Fer Evanston era de esos chicos que prefería escuchar pop con un par de audífonos inalámbricos en lo que comía una hamburguesa de pollo, perdido en su mundo.
Paris Armstrong, lo más cercano a una bomba de relojería que podía estar una persona; bebi...
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Christopher Evanston.
Después de la llamada que le hice a Diana, salí a toda velocidad del terreno de fútbol para encontrarme con ella en la cafetería más cercana a nuestro apartamento. Además de ser la más cercana, también era nuestra favorita desde el año pasado.
Podría tan solo ir al apartamento y contarle lo que tenía pensado, pero quería comerme unas papas y una Coca Cola, así que cuando llegué, lo primero que hice fue ordenarlas.
—Bien, Paris —Diana cruzó sus dedos bajo su mentón, y me dedicó una mirada como analizándome—, el 911 es un chico, ¿estoy en lo cierto?
Asentí en lo que masticaba una papa, y tomé mi mochila, colocándola sobre mis piernas.
—Lo estás —respondí cuando tragué, y rebusqué con mis manos apresuradas el cuaderno dentro de la mochila.
Cuando di con él, lo sostuve frente a mí con un gesto de satisfacción y se lo tendí a Diana, que me observaba con intriga.
—¿Anotaste sus características acá? —preguntó en lo que tomaba el cuaderno de mis manos.
Me recosté sobre el asiento.
—Efectivamente.
Ella frunció el ceño, y soltó una risa por lo bajo.
—¿No hubiese sido más fácil que me lo describieses y ya?
—Sí, pero esto lo hace más interesante. Anda, ábrelo.
En lo que Diana abría el cuaderno, yo comía papas como si mi vida dependiese de aquello, y mis ojos estaban fijos en la rubia, esperando com ansiedad su reacción, cuando su ceño se frunció con alta confusión.
—¿En serio, Paris? —Giró sus ojos hacia mí, como implorando que aquello fuese una broma.
—¿Qué? —bufé.
—¿Christopher Evanston?
Abrí los ojos ante lo rápido que Diana reconoció a aquel chico que jamás había visto en mi vida.
—¿Así se llama? —pregunté, asombrada.
Ella puso los ojos en blanco, y me dio una patada por debajo de la mesa.
—¿Acaso eres estúpida? Ha estado en nuestra universidad desde el año pasado.
Curvo mi boca hacia abajo, y le doy un sorbo a mi soda.
—Pues me vengo a enterar ahora —confieso, todavía con un aire de extrañeza.
—Cuando eres el centro de atención, pocas veces notas a los demás a tu alrededor.
Giré mi rostro estrepitosamente hacia ella y arqueé una ceja.