Prologo

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Me parecía curioso, bastante curioso. Las mismas personas que me empujaron a garras de la muerte, lloraban sobre el ataúd donde reposaba mi cuerpo sin vida, una vida que ellos mismos habian arrebatado

El llanto resonaba en la pequeña sala, mezclándose con el eco de las palabras vacías de un sacerdote que ni siquiera sabía mi nombre. Era casi irónico. Ahí estaban, con sus rostros apenados y sus ojos enrojecidos, lamentando un final que ellos mismos habían escrito con sus acciones. Me pregunté si sus lágrimas eran de dolor o de culpa. Tal vez ni siquiera lo sabían.

Reconocía cada rostro. La mujer que ahora sollozaba al pie del ataúd era la misma que me prometió protección, y me la dio. Pero aquel hombre que sostenía un pañuelo entre sus manos fue quien me entregó a mi destino sin dudar. 

Más allá de mi ataúdDonde viven las historias. Descúbrelo ahora