El fin de semana había llegado, y con ello, un respiro de la rutina laboral. Me encontraba dando paseos matutinos con Charlotte en brazos por todo el jardín. La brisa fresca acariciaba nuestras mejillas, y el sol, apenas asomándose, brindaba una calidez reconfortante. Había leído que a los bebés les hace bien tomar un poco de vitamina D, y esta era la excusa perfecta para disfrutar del aire libre junto a ella.
Mientras caminaba por el jardín rodeado de árboles y flores, Charlotte parecía tranquila, observando todo con sus ojos grandes y curiosos. Su pequeña mano se aferraba a mi dedo, y no pude evitar sonreír ante ese simple gesto.
Después de un rato, decidí tomar asiento en uno de los bancos. Asegurándome de que no hubiera ningún empleado cerca, me relajé por completo. Era raro que bajara la guardia de esa manera, pero estar con Charlotte me daba una sensación de paz que no había experimentado antes.
—Eres la niña más hermosa que he visto —murmuré, acariciando suavemente su mejilla. Charlotte me miró fijamente, como si entendiera cada palabra, y su boquita se curvó en algo que casi podría llamar una sonrisa.
No pude evitar soltar una leve risa mientras le daba un beso en su frente.
—Papá hará todo lo posible por darte lo mejor, pequeña. Prometo que siempre estaré para ti.
Charlotte balbuceó algo incomprensible, moviendo sus manitas en el aire, y aproveche para tomar una de ellas y besarla.
—¡Pero qué manitas tan pequeñas! —dije en un tono de voz juguetón.
La sensación de tranquilidad y felicidad me invadió. En ese momento, el mundo podía esperar; lo único que importaba era ella, mi pequeña Charlotte.
Me levanté y entré a la mansión con Charlotte en brazos. Mientras caminaba hacia el comedor, le pidio a Josefina que sirviera el desayuno. Sin embargo, al cruzar la puerta, me llevé una sorpresa. Ahí, sentada frente a mí, estaba Susan Harper.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, incapaz de disimular mi sorpresa. No era habitual que mi hermana me visite sin avisar.
—Eres mi hermano, ¿no puedo venir a verte?
—Susan, si vienes a pedirme algo, déjame decirte que...
—No, no. Esta vez vengo en son de paz —me interrumpió, levantando varias bolsas de compras que no había anotado antes. —Además, ayer hice algunas compras que te van a encantar.
Conté más de cuatro bolsas. Susan, como siempre, se había dejado llevar por su afición por las compras.
—Susan, si viniste a hablarme de moda o a enseñarme tu nuevo guardarropa, estás perdiendo el tiempo.
—Oh, hermanito, estas bolsas no son para mí. Son pequeños regalos para mi solecito. Ya era hora de que hiciera algo como la tía de ese bebé.
—Gracias por el gesto, pero Charlotte no necesita nada. Su armario está lleno.
—Y apuesto a que más de la mitad ya no le quedará la próxima semana. Christopher, los bebés crecen cada día.
Sabía que tenía razón. Hace unos días intenté ponerle una pijama y no le cerraba.
El desayuno fue servido, y Josefina se encargó de Charlotte mientras Susan y yo comíamos.
—¿Y cómo está todo en casa? —pregunté, rompiendo el silencio.
Susan lo pensó por un momento antes de responder.
—Bien. Ya sabes, papá trabajando las veinticuatro horas, mamá encargándose de lo demás, y yo... sobreviviendo.
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Papá Soltero
Teen FictionChristopher Harper es un joven arquitecto muy nombrado en la ciudad de New York, su vida gira alrededor de viajes y trabajo. ¿Pero qué pasará cuando una chica llegue dándole la noticia de que se convertirá en padre? Él no es experto en la paternidad...
