»Capítulo 1: La era del Jaguar.

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Faltaban pocos minutos para que empezara a amanecer y allí seguían Nathan y Dana, dormidos sobre el césped del jardín trasero de su residencia.

En cuanto el primer rayo de sol apareció por las colinas de la preciosa ciudad de Vancouver, como si tuviera bombillas por ojos, Nathan se despertó. Intentó abrir los ojos pero no podía a causa de la claridad, nunca le había molestado tanto el sol a pesar de tener unos preciosos ojos verdes. Se dió la vuelta quedando tumbado bocabajo y llevó sus manos a sus ojos cubriéndolos con ellas. Su cabeza empezó a bombear sangre con fuerza, sintiendo que en cualquier momento podría estallar; todo empeoró cuando escuchó el ruido de los coches, como si pasaran a pocos centímetros de él. Extrañado, el moreno se incorporó con toda la agilidad del mundo cosa que le hizo meditar ya que siempre que el muchacho tenía una fiesta, a la mañana siguiente a penas podía mover un músculo. Abrió un ojo lentamente y como pudo, abrió el otro. Echó un vistazo a su alrededor y por muchos motores de coches que escuchara no veía ninguno. Cuando miró a su izquierda se encontró con una Dana aún dormida y empapada de un líquido oscuro, podría decirse que negro con pequeños reflejos en amarillo. Sin pensarlo ni un segundo, Nathan se levantó, corrió hasta Dana y la cogió en brazos sin dificultad alguna.

-Dana... hey Dana, despierta...- Susurró Nathan mientras se ponía en pie. Al ver que su amiga solo soltó un pequeño gruñido como respuesta caminó hasta la habitación de esta con cuidado de que nadie pudiera verles. Cada paso que Nathan daba, cosa nueva que escuchaba, olía y sentía. Podía escuchar como algunas chicas respiraban dormidas en sus habitaciones, incluso era capaz de esuchar los ronquidos de algunos chicos en la planta de arriba. Al pasar por la puerta 117 escuchó las respiraciones agitadas de dos personas, los muelles de una cama y los jadeos susurrantes que de ella salían. Nathan abrió sus ojos de par en par y en cuanto lo hizo, fijó sin querer su mirada en una pelusa que había en el suelo del pasillo. Se quedó con la mirada fija en ella como si de algo interesante se tratara y es que para Nathan, así era. Podía ver cada hilo, pelo y mota polvo que la formaban. Dana movió su cuerpo y el chico recuperó su vista normal. Al llegar a la habitación 136, la de Dana, Nathan buscó por el bolso de su amiga la llave para entrar y al hacerlo la dejó en la que era su cama, cerrando de nuevo la puerta con la llave atravesada para que nadie pudiera entrar.

-Dana, despierta...- Susurró Nathan con delicadeza.

De repente, Dana se incorporó de golpe, quedando sentada en su cama.

-Joder Nathan, ¿tienes que despertarme gritando?- dijo Dana mientras se llevaba las manos a la cabeza, cubriendo segundos después sus oídos.

-¿Gritando? Si estaba susurrando...- Respondió Nathan, arrugando su rostro con extrañeza.

-¿Ves?¿Por qué tienes que hablar tan alto?- Insistió la castaña.

-Dana, no estoy gritando, no sé que pasa pero yo tambien escucho las cosas a todo volumen en mi cabeza..- Afirmó el moreno, seguro de lo que decía.- Y no creo que sea la resaca... porque me siento genial físicamente..- Añadió, encogiéndose lentamente de hombros.

-¿Que estás diciendo Nath?- Preguntó preocupada Dana mientras Nathan se incorporaba poco a poco.

-Levántate.- Ordenó, devolviendo la mirada hacia Dana.

Dana se levantó con rapidez y el sonido de sus tacones de la noche anterior hizo que tanto ella como Nathan, se taparan los oidos a la vez.

-Dios, ¿qué es eso?- Exclamó la castaña en voz alta.

-¿Ves? ¡A esto me refiero!- dijo Nathan a la vez que quitaba sus manos y las de la castaña de sus respectivos oidos.- Hemos aparecido los dos en el jardín trasero, y me molestaba mucho la luz, escuchaba los coches, el viento, nose muchas cosas, c-como si estuvieran justo en mi oído..-Las palabras del moreno se apelotonaban, provocándole tartamudear de vez en cuando.- Y cuando conseguí abrir los ojos nada, ¡no había nada alrededor!- Su rostro solo reflejaba una cosa; confusión.

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