En el baldío

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"Yo corrí desesperado,

sentí el ardor de una herida abierta.

Estaba el ángel ahí tirado

y en sus ojos habló la tristeza."


Christian terminó de vestirse y bajó por las escaleras hasta llegar al hall de entrada del edificio en el que vivía. Saludó con un gesto al portero, que limpiaba el interior del vidrio que daba a la calle y salió en dirección al Falcon de Pini. Cruzó la calle y se paró del lado de la puerta del acompañante, dio unos golpecitos con los nudillos de la mano derecha. Pini estaba recostado sobre el asiento del conductor, hablando por celular. Quitó el seguro de la puerta del acompañante y le hizo una seña para indicarle que entrara.

"...pero obvio, Vicente. Ese no es el tema..."

Pini estaba evidentemente fastidiado. La voz de su interlocutor se oía con estridencia en el interior del Falcon. Si bien Christian no entendía bien lo que decía, estaba claro que el mensaje era urgente o preocupante. O las dos cosas.

"Ya sé que es un mal momento." Insistió Pini. "Obviamente es un mal momento. ¿Cuándo es un buen momento para estas cosas? Decime."

De todos los comisarios de la Bonaerense, Pini debía ser el único que se atrevía a hablarle a Vicente Salerno con semejante irreverencia. Si alguna vez había existido distancia profesional entre ellos, se había extinguido hace mucho tiempo.

"¿Y qué querés que hagamos, Vicente?" Resopló Pini. "Ya sé. Tengo una idea genial. La tapamos con una frazada y cruzamos los dedos para que nadie se dé cuenta hasta después de las elecciones."

Pini cerró con fuerza la tapa de su celular y lo lanzó con desprecio sobre el tablero del Falcon. Suspiró con fuerza y se dirigió a Christian.

"¿Cómo andás?"

"Diez puntos" Respondió Christian "¿A dónde vamos?"

Pini se abrochó el cinturón de seguridad y arrancó el motor del Falcon.

"A Aquasol, Carrizo. ¿Trajiste la malla?"

Pini estaba notablemente frustrado. Las conversaciones telefónicas con Salerno solían ponerlo así. Sin embargo, era extraño que eligiera descargar su frustración en su flamante compañero. Christian no le respondió. Se limitó a quedarse callado y mirar por el parabrisas como el Falcon avanzaba lentamente alternando entre los dos carriles de la avenida Libertad en dirección noroeste. Pini nunca había sido un gran conductor y sus limitaciones al volante eran aún más evidentes cuando tenía la mente en otro lado. Al cabo de unos minutos, fue Pini quien rompió el silencio y se dirigió a Christian en un tono más calmado.

"Salerno quiere tapar todo. No me lo dijo directamente, pero la idea es ir fuerte contra lo primero que tengamos y cerrar lo antes posible. Tienen miedo de que esto se estire y les explote en la cara justo ahora que vienen las elecciones."

El Falcon cruzó la intersección con la calle Olazábal a paso de hombre. Pini ignoró el semáforo en rojo y forzó a un taxi que se acercaba por la perpendicular a clavar los frenos. El taxista asomó su cabeza por la ventanilla y le dirigió al abuelo una serie de insultos sumamente coloridos. Pini lo ignoró.

"Pasaste en rojo." Señaló Christian.

"Hacé la denuncia." Fue la respuesta de Pini. "¿A vos te parece que a esta altura del partido nos hagan pasar por esto?"

"TE hagan pasar por esto," corrigió Christian. "Vos me llamaste a mí."

"Tenés razón, nene." Admitió Pini. "Se vienen días bravos. ¿Le avisaste a tu señora?"

Rocío de OtoñoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora