Capítulo 9

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04 de enero, 1967. Augusta, Georgia.


El golpe contra sus manos le arrancó otra lágrima de los ojos hinchados.

El cuero negro de aquella varilla dolía más que los golpes de la vara de madera. Aunque, prefería que lo hiciera con el cinturón, su padre había comenzado a usarla frecuentemente para castigarlo.

No es que Ross se metiera en muchos problemas, era que Ross no era lo que su padre quería que fuera: un hombre orgulloso, con porte, elegante y con gusto especial por la política.

—¿Te dije que pararas de contar? —Le preguntó peligrosamente tranquilo.

Ross mordió su labio inferior, estaba roto del lado izquierdo tras un fuerte golpe de su padre.

—Treinta y ocho —susurró.

De inmediato sintió otro latigazo contra las palmas de sus manos sangrantes. El suelo bajo ellas estaba húmedo con la espesa sangre escarlata. Ya no importaba cuanto se lavara el suelo, había una mancha rojiza que le recordaba cada uno de sus castigos. 

—Treinta y nueve.

Y otro más llegó.

Su padre empleaba demasiada fuerza cuando estaba enojado, no importaba que tan débil de salud se encontrara, siempre buscaría la energía contenida en su enfermo cuerpo para lastimar a su primogénito. Y a pesar de los cientos de lágrimas que derramó en cada uno de esos castigos, nada apaciguó la furia desenfrenada de su padre.

—Un hombre jamás se tiñe el cabello —dio con más fuerza—. Cuando seas mayor, me lo agradecerás.

Al llegar al golpe número cincuenta, el viejo tiró la vara a un lado. Con la respiración agitada y la frente sudorosa por el esfuerzo, vio con poca preocupación a su hijo caer hacia el frente, llorando y casi retorciéndose en el suelo por el dolor. 

—Denle un baño con agua helada.

—Señor Handerson... es invierno y el joven...

La sirvienta se calló una vez su jefe la miró fulminante, dispuesto a llevar su cólera contra ella si es que volvía a abrir la boca. Era Georgia, él era un hombre blanco rico y ella una mujer negra.

—Y después, quiero que lleven a Ross al ático y supervisen que cumpla su castigo.

Howard Handerson tomó su bastón, y ayudado por su mayordomo, emprendió camino a su habitación.

Ross tenía quince años, era joven, despistado y, según la opinión de sus maestros y padre, era tonto también. ¿Cómo iba a saber él que los jóvenes no podían ser otra cosa más que hombres y ya está?

Briana tomó a Ross con cuidado, con las demás sirvientas siguiéndole por detrás.
Cerró con fuerza sus ojos tres segundos para intentar no sentir compasión por los quejidos de dolor que soltaba el pobre chico que apenas podía caminar adecuadamente después de los fuertes golpes que el señor Handerson le había dado en la espalda baja con su bastón.

Ella había visto esa clase de castigos desde que Ross cumplió los diez años, cuando creció en altura y tenía todos los dientes de leche caídos. Cuando comenzó esa extraña afición de hacer cosas que no le correspondían. Cómo teñirse el cabello de rubio.

—M-me du-duele —se quejó Ross, queriendo dar un paso para comenzar a subir las escaleras.

—Lo siento mucho, joven Ross —le susurro Briana, tomando con fuerza el cuerpo delgado del joven—, pero tenemos que bañarte.

—Briana... —la llamo.

Sus ojos redondos, azules como el cielo, la miraron llenos de lágrimas. Las pestañas negras que estaban en abundancia alrededor de ellos eran apenas notable por los ojos hinchados.

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⏰ Última actualización: May 17 ⏰

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