Cuaderno de Ismael I
“La sangre espesaba sobre el suelo,
los hilos de un muñeco cortados.
El humo escapaba hacia el cielo,
tan azul que no era sino blanco.”
He vuelto a soñar con mi hermano. En realidad no es de extrañar. Cada vez que se acerca la fecha me asaltan los recuerdos, y cualquier cosa le devuelve a la vida en mi memoria. Un diminuto tiovivo de madera en la juguetería, la casa del árbol que mis vecinos siguen empeñados en intentar construir, la risa de un niño en mitad de la calle... Cosas que siempre deseamos y nunca pudimos tener.
Seguro que el doctor Caprio tendría una engolada explicación para esto. Una de esas largas peroratas en las que adoraba embarcarse cada vez que venía a visitarme. Pero mis padres de acogida le idolatraban. Bebían de su discurso, deformado a base de palabras grandilocuentes, como si este fuera una profecía divina, desgajada por sus raquíticos labios para llevarnos a la salvación. Recuerdo ahora sus ojos bien abiertos, igual que si creyesen que sus pomposas palabras podían devolverles el brillo que los años les habían robado.
También puedo imaginarme a mí mismo, sentado en aquel sofá de un rojo polvoriento. Hundido en medio de su blanda inmensidad mientras intentaba encontrar algún sentido a aquel sermón. En aquel momento hasta yo trataba de creer que aquel doctor, cuyo título en psicología conductista era convenientemente mencionado cada dos frases, fuera lo que fuera que significase, tenía la inteligencia o incluso la fuerza necesaria para devolverme a mi hermano. Era un estúpido, hoy lo sé. Pero, ¿qué iba a saber yo? Apenas tenía nueve años.
Sin embargo, no pasó mucho hasta que comencé a odiar aquellos discursos que me prometían demasiado y no cumplían nada. Me di cuenta de que nada ni nadie podría devolvérmelo. De la misma forma que nadie podría hacérselo pagar a ella, a la bruja, mi madre biológica. Como, de hecho, nadie lo consiguió. En aquel momento, mi resentimiento comenzó a crecer, amenazando con ahogarme entre sus densas nubes oxidadas, volviéndome contra aquel charlatán idiota. Me negué a volver a verle, no soportaba la idea de seguir escuchando sus mentiras. Aunque, por supuesto, mis nuevos padres hicieron caso omiso de mis gritos y arrebatos, y pronto aprendí a fingir. Que no le guardaba ningún rencor, que veneraba sus palabras al igual que ellos. Mi “padre” se encargó de ello con una efectividad escalofriante. De la misma forma que ya lo había hecho con su mujer. Sin embargo, a diferencia de ella, yo sí conseguí marcharme de esa casa para no volver en cuanto alcancé la mayoría de edad y él se negó a seguir soportando mi presencia ahora que el Estado no le pagaba por ello.
De vez en cuando aún los veo, después de tantos años. Mientras limpio las mesas pegadas a la enorme cristalera que da al hospital los observo traspasar sus puertas. Él con sus típicos andares chulescos, amenazantes. Ella tras él, siguiéndole con paso renqueante y la cabeza gacha, tal y como él le inculcó. Cada vez con más frecuencia, y cada vez ella arrastrándose más. Es un secreto a voces, pero nadie actúa y ella ya no conseguirá escapar.
En ocasiones me imagino que dejo el trapo raído sobre las manchas de comida que jamás se marcharán de esas viejas mesas de madera. Que salgo a la calle y cruzo al hospital. Que le aparto de ella y que caminamos hasta la comisaria, donde la liberarán de una vez. Pero justo cuando la tela se desliza entre mis dedos, cuando estoy a punto de echar a correr, la realidad cae sobre mí como un cubo de agua helada. Y me acuerdo de que en el mundo solo hay sitio para los que golpean y los que son golpeados. De que ella nunca hizo el más ínfimo esfuerzo por protegerme. Y de que nadie le protegió a él, a mi hermano pequeño. Ni siquiera yo.
En noches como esta las pesadillas insisten en darme caza como aves de presa. Se ciernen sobre mí, se acumulan sobre mis negras ojeras y me impiden conciliar el sueño. Y cada vez que mis párpados se niegan a seguir soportando su propio peso, recuerdos de aquel día arremeten contra mí. Los colores, los olores, el aullido de sus sollozos y sus risas enloquecidas. Aún veo como si estuviera allí la sangre diluirse cada vez más lentamente en el agua tintada, su carita blanca hundida en medio de tanto rojo, el silencio de su pecho enmudecido y el rugido de mi propia garganta al darme cuenta de la verdad. Recuerdo el dolor de mi propia cabeza, goteando un escarlata que corría bajo mi mandíbula y serpenteaba por mi cuello, y recuerdo haber deseado ser yo el que no existiera más y no él. Pero sobre todo recuerdo el humo. Negro, espeso, viejo. Humo que se arremolinaba hacia el techo y volvía a bajar, creando corrientes de ceniciento alquitrán. Tanto humo que no dejaba lugar alguno para el aire en mis pulmones, haciéndome toser una y otra vez y forzando a mis ojos a derramar las lágrimas que ni el diminuto cadáver de la bañera había logrado arrancar. Y entre aquella nube sucia, anaranjadas llamas furiosas lamían las paredes de madera, arrugando y derritiendo el papel pintado de las paredes. Formando un sendero incandescente hasta la cocina donde se encontraba ella. Sentada frente a la mesa, con un vaso lleno y una botella vacía frente a ella, tarareando entre húmedos hipidos la nana que solía cantarnos cuando el alcohol se lo permitía. Sus ojos inundados brillaron al fijarse en la pequeña figura frente a la puerta y con una mano de uñas muy largas y descascarillados tiró de mí contra su pecho.
Era el día de mi noveno cumpleaños y, como ella me susurró al oído entre carcajadas atragantadas, ese era su regalo para mí.
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Ismael
HorrorHay momentos en la vida de una persona; segundos, escenas; que la marcan con una espesa tinta indeleble e invisible. Y no importa el tiempo que pase, llegará el punto en el que la carga será demasiado pesada, demasiado eterna. Cuando llega ese insta...
