0 - Prologo

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Conforme crecemos y acumulamos experiencias, nuestra forma de pensar y ver el mundo se transforma. La percepción se distorsiona, moldeada por lo que nuestra psique capta a cada instante. Todo lo que vemos, oímos y olemos deja una huella, tanto luminosa como oscura.

Pero cada persona es distinta. Vivimos nuestras vidas en paralelo, compartiendo caminos que a veces parecen iguales, aunque jamás lo son del todo. Incluso cuando las experiencias se asemejan, la forma en que cada uno las enfrenta es única, determinada por la fuerza, las heridas y las cicatrices que cada alma arrastra. Así, el principio y el final de cada historia también varían.

Pongamos un ejemplo: dos madres pierden a sus hijos. ¿El dolor será el mismo? Tal vez. Pero hay matices que lo cambian todo.

¿Se llevaban bien?
¿Realmente había amor entre ellas y sus hijos?

Muchos responderán que sí, con certeza, porque el amor de una madre es incondicional. Pero no siempre es así. La vida nos enseña que no todos aman igual. La naturaleza humana es compleja. A veces resulta más fácil creer en el instinto maternal de un animal que en el de un ser humano.

De esas dos madres, quizá solo una sienta ese dolor que consume desde dentro. Esa angustia que oprime el pecho como si una montaña cayera sobre él, hasta convertir el acto de respirar en algo insoportablemente difícil. Porque el amor verdadero no solo se siente: se clava en lo más hondo del ser, y cuando se pierde, duele con una brutalidad casi inhumana.

Y este no es el único caso. Pasa con amigos, con hermanos, con parejas, incluso con desconocidos. Cuando la muerte se hace habitual —como en la guerra, donde su sombra es constante—, la mente se vuelve frágil. Se convierte en un equilibrista caminando sobre una cuerda floja, sabiendo que un solo mal paso puede llevarlo al abismo.

Perder a alguien que se ama de verdad deja grietas. Fragmenta la mente. Una madre que realmente amó a su hijo perderá la razón. El dolor la envolverá como una niebla espesa, y no habrá consuelo ni salida.

Una familia unida puede romperse en mil pedazos cuando los ideales dejan de coincidir.
Algunos saben perdonar y seguir adelante, aunque sus almas lleven marcas profundas. Aprenden a soltar, a sanar, a sonreír otra vez. Porque han decidido vivir, y dar nuevas oportunidades a lo que la vida aún les ofrece.

Pero otros no pueden. Arrastran heridas abiertas, viven atrapados en un rencor latente, con el odio latiendo como un tambor en el pecho. Les es imposible perdonar, así que destruyen lo que encuentran a su paso. Especialmente a quienes aún conservan una sonrisa. Porque, en su mente, los culpables de su miseria son los demás: los que supieron rehacerse, los que no se hundieron.

Les cuesta aceptar una verdad dolorosa: que el origen de su sufrimiento... son ellos mismos.

Porque cada quien tiene las riendas de su vida. Cada quien puede elegir cómo caminar su propio sendero. Y aun así, hay quienes creen tener derecho a intervenir en la vida de los demás, porque —según su lógica—:

"Si ellos pudieron cambiar su destino y dejarnos aquí... atrapados en esta existencia de mierda... ¿por qué nosotros no habríamos de hacer lo mismo con ellos?"

—Herms, vamos. Los demás ya nos están esperando —la mujer solóo una suave al escuchar la voz fastidiada de su esposo.

—¡Mamá, tardas más que Cissy! —gritó el hijo mayor desde el pasillo.

Hermione rió por lo bajo al escuchar a su familia desesperada. Se miró una última vez en el espejo, asegurándose de que cada detalle estuviera en su lugar.

—¡Ya voy! ¡Por Merlín, qué impacientes! —exclamó divertida, saliendo de la habitación. Afuera, su marido la esperaba apoyado en la pared, brazos cruzados y una leve sonrisa en el rostro. —Lista, cariño —dijo con dulzura, acercándose para depositar un pequeño beso en los labios fríos y delgados del hombre.

—Estás hermosa, como siempre, querida —respondió él, mirándola con amor—. Definitivamente soy el hombre más afortunado del mundo por tenerte como esposa, señora Ministra.

Hermione soltó una risa suave y rodeó su cuello con sus delicados brazos.

—No. Yo soy la afortunada por tenerte a ti... y por ser tan feliz a tu lado.

El rubio acarició su rostro con ternura.

—Si seguimos así, vamos a llegar tarde al baile de Hogwarts. No olvides que los mellizos tienen su presentación —dijo, acercándose aún más, hasta que sus frentes se tocaron y las narices se rozaron suavemente—. Y yo soy el afortunado... porque eres mi esposa y la madre de mis cuatro hijos.

Sin esperar más, la besó con amor antes de tomarla del brazo y comenzar a caminar juntos por el pasillo, dejando atrás a una Hermione sonrojada y sonriente.

—Vamos, cariño. Si no nos apuramos, nuestros hijos mayores van a hacer un agujero en el suelo del vestíbulo de tanto esperar.

Esa noche prometía ser maravillosa.
Una noche mágica.
Una noche que quedaría grabada en su memoria para siempre.
Una noche que marcaría el destino de más de uno.

Viaje al pasado |PAUSADA|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora