𝐎𝐏𝐏𝐎𝐒𝐈𝐓𝐄𝐒 | ❝ Estamos tratando de aguantar aún cuando ambos sabemos cómo terminará esta historía❞
𝐄𝐋𝐋𝐀 una cazadora rusa que viaja al pequeño pueblo de Mystic Fall para ayudar a un viejo amigo. Ella, el pecado que muchos quieren comete...
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LOS ZORKIN NO CONOCÍAN LA SUTILEZA, fue exactamente por eso qué no era extraño que sus autos fueran extravagantes, les gustaba la velocidad, les gustaba llamar la atención. Los motores de sus autos deportivos rugieron al pasar por la carretera, viendo fugazmente el letrero que decía "Bienvenidos a Mystic Falls"
Sus dedos podían sentir la textura del cuero de su volante, sus ojos miraron rápidamente el espejo retrovisor notando los autos negros de los menores de la dinastía Zorkin casi alcanzándola, logrando sacarle una sonrisa divertida cuando eso jamás pasó.
—¿Y estos qué quieren? —murmura Artemisa, bajando la velocidad al igual que los mellizos, a algunos metros de ellos habían cerrado la calle.
Hombres lideraban aquello, todos con sus manos en sus caderas y inflando pecho mientras que uno avanza y hace un gesto para que frenasen.
—Buenos días, necesito que bajen del auto. —Y menos de parecer un pedido parecía más bien una orden, cosa que hizo que la cazadora mirara su guantera de forma disimulada.
Donde tenía su arma.
—No sabía que así te recibían en Estados Unidos —se burló libremente, abriendo su puerta de golpe y logrando empujar al hombre—. Que peculiar bienvenida.
Pudo ver a los mellizos bajar también de sus respectivos autos, susurrando entre ellos como fieles confidentes antes de acercarse hasta la mayor, quedando en ambos de ellos dos.
—¿A que se debe su visita en Mystic Falls? —cuestiona el hombre.
—Vacaciones —responde Artemisa.
—¿En un pueblo alejado de las grandes ciudades? Interesante —los analiza de pies a cabeza, hace un gesto con la mano y un hombre más se le acerca, pero este parecía ser menor—. ¿Tus hermanos? —señala a los mellizos.
—Uhm.
Única respuesta. No más, no menos.
Artemisa vió de reojo a algunos de los hombres, se acercaban a sus autos para verificar su interior, pero no encontrarían absolutamente nada. Sus armas fueron enviadas un día antes por sus hombres, quienes dejaron todo en la casa que habían decidido alquilar durante su estadía.
Siente como Ares fue el primero en agarrar su mano cuando uno de los hombres se le acercó a ella de una forma bastante confianzuda para su gusto. Atenea sin embargo, rodea su brazo mientras observaba a los tipos con ojos interrogantes.
—No queremos parecer exagerados, solo somos cuidadosos —señala al hombre que llamó, quien tenía un rociador en su mano.
—¿Cuidadosos con qué? —indaga Artemisa, no permitiendo que los mellizos levantasen las manos por indicación del hombre.