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Se recostó del capó del auto deportivo negro que hasta hace un par de minutos manejaba, mientras miraba impaciente su reloj, intentando concentrarse en algo más que no fuese la súbita resequedad en su garganta y en las minúsculas gotas de sudor que se formaban en la palma de sus manos, reflejos de la ansiedad que galopaba en su pecho.

Respirar. Poco a poco.

¿Quién lo diría? Una chica como ella, quien podía tener si quisiera a todas las modelos de las pasarelas de Corea a sus pies, había tenido que recostarse para evitar que sus piernas flaquearan producto de sus nervios.

Todo por una chica. La misma chica de siempre, la misma de años, la misma que la flechó desde la universidad y a la que, a veces sin mucho éxito, intentaba esconderle sus sentimientos.

Con todas las demás era tan fácil, sin embargo, con ella el abrirse resultaba aterrador.

Porque ella era más que una carita bonita y un par de piernas largas. Ella era decisión, era entrega, era la fortaleza que le faltaba. Ella no se enamoraría de un par de palabras bonitas, porque ella solo buscaba la misma decisión y entrega que estaba dispuesta a dar.

Lisa quería dárselo. Pero aún no había reunido el valor suficiente.

Tragó saliva mientras se concentraba en la música que sonaba a lo lejos, mirando a los viajeros entrar y salir del aeropuerto, algunos apenas con una mochila y otros atareados con sendas maletas. Sin duda tenía que agradecer la enorme ventaja de no estar en una de las ciudades cosmopolitas a las cuales estaba acostumbrada. Así podía esperar tranquilamente a que el objeto de sus suspiros terminara de retirar sus maletas, sin temor a que, de pronto, alguien la reconociera entre la multitud.

En ese preciso momento, contando los segundos para que Rosé saliera, no era capaz de tomarse fotos con algún desconocido.

Había fastidiado incluso lo suficiente a Nayeon como para lograr que le prestara su adorado deportivo negro por ese día, con la única condición de que la fuese a buscar al trabajo al terminar.

Es que ese día era especial. Tenía prácticamente un mes sin ver a Rosé, todo producto de su viaje de navidad que, al final, terminó alargándose mucho más de la cuenta. A pesar de todo, se habían escrito todos los días y, casi a diario, Rosé le mandaba alguna foto de los lugares que había visitado ese día, o de alguna de sus actividades diarias.

Pero a ella eso no le bastaba.

Tampoco era que podía decírselo.

De pronto, una cabellera rubia cruzó la puerta principal del aeropuerto, y sus ojos hicieron contacto con un rostro conocido para ella.

Toda la ansiedad se esfumó en ese momento.

- ¡Rosie! – exclamó Lisa, dejando su lugar junto al auto y corriendo al encuentro de Rosé, quien la recibió con los brazos abiertos – ¡Pensé que me habías abandonado! – se quejó en tono lastimero.

- Eso quisieras tú – respondió Rosé sin soltar a Lisa - ¿Cómo está mi chica preferida?-

- Rosé… - murmuró Lisa sonrojándose violentamente – No me digas así-

- Ok, ok. ¿Qué tal te portaste?-

- Bien, por supuesto – contestó Lisa con una sonrisa, mientras ayudaba a Rosé con su equipaje, guardándolo en el maletero del auto.

- ¿No le diste mucho trabajo a Nayeon? – preguntó Rosé, alzando una ceja.

- Sobrevivirá – respondió Lisa alzando sus dedos en señal de victoria - ¿Nos vamos?-

Dra. Im Nayeon ‣ minayeon Donde viven las historias. Descúbrelo ahora