3. LA LLUVIA

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Capítulo tres

La lluvia.

Todas las tardes había ido a los entrenamientos de básquet, era practicar y practicar para asegurar un lugar en el equipo, aunque más que nada competía diario con el chico egocéntrico de ojos avellana.

Por fin había acabado mi primera semana de clases. Había sido interesante el nuevo modo de estudio, ese cambio de secundaria a preparatoria, pero igual ya necesitaba un descanso.

Después de una gran siesta desperté ese lluvioso sábado, eran las 9 de la mañana, tenía mucho frío, mis ventanas estaban empañadas, el día estaba muy nublado y es que una de las cosas que más amo de sobremanera es la lluvia.

Me levanté de mi cama, me puse unas botas de lluvia, unos leggins y una sudadera, tomé mis llaves, me hice un chongo desacomodado y salí de mi casa a caminar.

Las banquetas tenían pequeños charcos y las orillas de la calle formaban diminutos ríos donde podías apreciar las hojas marchitas recorrer aquel camino, proseguí por unas pocas calles hasta llegar a un parque muy hermoso, pero algo solitario, me detuve cerca de unas flores sobre el pasto, alcé mi mirada y sonreí al ver cada gota caer.

Sentí el perfecto chocar de las gotas contra mi rostro, resbalaban lentamente por mi cuello, pasando justo por el centro de mi pecho, solo enfriando un estrecho caminito sobre mí, provocando que se me erice la piel y un leve escalofrío recorra todo mi cuerpo por completo. Abrí los brazos, cerré los ojos, respiré aquel olor a lluvia, a tierra mojada y comencé a dar vueltas de completa felicidad.

- ¿Por qué estás aquí sola? - sonó una voz familiar y tenue a lo lejos.

La escuché, pero no me detuve.

- Nena, me hubieras despertado, sabes que también amo la lluvia y sobre todo verte sonreír.

Sabía que era Ethan, es la única persona que me dice nena, me fui deteniendo lentamente y cuando abrí los ojos, ahí estaba él, con un pants y una sudadera gris repleta de marcas de las gotas de agua, su cabello rojizo se alació como si se acabara de bañar, las gotas resbalaban por su cabello y chocaban con las pestañas que adornaban sus expresivos ojos cafés, me miraba como si quisiera protegerme; tenía una mano en el bolsillo y la otra como si quisiera contener las gotas de lluvia en ella.

- Estabas durmiendo y no te quise despertar, es sábado, quizá querías descansar - dije.

- Pasé por un té helado que sé que es tu favorito - mencionó sonriendo - cuando lleguemos a casa podrás tomarlo y por lo mientras, traje una paleta - sacó su mano del bolsillo en la cual habían dos paletas de cereza.

Sonreí mientras escuchaba todo eso y lo abracé con mucha felicidad, pues la lluvia me pone muy de buenas o muy triste y en esta ocasión desbordaba alegría; mi hermano siempre me abría los dulces porque yo era un desastre y terminaba con treinta pedacitos de envoltura de tanto romperlos o morderlos. Él hizo un gesto de pregunta con la paleta, asentí y la desenvolvió.

- Tengo una duda - le dije mientras caminábamos hacía unos asientos debajo de un árbol - ¿por qué la lluvia? digo, podría haber sido el sol ¿no? U otra co...

- También la luna ¿recuerdas? - interrumpió mi oración - tenemos pluviofilia.

- ¿Eh? ¿Qué es eso? - Interrumpí y saqué la paleta de mi boca al preguntar.

- Es el amar y disfrutar de la lluvia y todo lo que lo conlleva, desde el momento en que es tan dulce y tranquila hasta una completa tempestad, ya sabes, aquellos días nublados, o, así como te encontré casi casi bailado o tú gusto por los olores que produce, etc. - llevo su dulce hacia la boca y prosiguió - también la selenofilia.

La lluvia del eclipseDonde viven las historias. Descúbrelo ahora