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—¡Lalisaaaaaaaaa! ¡Liliiiiiiiiii! ¡Noona!
Pegué un salto en mi cama. La voz que escuchaba entre sueños, se materializó en un pequeño de 7 años con su cara a centímetros de la mía. Le di un empujón.
—Beom, ¿cuántas veces dejó decirte que no entres a mi habitación? —pregunté queriendo sonar enojada. Me giré y abracé mi almohada.
—Noona entró por la ventana de nuevo. A papá no le gusta porque se puede caer, dijo que le avisara.
—Si le llegas a decir algo, cortaré tu garganta.
—¿Vas a hacer la exposición, Lili?
—Sí, esfumate. ¿Cómo se te ocurre despertarme antes de la alarma? —Una luz golpeó mi cara y abrí los ojos rápido —. ¿Qué crees que haces, mocoso? —me senté y lo miré mejor, él tenía mi cámara— ¡Deja eso donde estaba o la vas a dañar!
—Eh, noona, ¿puedes exponer mi foto también?
—¿Estás sordo? Dame eso. Yo ya elegí qué fotografías exponer —extendí mi mano.
—Pero Lalisa, yo también quiero.
—Cuando estés en la secundaria haz lo que quieras. ¿Me la puedes dar o quieres que te arranque la nariz y después la tome?
Él puchereó y la dejó en mis manos.
—¿Puedo dormir acá? —de igual modo se subió a la cama y se acomodó.
—¿Importa si digo que no?
—Nop.
Me alcé de hombros y vi la hora.
—De igual modo ya me voy a levantar —me senté con mis pies fuera de la cama—. Voy al baño.
—Si suena la alarma, ¿la puedo apagar?
—No va a sonar aún —arrastré mis pies para el baño.
—La apagaré igual.
Rodé mis ojos.
—Bueno, Gyu.
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