Cuando comencé a pensar por mi propia cuenta, tú comenzaste a odiarme más. Y las discusiones no tardaron en aparecer, odiabas no tener el control. Llegabas a asustarme.
Te volvías agresivo e insensible.
Pero nada se podrá comparar a ese día. Recuerdo la sensación de las lágrimas de rímel bajando por mis mejillas, el maquillaje corriéndose en mi cara, y la sensación de tu mano apretando mi brazo para después soltarlo y empujarme fuertemente contra la pared.
Te acercaste a mí, me tomaste por las mejillas y tu puño se alzó imponentemente en el aire.
Aún puedo sentir mi ojo punzando cuando cierro los ojos.
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