro de su marido, calculo ambos de unos 45 años, al final del vagón; una madre con su hija dormida en sus brazos, de pie al lado de la puerta; el chico de antes; y yo.

Durante todo el viaje, ese chico no ha apartado la mirada de mí, y cada vez me impacienta más. Nunca he sido una persona de llamar la atención, así que me resulta realmente extraño la terquedad de sus ojos, de no mirar hacia otro lado. Varias veces he intentado enfrentarme a esos dos zafiros azules, pero mis ojos verdes se apartan sin llegar a resultar una amenaza.

Quedan dos paradas, ésta y la siguiente. Me vuelvo a poner el abrigo y sitúo mi bolso en mi regazo. Por la esquina de mi ojo veo como el chico se pone en alerta mientras me levanto y me dirijo hacia la puerta. El metro empieza a frenarse en la estación indicada y cuando voy a pulsar el botón automático de las puertas, de nuevo esa mano se me adelanta y la abre por mi. Me giro hacia ese chico, con el ceño fruncido.

-No hacia falta, ya podía hacerlo yo -le digo por primera vez en todo el viaje de tren. Él niega con la cabeza y me sonríe divertido. No me gusta esa sonrisa, me produce escalofríos.

-Un caballero siempre abre las puertas a las damas -dice con un toque de picardía en su voz.

-¿Hasta una puerta automática? -arqueo una ceja burlona.

-Hasta una puerta automática -me afirma él. Niego con la cabeza y salgo del vagón. Muevo mis pies hacia las escaleras que dirigen a la salida.- Adiós, Danielle.

Me giro con rapidez hacia él, pero en ese mismo instante las puertas se cierran y el metro empieza a moverse hacia la boca del lobo, que son los túneles. Llego a ver una sonrisa plasmada en su cara y como apoya su hombro contra el marco de la puerta metálica.

Como... ¿como ha sabido mi nombre?

Seams ✡Donde viven las historias. Descúbrelo ahora