Ismael salió de casa tras haberse echado un último vistazo en el espejo de la entrada. Su imagen le devolvió la mirada, pensativa. Cabello muy rubio y corto, facciones angulosas y unos penetrantes ojos negros esbozaban el conjunto.
"Esta noche es la definitiva" murmuró para sí mismo mientras dibujaba una sonrisa algo torcida.
Se acercó al coche que su padrastro le había comprado, en un intento por ganarse su cariño. Pero de eso hacía ya mucho tiempo... Era de un apagado color rojo amargo, y realmente viejo, probablemente demasiado. A Ismael le sorprendía cada vez que conseguía arrancar.
Entró y se sentó, levantando una pequeña nube de polvo gris que ni los pesados rayos dorados del atardecer consiguieron hacer brillar. Sintonizó la radio a la vez que lo ponía en marcha. Sonaba "Long, long way from home" de Foreigner e Ismael se rascó distraídamente la cicatriz que tenía bajo el lado izquierdo de la mandíbula. Era una línea irregular, de unos tres centímetros, que parecía brillar sobre su piel clara. El día en que quedó marcado aún aparecía en sus pesadillas. Los gritos de ira de su madre, el llanto de su hermano pequeño, el olor a gasolina, a quemado... Y la pelea y el golpe, el golpe que lo señaló como incapaz de haberlo salvado. Pero ella sí se libró, los bomberos rescataron a aquella maldita loca...
Inspiró hondo y se centró en la carretera, apretando furiosamente el volante entre sus manos. Eso ya era pasado, tenía que ser pasado. Aquella misma noche la pesadilla debía acabar. Al fin y al cabo, en unas pocas horas iba a desvelarle una emotiva sorpresa a su...¿novia? Lo cierto es que ella nunca había puesto nombre o límite a lo suyo. Aunque, si eso es lo que era, ya no lo sería por mucho más tiempo...
Una lenta sonrisa se abrió paso en sus labios, aquella noche... Su cara de sorpresa sería lo mejor que le hubiese pasado en su vida. Bajó la ventanilla y dejó que su mano acariciara el aire cálido del atardecer, mientras todos sus malos pensamientos se diluían sin dejar rastro.
― I'm looking out for the two of us. And I hope we'll be here when they're through with us. I'm coming home. ― musitó él al ritmo de la canción.
Sus ojos se entretuvieron mirando el paisaje mientras conducía. El negro asfalto se retorcía bajo los neumáticos del coche, entre cruces, semáforos y diminutas glorietas desvencijadas. Una hilera intermitente de árboles escuálidos y retorcidos, cuyas ramas cargaban con las últimas hojas de aquel verano agonizante, bordeaba la calzada. Tras ellos, una pequeña acera daba paso a los diminutos establecimientos, más viejos que el mismo tiempo, que aún se resistían a cerrar. Algunas personas paseaban por aquellas calles enreversadas, saludándose las unas a las otras con la confianza propia de las pequeñas ciudades.
Lo cierto es que aquella diminuta urbe tenía cierta belleza polvorienta, pero le resultaba tan conocida que todos sus escenarios se le presentaban desgastados, como una película que hubiera visto demasiadas veces. Aquellas calles, esos edificios, le habían visto nacer entre sus toneladas de hormigón, cuando todo el mundo creyó que a esa ciudad le aguardaba un gran futuro. Asistieron impasibles a su historia, y le dejaron marchar mientras huía de todo lo que había conocido. E igual de inmutables en su inevitable decadencia presenciaron su regreso, su renuncia a un brillante porvenir para volver a lo que se suponía que debería ser su hogar.
Ismael sacudió la cabeza, desprendiéndose una vez más de los recuerdos que se negaban a marcharse, y aparcó el coche bajo un falso platanero especialmente retorcido. En realidad el viaje en coche había sido algo innecesario, pero más tarde pretendía llevarla a un lugar especial y entonces sí lo necesitaría.
Salió del coche y, tras cerrarlo, se encaminó a la pequeña floristería de la señora María. Un abrumador perfume le golpeó nada más traspasar el umbral, a la vez que el ligero tintinear de una campanilla colgada de la puerta anunció su llegada.
― ¿Quién va? ― preguntó una voz tan ajada como el establecimiento.
― Soy yo, Ismael. ― respondió el muchacho, alzando la voz para que los estropeados oídos de la anciana pudieran captarla.
― ¡Ismael, cielo! ― gorjeó la buena mujer, apareciendo tras el mostrador, con una enorme sonrisa de felicidad iluminando sus arrugas y sus canas, desterrándolas como si no existiesen ― Ven que te vea... ¡Qué guapo vas, pillastre!
Él correspondió a su sonrisa con otra propia, sabedor del cariño desmedido que le profesaba María. En ocasiones, casi le se le antojaba la abuela que nunca tuvo. Pero no, aquella anciana jamás podría pertenecer a una familia como la suya. Era demasiado desinteresada, demasiado amable, demasiado dulce...
― Tú sí que estás guapa, María. Cómo se nota que los años no pasan por ti. ― bromeó sin embargo, sabiendo que sus visitas bien podrían ser la mayor alegría de aquella mujer sin parientes conocidos ― ¿Tienes...?
― ¡Claro que sí! ― le interrumpió ella, señalando hacia un jarrón de cristal en el que reposaba un ramo de rosas tan rojas como el terciopelo real ― Doce, como debe ser, y traídas de la ciudad esta misma mañana. Esa chica no sabe la suerte que tiene de haberte conocido. Ya no quedan hombres así, te lo digo yo.
― Yo sí que necesito suerte esta noche. ― contestó, con su habitual sonrisa torcida abriéndose paso entre sus facciones.
― ¡Que no! Ya verás como acepta. ¡Cómo iba a negarse! Ay, Ismael... Sé que ahora creéis que sois demasiado jóvenes a esta edad, pero lo que está mal es el mundo de hoy en día. Vivís media vida sin alguien para compartirla. No, no, no... Es lo mejor que puedes hacer si de verdad la quieres para toda la vida.
Ismael asintió distraídamente ante su emocionado discurso sin prestar demasiada atención a aquellas palabras que ya habían sido dichas miles de veces, siempre con el mismo cándido entusiasmo. En cambio, sus dedos acariciaron levemente el pequeño bulto en el bolsillo de su americana. El contenido de aquella diminuta cajita del mismo color que las rosas iba a cambiar su vida...y la de Clara, si ella lo aceptaba.
― María, siento marcharme tan pronto, de veras. Pero no querría llegar tarde a... Y menos hoy... ― se disculpó él, con una mueca de pesar.
― No te preocupes por mí, corazón. La edad me hace parlotear como una cotorra. ― le restó importancia ella mientras sacaba las flores de su jarrón y se las tendía.
Ismael las tomó con cuidado, sin poder evitar observar cómo una cristalina gota de agua se deslizaba hasta el suelo, como si fuera la sangre transparente de aquellas rosas.
― Adiós, María. ― se despidió apresuradamente, saliendo de la floristería sin aguardar a su respuesta.
Entró en el coche y se frotó la cara con fuerza, en un intento por desembarazarse de aquella angustiosa sensación, antes de arrancar el motor. No quedaba lugar para dudas. Ya no.
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Ismael
KorkuHay momentos en la vida de una persona; segundos, escenas; que la marcan con una espesa tinta indeleble e invisible. Y no importa el tiempo que pase, llegará el punto en el que la carga será demasiado pesada, demasiado eterna. Cuando llega ese insta...
