El hombre tradicional

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Érase alguna vez
Un hombre tradicional,
Que para su quehacer
Consultaba antes su ideal.

Gustaba el hombre sabio
Tomar la cena de noche,
Dar con cuchara el caldo,
Beber en copas su ponche.

Gustaba el hombre vano
De vestir bien los domingos,
Comer pollo (¡qué sano!),
Naranjas, frutas e higos.

Tocaba sus canciones
Con instrumentos antiguos,
Mantenía colecciones
Y a lo moderno era asiduo.

Pero un día acertado
Se allegó con una pena
Y alivióla, cansado,
Con moderna discoteca.

Y desde aquel momento,
Gustó una vida plena.

Halló en palacios
La versión de una sobriedad,
Y deshizo
Los horarios de sus vigilias,
Las medidas de su bebida,
La coherencia en su ceniza.

Entregóse de lleno
A la locura del siglo pasado
Y la inconsistente
Amargura del siglo presente.

Floreció su impaciencia,
Alimentada por la novedad
Y el placer de descubrir
Lo llevó al borde,
A explotar todos sus límites.

Se sintió un superhombre
Y exaltóse hasta el cielo,
Nombróse dios de la flor,
Divina entidad,
Habitante de las sombras.

Por conocer
Y "representar
En sí"
A la sombra de lo incierto,
A lo creado, nuevo sol.

Feneció
Su fuerza,
Se acortó
Su voz.

Tan corta
Como un
Segundo,
Un centímetro,
Un suspiro,
Un verso
Trisílabo.
Como el canto
Del ruiseñor.

Se extravió su memoria,
La locura vistió
El borde de su barba.

Perdió casi la vida,
Pensando en pasar
A una mejor,
Y allí gobernar
Eternamente.

Y entonces llegó la aflicción,
Una misteriosa fuerza
Que movió su convicción
Y su astucia tergiversa.

Concediendo orientación
Y una solución traviesa
Que alteró su confusión
Y su consciencia atraviesa.

Con tres puntapiés
Y lo trajo a la vida,
Y lo puso en la tierra
Con altivez tranquila.

Decidió el hombre vano
Continuar con su bandera,
Concluyendo que lo nuevo
No era para su salera.

Regresaron sus plegarias
Y se acabó su capricho.

Limitóse el hombre sabio
A cenar siempre de noche,
Comer con cuchara el caldo
Y en su copa beber ponche.

Nad-ari noeHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora