ZONA CERO

16 0 0
                                        


Isabel se subió al ascensor. Miró a ambos lados para asegurarse de que no la veían y acto seguido pulsó el botón de la planta número 4. Enseguida el ascensor empezó a elevarse, una vez las puertas estuvieron completamente cerradas. Notó un nudo en el pecho. Tragó saliva. El miedo iba creciendo y las manos le sudaban. Se miró al espejo. Se había teñido el cabello de negro, el cual lo tenía recogido en una trenza, pero sus ojos verdes la delataban. Tenía veinte años. Llevaba el uniforme de enfermera, que es a lo que se dedicaba. Pantalones y camisa azul. Al menos, en ese hospital era así. Y una mochila del mismo color colocada a la espalda. Una gota de sudor le recorrió la frente. Tenía miedo, sí. Mucho. No iba a cualquier planta.

Iba a la Zona Cero.

Donde se originó todo. Los militares se habían hecho con la ciudad y controlaban el hospital. No había sido sencillo esquivarlos y mucho menos llegar hasta allí. Además, no iba armada, ya que no había podido conseguir una pistola o cuchillo. Tampoco dejaban a los civiles empuñarlas "por seguridad".

Qué idiotez.

Ella no habría pensado así antaño. Pero la situación era insostenible. Por eso iba a la Zona Cero. Necesitaban medicamentos. Y ya solo podían recogerlos de ahí. Y los militares se negaban en redondo a acercarse a esa zona. Decían que habían perdido muchos hombres últimamente.

Isabel suspiró. No le había dicho a nadie donde iba. Si alguien lo supiera y se chivaba, podía acabar muy mal. Por eso lo mejor era que no lo supieran. Hoy conseguiría las medicinas, las escondería en su casa, y al día siguiente las dejaría en el hospital, donde se irían "encontrando poco a poco por causalidad". Si sobrevivía, claro.

Ojalá que sí.

Si moría, no podría traer las medicinas que necesitaban los pacientes. Debía sobrevivir.

Solo evita que te vean pensó, todavía más asustada que antes.

El ascensor finalmente llegó a su destino y abrió las puertas. Isabel dio un respingo. Había esperado que la descubrieran y atacaran de repente, pero no fue así. En su lugar, un torrente de aire entró en el ascensor, moviendo el pelo de Isabel y dio paso a una negrura absoluta. A tientas, Isabel se movió hacia la sala, solo iluminada por el ascensor. Por suerte, traía una linterna pequeña en el bolsillo derecho. La sacó y la agarró con la mano izquierda (era zurda). Iluminó la estancia, aterrada de que pudiera alertar a una de esas cosas. Se encontró en que estaba en un cuarto con papeles en el suelo, estantes a la derecha y un sofá al fondo.

Reconoció la sala de espera de la cuarta planta. Guiándose por la linterna, Isabel dio con la puerta al cuarto de baño y con una puerta que conducía a una consulta. Siguió el recorrido, mordiéndose con fuerza el labio. Temía cruzarse con algo y la asustara. Por fin, dio con una puerta que daba al pasillo. Sabía que las medicinas que buscaba se hallaban en el fondo de la planta. Y por allí debía haber otro ascensor. Por desgracia, el ascensor que ella había escogido la había dejado en la otra punta. Suspiró. Era el único ascensor que había podido coger.

Se acercó caminando. Sus pisadas resonaban poco, pero dado el silencio sepulcral que había en la sala, parecía que estuviera caminando con una apisonadora.

No hagas ruido se susurró mentalmente.

Abrió la puerta del corredor. Sabía lo que se iba a encontrar más adelante, pero no tenía opción. Tenía que jugársela el todo por el todo. De lo contrario, mucha más gente moriría.

El pasillo era algo amplio y repleto de puertas a consultas. Isabel caminó con cautela. De forma que ya no oía ni sus pisadas. Sin embargo, si oía gemidos en algunas puertas. Solo esperaba no enfocar a ninguna de esas cosas. Cuando llevaba medio pasillo recorrido, se detuvo. Al lado había una puerta que decía MANTENIMIENTO.

HISTORIAS DE RAMSORAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora