Capítulo 21

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Domingo 16 de febrero del 2020. Tarde.

Hacía mucho que había dejado de preocuparse por contabilizar los días que llevaba allí, eso —para ella— significaba que aún guardaba esperanzas de volver a casa con su familia y no lo quería. No quería seguir aferrándose a algo que no iba a suceder. Quería renunciar, resignarse, quería dejar que los días pasen sin más.

Y lo consiguió.

Sin embargo, a veces se descubría preguntándose cuanto tiempo llevaba allí.

No tenía manera de saberlo, en la casa no había calendarios ni agendas de ningún tipo, no había almanaques ni relojes, no había nada.

Podía intentar guiarse con el clima, sabía que el verano terminaba a finales de marzo, pero las lluvias estaban lejos de cesar. De hecho, llovía casi todas las noches y en el día la agobiaba un calor infernal. Entonces podría apostar que era febrero, mediados de febrero.

Sintió un cosquilleo en la nuca, eso significaba que llevaba más de un mes allí.

Suspiró con pesadez y se llevó a la boca el pedazo de carne con el que llevaba tiempo jugando. No tenía hambre, pero siempre había considerado un desperdicio dejar los platos con comida. Se había acostumbrado a comerlo todo, para bien o para mal.

Adara la miraba, la miraba por primera vez en días. A Leslie no le importó, ni siquiera le incomodó, estaba demasiado sumida en sus pensamientos para preocuparse por la mujer que tenía al lado.

Su mente divagaba mucho esos días, al punto de pasarse varias horas pensando en silencio, pero sin llegar a ninguna conclusión. No iba a conseguir respuestas de esa manera, sabía que tenía que preguntar, pero no encontraba el momento, ni el valor, para hacerlo.

Aunque dijera, y se convenciera, de que no tenía miedo, la realidad era otra. Sí, tenía miedo, se moría de miedo, mas no iba a admitirlo. No doblegaría —aún más— su ya vapuleado orgullo.

Tragó de golpe.

—Gracias —musitó Leslie mientras apartaba el plato vacío.

En otra ocasión se habría levantado para irse, pero no tenía nada interesante que hacer esa tarde. Ir con Carina siempre era una opción, estaba claro, pero en los últimos días no tenía el mejor trato con ella por sus constantes meteduras de pata. Cada que conseguían llevar una conversación decente —esos momentos en los que Leslie creía que al fin podría saber la verdad— lo arruinaba todo al no poder contener el tono de su voz.

Carina nunca lo dejaba pasar, tan acostumbrada como estaba a tener el control.

Sin embargo, ella no era su única opción y lo sabía. ¿Sería capaz de preguntarle a Adara? O, más importante aún, ¿tendría el valor de confrontar a Venus? Sospechaba que encontraría una reacción parecida de parte de Adara, sospechaba que ella lo diría lo mismo que le dijo Carina: que respetaba los asuntos de sus hermanas.

Si quería saber la verdad, toda la verdad, tendría que convencer a Venus.

No era imposible, se dijo, después de todo había conseguido que sus hermanas menores le contaran sus propias y desagradables historias. Podía hacerlo, se repitió sin cansancio, era capaz de hacerlo. Lo había logrado antes y no era tan difícil. Podía.

Y lo intentó, de verdad lo hizo, pero —en todas esas ocasiones— su valor flaqueó cuando se encontró parada frente a la imponente puerta de madera y se largó antes de que su imprudencia la llevara a cometer una locura.

Odiaba ser tan cobarde.

Así que decidió arriesgarse.

—Adara. —Ella la miró con alegría, era la primera vez en días que la llamaba por su nombre—. ¿La montaña está encantada?

El bosque de las brujas | GLDonde viven las historias. Descúbrelo ahora